02 – El derecho a no vivir enojado

Hay algo que he venido observando desde hace varios años y que parece haberse intensificado con el tiempo. Cada vez más personas viven enojadas. No me refiero a un enojo ocasional, porque todos tenemos derecho a indignarnos cuando vemos una injusticia, una mentira o una situación que consideramos incorrecta. Me refiero a algo distinto. Me refiero a personas que parecen haberse instalado permanentemente en el enojo, como si la molestia hubiera dejado de ser una emoción pasajera para convertirse en una forma de habitar el mundo. Las redes sociales han contribuido enormemente a este fenómeno. Cada mañana nos despertamos y encontramos una nueva razón para indignarnos. Un político dijo algo. Un periodista publicó algo. Un diputado votó algo. Un empresario hizo algo. Un activista comentó algo. Siempre hay un motivo disponible para alimentar la próxima dosis de frustración. Y cuando no existe una razón suficientemente fuerte, el algoritmo se encarga de buscarla por nosotros. Poco a poco algunas personas comienzan a acostumbrarse a vivir en ese estado. Se vuelven especialistas en detectar aquello que está mal. Desarrollan una enorme habilidad para señalar errores. Aprenden a identificar contradicciones a gran velocidad. Pero mientras más tiempo permanecen en ese estado, menos capacidad conservan para disfrutar aquello que sí funciona, aquello que sí avanza o aquello que todavía vale la pena.

Lo más curioso es que muchas veces estas personas creen que mantenerse enojadas es una obligación moral. Como si la tranquilidad fuera sinónimo de indiferencia. Como si sonreír fuera una traición a la causa. Como si disfrutar de una tarde tranquila significara abandonar los problemas del país. Y no. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Tú puedes preocuparte por Costa Rica sin vivir consumido por la preocupación. Puedes defender una causa sin convertirte en una persona amarga. Puedes señalar errores sin convertirte en un fabricante permanente de enojo. Puedes participar activamente en la vida pública sin sacrificar tu paz interior. Existe una idea que rara vez se menciona: tienes derecho a no vivir enojado. Tienes derecho a leer una noticia preocupante y luego seguir adelante con tu día. Tienes derecho a involucrarte en política sin convertir la política en tu identidad completa. Tienes derecho a disfrutar de tu familia, de tus amigos, de una taza de café, de un atardecer o de una conversación agradable sin sentir culpa por ello. Porque la vida es más grande que cualquier gobierno, más grande que cualquier partido político y más grande que cualquier discusión que domine los titulares de esta semana.

Desde Apacigua creemos profundamente en la participación ciudadana. Creemos en el pensamiento crítico. Creemos en cuestionar al poder cuando corresponde. Creemos en el debate. Creemos en la democracia. Pero también creemos en algo que parece estar desapareciendo poco a poco: el derecho de las personas a conservar la paz. No una paz ingenua. No una paz que ignora los problemas. No una paz que se esconde. Una paz consciente. Una paz que observa la realidad sin permitir que la realidad la destruya. Porque cuando el enojo se vuelve permanente deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en una prisión. Y ningún país mejora porque sus ciudadanos vivan encerrados dentro de ella. Al contrario. Las mejores decisiones suelen surgir de personas capaces de pensar con claridad, de analizar sin perder el equilibrio emocional y de actuar desde la convicción en lugar de hacerlo desde la rabia permanente. Por eso defender tu paz no es un acto de egoísmo. Es una forma de cuidar tu capacidad de seguir aportando, construyendo y participando sin perderte a ti mismo en el proceso.

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