¿Por qué necesitan bajarla?

Hay una vieja estrategia política que aparece una y otra vez en la historia. Cuando una persona resulta incómoda, cuando posee preparación, visibilidad, reconocimiento o capacidad para influir en la conversación pública, algunos intentan disminuirla. No necesariamente con argumentos ni con datos verificables. A veces basta con repetir calificativos, burlas o frases diseñadas para erosionar su imagen. Lo vimos durante años con Óscar Arias Sánchez. Una parte importante del discurso chavista lo convirtió en un blanco frecuente de ataques. Sin embargo, cada vez que eso ocurría sucedía algo curioso: el ataque terminaba recordándole al país que estaban hablando de un hombre que fue presidente en dos ocasiones, ganador del Premio Nobel de la Paz, receptor del Premio Príncipe de Asturias y una de las figuras costarricenses más reconocidas internacionalmente. Mientras más intentaban reducirlo, más evidente se hacía la dimensión de la figura que estaban atacando.
Hoy pareciera que estamos observando una versión distinta del mismo fenómeno. El nombre ya no es Óscar Arias. El nombre es Claudia Dobles Camargo. Arquitecta, urbanista, ex primera dama, excandidata presidencial y actual diputada de la República. Una mujer que desarrolló una carrera profesional antes de ingresar a la política electoral y que cuenta con una formación académica y técnica que pocos actores políticos costarricenses pueden exhibir. Eso no significa que sus ideas sean incuestionables ni que deba quedar fuera del escrutinio público. Todo lo contrario. En democracia las figuras públicas deben ser examinadas, cuestionadas y debatidas. Pero precisamente por eso llama la atención que con tanta frecuencia algunos sectores parezcan más interesados en desacreditar a la persona que en confrontar sus argumentos.
La reciente intervención de la diputada oficialista Cindy Murillo dejó una imagen muy clara de ese fenómeno. En lugar de responder a una propuesta específica, desmontar una cifra o refutar un argumento técnico, optó por dirigirse a Claudia Dobles con una frase que rápidamente ocupó titulares. “Siga sonriendo, Claudia, siga sonriendo”, expresó antes de afirmar que la presidenta Laura Fernández es una persona a la que Claudia Dobles “no le llega ni a los tobillos”. La frase podrá generar aplausos entre quienes ya están convencidos, pero deja una pregunta elemental sin responder. ¿Según qué criterio? ¿En qué área? ¿Con base en qué indicadores objetivos? ¿Qué dato concreto respalda semejante afirmación? Nada de eso fue explicado. Y precisamente por eso la frase parece más orientada a disminuir que a debatir.
Tampoco pasó desapercibida la forma en que la diputada se refirió al expresidente Carlos Alvarado Quesada. Al llamarlo “su Charlie”, abandonó deliberadamente el tono institucional que normalmente se espera cuando se habla de una persona que ocupó la Presidencia de la República. Cada uno podrá interpretar esa expresión como mejor le parezca, pero resulta difícil sostener que se trata de una forma respetuosa o protocolaria de referirse a un expresidente. No se estaba hablando de un compañero de escuela, de un vecino o de un amigo de la infancia. Se estaba hablando de una persona que ocupó el cargo más alto de la República. Se puede discrepar profundamente de sus decisiones, cuestionar su gobierno y criticar cada una de sus políticas públicas. Eso es parte de la democracia. Lo que cuesta justificar es la necesidad de recurrir a expresiones que parecen diseñadas para provocar burla o menosprecio en lugar de elevar la discusión.
Y fue justamente ahí donde el contraste quedó expuesto con claridad. Mientras desde una curul llegaban las descalificaciones personales, desde la otra llegó una respuesta completamente distinta. Claudia Dobles respondió que esperaba que el debate se desarrollara con determinación, pero sin insultos. Rechazó involucrar a familiares y recordó algo que debería ser obvio dentro de la Asamblea Legislativa: que las discusiones deben sostenerse sobre datos, información pública y argumentos. Independientemente de la simpatía política que cada persona tenga, resulta difícil no notar la diferencia entre ambas posiciones. De un lado aparecieron las frases diseñadas para herir. Del otro apareció la invitación a discutir con evidencia. De un lado se apostó por la descalificación. Del otro por la argumentación. De un lado el espectáculo político. Del otro la defensa de un debate basado en hechos.
Por eso la pregunta más interesante no es si Claudia Dobles le llega o no le llega a los tobillos a alguien. La verdadera pregunta es por qué genera tanta necesidad de ser atacada. ¿Por qué dedicar tanto tiempo, energía y atención a una diputada de oposición? ¿Por qué convertirla en un objetivo recurrente dentro del discurso político? Tal vez porque representa algo que no resulta sencillo combatir únicamente con consignas. Representa preparación académica, experiencia profesional, formación internacional y una trayectoria construida antes de ocupar cargos de elección popular. Se puede estar en desacuerdo con sus ideas y aun así reconocer esos méritos. Se puede cuestionar sus propuestas y admitir que se trata de una mujer preparada. Las democracias maduras son capaces de hacer ambas cosas al mismo tiempo.
Quizá por eso el paralelismo con Óscar Arias resulta inevitable. Arias incomodaba porque tenía una historia imposible de borrar. Claudia Dobles parece incomodar porque tiene una trayectoria difícil de ridiculizar. Y cuando los argumentos escasean, aparecen las frases fáciles. Cuando la evidencia no alcanza, aparecen los calificativos. Cuando resulta difícil desmontar una preparación sólida, algunos intentan desmontar la imagen de la persona. Pero la historia política demuestra algo interesante: las figuras verdaderamente irrelevantes rara vez reciben ataques constantes. Nadie invierte tiempo en disminuir a quien no considera importante. Por eso, muchas veces, los ataques terminan revelando más sobre quien los emite que sobre quien los recibe.
Y aquí aparece otra pregunta interesante. La diputada Cindy Murillo decidió establecer una comparación entre Claudia Dobles y la presidenta Laura Fernández, afirmando que una no le llega a los tobillos a la otra. Pero esa comparación tiene un problema evidente: se trata de dos personas que hoy ocupan cargos distintos y responsabilidades distintas dentro del Estado costarricense. Laura Fernández es la presidenta de la República. Claudia Dobles es diputada. No son cargos equivalentes. No tienen las mismas funciones. No ejercen las mismas responsabilidades. No operan desde el mismo espacio institucional. Por esa razón, la comparación resulta extraña desde el inicio.
Sin embargo, existe otra comparación que sí parece razonable. Porque Cindy Murillo y Claudia Dobles sí ocupan exactamente el mismo cargo. Ambas son diputadas de la República. Ambas fueron elegidas por el voto popular. Ambas tienen la misma investidura parlamentaria. Ambas disponen del mismo espacio para debatir ideas, presentar proyectos y representar a los ciudadanos.
Y aquí aparece una pregunta que normalmente no me gustaría formular. Francamente, me parece una expresión poco elegante para el debate político y una forma bastante pobre de medir el valor de una persona. Sin embargo, como fue la propia diputada Cindy Murillo quien decidió introducir ese criterio dentro de la discusión pública, vale la pena utilizar exactamente sus mismas palabras.
Si la diputada considera válido afirmar que una mujer “no le llega ni a los tobillos” a otra, entonces también resulta válido preguntar: ¿le llega doña Cindy Murillo a los tobillos de doña Claudia Dobles?
No hablo de simpatías partidarias. No hablo de quién recibe más aplausos de su respectiva barra política. Hablo de formación académica, trayectoria profesional, experiencia pública, proyección internacional, capacidad técnica y calidad del debate parlamentario. Porque cuando una persona decide medir a los demás con una determinada vara, inevitablemente termina siendo medida con esa misma vara.
Y esa comparación, a diferencia de la planteada entre una presidenta de la República y una diputada, sí ocurre entre dos personas que ocupan exactamente el mismo cargo: diputadas de la República de Costa Rica.
La respuesta, por supuesto, no me corresponde a mí. Le corresponde a cada lector.
Al final, la discusión no trata únicamente sobre Claudia Dobles. Trata sobre el tipo de democracia que queremos construir. Una donde las diferencias se resuelvan con datos, ideas y argumentos, o una donde las descalificaciones personales sustituyan el pensamiento crítico. Una donde el respeto institucional siga teniendo valor o una donde todo se reduzca a la burla y al aplauso fácil. Porque cuando una sociedad empieza a premiar más el insulto que la capacidad, más el ruido que la preparación y más la agresión que el razonamiento, el problema deja de ser de la persona atacada. El problema pasa a ser de todos nosotros.