Ana Ruth Esquivel

El beneficio de la duda

Las faltas de respeto no deberían ser el plato del día en la Asamblea Legislativa. Ciertamente no dentro de una misma fracción política. Pero no es eso lo que me trae hoy hasta aquí. Lo que me llama la atención son las constantes burlas y cuestionamientos que se han dirigido contra la diputada Ana Ruth Esquivel a raíz de lo que algunos medios y miembros de su propia agrupación política han señalado como un error al momento de emitir su voto en el plenario legislativo.

Según la información divulgada por la barra de prensa legislativa, la diputada habría votado a favor de una apelación impulsada por otras fracciones parlamentarias y posteriormente se indicó que se trató de un «error involuntario». Debo confesar que la expresión me hizo sonreír un poco, porque los errores, por definición, suelen ser involuntarios. Si fueran voluntarios, probablemente dejarían de llamarse errores para convertirse en decisiones.

No he escuchado todavía las declaraciones completas de la señora diputada y, por lo tanto, no sé si efectivamente se trató de una equivocación o si respondió a una decisión consciente tomada en ese momento. Ambas posibilidades existen. Podría haberse equivocado, como se equivoca cualquier ser humano que trabaja bajo presión y en un entorno complejo. Pero también podría haber considerado que ese era el voto que correspondía emitir según su criterio, según la discusión que se desarrollaba o según los intereses de las personas que la eligieron para representarlas.

Y es precisamente ahí donde me parece que la conversación se vuelve interesante.

Porque da la impresión de que muchas personas han decidido concluir inmediatamente que la única explicación posible es la incapacidad. Que si ocurrió un error, entonces debe ponerse en duda la preparación de la diputada. Que si votó distinto, entonces debe ser porque no entendió lo que estaba ocurriendo. Y me parece una conclusión demasiado rápida para alguien que no llegó por accidente a una curul legislativa.

Ana Ruth Esquivel no está empezando en la función pública. Su trayectoria incluye trabajo relacionado con gestión empresarial y procesos productivos, capacitación vinculada al sector pesquero y al desarrollo de pequeñas y medianas empresas, experiencia como directora de INCOPESCA, labores como asesora legislativa y participación como regidora municipal en Puntarenas. Durante años ha estado vinculada al desarrollo comunal y productivo de su provincia, especialmente en temas relacionados con el sector pesquero artesanal, el desarrollo costero, la seguridad en las zonas costeras y la simplificación de trámites para sectores productivos.

Tampoco estamos hablando de una persona a la que su propio partido consideró incapaz cuando confeccionó las papeletas electorales. Al contrario. Si hoy ocupa una curul es porque alguien dentro de esa organización política vio en ella condiciones suficientes para representar a Puntarenas en la Asamblea Legislativa. Si fue considerada apta para participar en la campaña, solicitar el voto ciudadano y asumir la responsabilidad de legislar, resulta extraño que algunos parezcan tan dispuestos a reducir toda una trayectoria pública a un único episodio cuya explicación definitiva ni siquiera conocemos todavía.

Más aún cuando la propia Asamblea le ha asignado responsabilidades importantes dentro de distintas instancias legislativas. Actualmente participa en la Comisión de Asuntos Agropecuarios, la Comisión de Ambiente, la Comisión de la Mujer y en Plena III. Difícilmente se entregan esas responsabilidades a alguien que se considera incapaz de comprender el funcionamiento parlamentario.

Por supuesto, también existe la posibilidad de que haya sido un error. Y si lo fue, ¿qué pasa entonces? ¿Desde cuándo un error aislado se convirtió en una sentencia pública? ¿Desde cuándo dejamos de aceptar que las personas puedan equivocarse sin ser inmediatamente ridiculizadas? He visto diputados de distintas fracciones cometer errores políticos, estratégicos, comunicacionales y legislativos bastante más relevantes, y rara vez observé la misma rapidez para exponerlos públicamente o para abandonarlos a su suerte.

Por eso no sé si fue un error o no lo fue. Esperaré a escuchar la versión de la propia diputada antes de sacar conclusiones. Lo que sí sé es que cuando una persona intenta representar a quienes la eligieron, trabajar desde sus convicciones y desempeñar una función pública compleja, no parece justo que se le retire el apoyo con tanta facilidad, especialmente desde espacios que deberían estar interesados en fortalecer a sus propios representantes.

A la señora diputada le deseo éxito en su gestión. Si se trató de un error, espero que aprenda de él, como aprendemos todos cuando nos equivocamos. Y si no fue un error, lamento que haya tenido que enfrentar sola las consecuencias de ejercer un criterio propio.

Y a la ciudadanía le propondría algo mucho más sencillo: demos el beneficio de la duda. No salgamos a crucificar personas antes de escuchar sus explicaciones. No confundamos una diferencia con una condena. Y no nos apresuremos a sumarnos a los coros que aparecen cada vez que alguien tropieza.

Porque una sociedad madura no se reconoce por la velocidad con la que castiga a quienes se equivocan.

Se reconoce por la serenidad con la que decide comprender antes de juzgar.

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