Hay momentos en los que pareciera que todo el mundo está gritando. Gritan los políticos. Gritan los medios de comunicación. Gritan las redes sociales. Gritan los activistas. Gritan quienes gobiernan y gritan quienes se les oponen. A veces da la impresión de que vivimos rodeados por una especie de ruido permanente que nunca descansa. Un ruido que no siempre se escucha con los oídos, sino con la mente. Está presente en los titulares alarmantes, en las discusiones interminables, en los comentarios agresivos, en los videos que buscan provocar una reacción inmediata y en las publicaciones diseñadas para despertar emociones cada vez más intensas. Desde que despertamos hasta que nos acostamos, ese ruido nos acompaña.
Cuando una persona permanece demasiado tiempo expuesta a ese ambiente, algo comienza a cambiar dentro de ella. Poco a poco deja de escuchar y empieza únicamente a reaccionar. Deja de analizar y empieza únicamente a responder. Deja de reflexionar y empieza únicamente a defenderse. Sin darse cuenta, termina participando exactamente en la misma dinámica que originalmente criticaba. Lo que comenzó como una preocupación legítima por el rumbo del país o por determinados acontecimientos termina convirtiéndose en una forma permanente de tensión emocional. La persona sigue creyendo que está luchando por algo importante, pero ya no está actuando desde la claridad sino desde el agotamiento.
Es un fenómeno curioso y profundamente humano. Muchas veces criticamos la agresividad de otros mientras nos volvemos agresivos. Criticamos la intolerancia mientras nos volvemos intolerantes. Criticamos el fanatismo mientras nos volvemos incapaces de escuchar cualquier idea que contradiga nuestras propias creencias. Y entonces ocurre algo que debería preocuparnos mucho más de lo que normalmente nos preocupa: terminamos convirtiéndonos en aquello que decíamos combatir. No porque seamos malas personas. No porque nuestras intenciones sean incorrectas. Simplemente porque la exposición constante al conflicto termina moldeando nuestra forma de pensar, de hablar y de relacionarnos con los demás.
Quizá por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no es si tenemos razón. La historia está llena de personas convencidas de tener razón. La verdadera pregunta es quién nos estamos convirtiendo mientras defendemos esa razón. Porque ganar una discusión tiene poco valor si para lograrlo perdemos nuestra capacidad de escuchar. Ganar una batalla política tiene poco valor si para lograrlo sacrificamos nuestra paz interior. Ganar seguidores tiene poco valor si para lograrlo alimentamos el resentimiento, el desprecio o el odio. A veces estamos tan concentrados en el objetivo que dejamos de observar el costo emocional que estamos pagando para alcanzarlo.
He visto personas que comenzaron defendiendo causas nobles y necesarias, pero que con el paso del tiempo fueron perdiendo la capacidad de disfrutar la vida. Personas que dejaron de encontrar alegría en las pequeñas cosas porque todo se convirtió en una nueva batalla. Personas que ya no conversan, sino que discuten. Personas que ya no escuchan, sino que esperan su turno para responder. Personas que ya no buscan comprender, sino derrotar. Y cuando eso ocurre, la victoria deja de parecer una victoria. Porque incluso si logran imponerse en una discusión, algo valioso se ha ido perdiendo por el camino.
Por eso creo que una de las mayores responsabilidades de cualquier ciudadano consciente es vigilar su propio estado interior. No basta con observar lo que ocurre afuera. También debemos observar lo que ocurre dentro de nosotros. Debemos preguntarnos periódicamente si seguimos siendo la persona que queríamos ser. Debemos preguntarnos si la lucha que emprendimos nos está convirtiendo en una versión más sabia de nosotros mismos o en una versión más amarga. Debemos preguntarnos si seguimos actuando desde nuestros principios o si simplemente nos hemos acostumbrado a reaccionar de manera automática ante cada nuevo conflicto que aparece frente a nosotros.
Cuando el mundo grita, la tentación natural es gritar más fuerte. Parece lógico. Parece incluso necesario. Sin embargo, quizá el verdadero acto de valentía consista en hacer algo diferente. Quizá la valentía consista en pensar cuando otros reaccionan. Quizá consista en escuchar cuando otros atacan. Quizá consista en conservar la dignidad cuando otros pierden el control. Quizá consista en seguir viendo seres humanos donde otros solo ven adversarios. Porque mantener la humanidad en medio del conflicto requiere mucho más esfuerzo que dejarse arrastrar por él.
Desde Apacigua no pretendemos que las personas se desconecten de la realidad nacional. Tampoco creemos en esconder la cabeza ante los problemas o fingir que todo está bien cuando claramente no lo está. Queremos ciudadanos informados. Queremos ciudadanos participativos. Queremos ciudadanos críticos. Queremos personas que piensen, que cuestionen y que se involucren. Pero también queremos recordar algo que con frecuencia se olvida: ninguna causa merece el precio de perderse a uno mismo. Ninguna discusión merece el precio de destruir la paz interior. Ninguna diferencia de opinión merece el precio de renunciar a nuestra capacidad de escuchar, comprender y convivir.
Porque cuando el mundo grita, el verdadero desafío no consiste en unirse al ruido. El verdadero desafío consiste en no olvidar quién eres mientras lo escuchas. Consiste en seguir siendo una persona capaz de pensar con claridad, de actuar con dignidad y de construir paz precisamente cuando la paz parece más necesaria. Y quizá, solo quizá, esa sea una de las contribuciones más valiosas que cualquiera de nosotros puede hacerle hoy a Costa Rica.