¿En qué momento dejamos de ser felices?

Durante años, Costa Rica fue conocida por muchas cosas. Por sus paisajes, por su estabilidad democrática, por la ausencia de ejército, por su vocación de paz. Pero también por algo mucho más difícil de medir y, precisamente por eso, mucho más valioso: la forma en que nos relacionábamos unos con otros. No éramos perfectos. Nunca lo fuimos. Siempre existieron diferencias políticas, discusiones familiares, rivalidades y conflictos. Pero había una sensación general de convivencia. Una especie de acuerdo no escrito según el cual podíamos pensar distinto sin convertirnos automáticamente en enemigos. Hoy no estoy tan seguro de que eso siga siendo cierto.

Y no hablo solamente de política. La política es apenas el escenario donde algo más profundo se hizo visible. Lo que realmente me preocupa es la transformación emocional que parece haber experimentado una parte importante de nuestra sociedad. La facilidad con la que nos irritamos. La rapidez con la que atacamos. La incapacidad creciente para escuchar una opinión distinta sin sentir que nuestra identidad está siendo amenazada. Como si hubiéramos olvidado que discrepar y odiar son dos cosas completamente diferentes. Es imposible ignorar que desde hace varios años el discurso público se ha vuelto más agresivo, más confrontativo, más dispuesto a ridiculizar, desacreditar o humillar que a convencer. Las instituciones son atacadas constantemente. Los miembros de otros poderes de la República son señalados públicamente. Quienes piensan distinto son convertidos en adversarios permanentes. Y lo más inquietante no es que ese discurso exista. Lo más inquietante es la cantidad de personas que lo han abrazado con entusiasmo.

Y ahí aparece una pregunta difícil. ¿Por qué ocurrió? ¿Fue porque muchas personas no encontraban otra alternativa y terminaron aceptando ese discurso como una forma de expresar frustraciones acumuladas durante años? ¿Fue porque ese pensamiento ya existía y simplemente apareció alguien dispuesto a decirlo en voz alta? ¿Fue porque una parte de la población siempre sintió esas emociones y finalmente encontró permiso para expresarlas sin filtros? ¿O estamos frente a un proceso más complejo, donde años de tensión, decepción y resentimiento fueron preparando el terreno para que ese mensaje encontrara un público dispuesto a recibirlo? No tengo la respuesta y sospecho que nadie la tiene completamente. Pero sí me pregunto si estamos confundiendo autenticidad con agresividad, si estamos celebrando como valentía cosas que en otro momento habríamos reconocido como simple irrespeto, si estamos llamando sinceridad a lo que en realidad es hostilidad. Porque una cosa es decir lo que se piensa y otra muy distinta es convertir el desprecio en una forma de comunicación.

Y sin embargo, tampoco sería justo detener la observación ahí. Porque mientras una parte de la población parece haber abrazado el discurso de la confrontación, otra parte importante ha reaccionado de forma igualmente intensa. Personas que, con razón o sin ella, se sienten obligadas a responder, a defenderse, a combatir cada ataque y a enfrentar cada provocación. Y entonces aparece una dinámica extraña donde unos atacan y otros responden, unos provocan y otros reaccionan, unos generan conflicto y otros terminan atrapados dentro de ese mismo conflicto. Poco a poco la discordia se convierte en el centro de la conversación nacional y termina ocupando espacios que antes estaban reservados para la convivencia, el respeto o simplemente la tranquilidad.

Lo curioso es que ambos grupos terminan perdiendo algo en el proceso. Quienes viven desde el ataque necesitan mantener vivo el enojo para justificar su comportamiento. Quienes viven respondiendo terminan entregando una parte importante de su paz para sostener la defensa permanente. Unos generan la confrontación y otros viven pendientes de ella. Unos la alimentan y otros la persiguen. Pero ambos quedan atrapados girando alrededor del mismo eje. Ambos permiten que el conflicto dirija una parte importante de su vida emocional. Y cuando eso ocurre, la felicidad empieza a retirarse silenciosamente de la escena.

Por eso cada vez me interesa más una tercera posibilidad. Una que suele ser malinterpretada. No hablo de indiferencia. No hablo de cobardía. No hablo de cerrar los ojos ante lo que ocurre. Hablo de algo mucho más difícil: observar sin dejarse contaminar. Participar sin odiar. Defender principios sin perder la paz interior. Mantener la capacidad de pensar por cuenta propia sin convertir cada desacuerdo en una guerra personal. Porque existe una diferencia enorme entre estar informado y vivir atrapado por el conflicto. Existe una diferencia enorme entre defender una idea y entregar la tranquilidad para hacerlo.

Y tal vez ahí está la pregunta más importante de todas. No una pregunta política, sino profundamente humana. ¿En cuál de esos grupos decidiste vivir? ¿En el de quienes atacan con odio? ¿En el de quienes se defienden permanentemente del odio? ¿O en el de quienes entendieron que la mejor forma de no perderse era negarse a alimentar cualquiera de los dos extremos? Porque hay un grupo que genera la discordia. Hay otro que permite que la discordia lo envuelva. Y hay un tercero que decide no entregarle su paz a ninguno de los dos.

Y sospecho que es precisamente ahí donde todavía vive una parte importante de la felicidad que parece haberse perdido. No en ganar una discusión. No en derrotar a un adversario. No en demostrar quién tenía razón. Sino en conservar la capacidad de vivir en paz mientras el ruido intenta convencerte de que también debes convertirte en ruido.

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