A veces tengo la impresión de que muchas personas llevan años lejos de casa. No hablo de una casa física. No hablo de una dirección, de una ciudad o de un lugar específico en el mapa. Hablo de esa casa interior donde alguna vez habitaban la tranquilidad, la confianza, la capacidad de disfrutar las cosas sencillas y la posibilidad de mirar el mundo sin sentir que todo era una amenaza permanente. Con frecuencia nos alejamos de ese lugar sin darnos cuenta. No sucede de golpe. Ocurre poco a poco. Una discusión hoy. Una decepción mañana. Una noticia preocupante la próxima semana. Una crisis después. Un conflicto más adelante. Y cuando finalmente nos detenemos a observarnos, descubrimos que llevamos mucho tiempo viviendo en estado de alerta, como si estuviéramos esperando el próximo problema incluso cuando el problema todavía no ha llegado.
La vida moderna parece haberse especializado en mantenernos lejos de esa casa interior. Todo compite por nuestra atención. Todo parece urgente. Todo parece importante. Todo parece exigir una reacción inmediata. Nos preocupamos por lo que dijo alguien que no conocemos, por lo que escribió alguien que nunca hemos visto, por lo que ocurrió a cientos o miles de kilómetros de distancia y por acontecimientos sobre los que muchas veces no tenemos ningún control. Mientras tanto, la vida sigue ocurriendo alrededor nuestro. Sigue ocurriendo en la conversación con un amigo. Sigue ocurriendo en una comida familiar. Sigue ocurriendo en una caminata tranquila, en una mascota que busca cariño, en una taza de café compartida o en un atardecer que aparece sin hacer ruido. Pero a veces estamos tan ocupados reaccionando al mundo que dejamos de habitar nuestra propia vida.
Quizá por eso creo que una de las decisiones más importantes que una persona puede tomar es regresar. Regresar a sí misma. Regresar a sus valores. Regresar a aquello que realmente considera importante. Regresar a la capacidad de pensar antes de reaccionar. Regresar a la capacidad de escuchar antes de juzgar. Regresar a la capacidad de respirar antes de responder. Desde Apacigua hemos hablado de política, de ciudadanía, de fanatismo, de polarización y de muchos otros temas porque forman parte de la realidad que vivimos. Pero en el fondo siempre hemos estado hablando de algo más profundo. Hemos estado hablando de la manera en que elegimos vivir mientras atravesamos esa realidad. Porque el objetivo nunca ha sido simplemente ganar una discusión. El objetivo nunca ha sido demostrar quién tiene razón. El objetivo siempre ha sido ayudar a construir una sociedad donde las personas puedan pensar diferente sin destruirse unas a otras.
Por eso hoy quiero hacer una invitación sencilla. Una invitación que no requiere dinero, afiliaciones, banderas ni permisos especiales. Quiero invitarte a volver a casa. A esa casa interior donde todavía existe espacio para la serenidad. Donde todavía existe espacio para la reflexión. Donde todavía existe espacio para la esperanza. No porque el país esté perfecto. No porque los problemas hayan desaparecido. No porque las diferencias se hayan resuelto mágicamente. Sino porque precisamente en los momentos difíciles es cuando más necesitamos un lugar interior desde donde mirar el mundo con claridad. Un lugar que nos permita participar sin perdernos. Un lugar que nos permita actuar sin odiar. Un lugar que nos permita defender nuestras convicciones sin renunciar a nuestra humanidad.
Quizá eso es, en el fondo, lo que Apacigua ha intentado hacer desde el principio. Recordarnos que la paz no es una recompensa que llega cuando todos los problemas desaparecen. La paz es una práctica. Una decisión. Una forma de caminar. Y tal vez, solo tal vez, Costa Rica necesite menos personas consumidas por el ruido y más personas capaces de regresar a casa para después salir nuevamente al mundo con serenidad, con firmeza y con esperanza. Porque cuando suficientes personas encuentran ese equilibrio, algo comienza a cambiar. No solamente dentro de ellas. También alrededor de ellas.