Enseñar a tomar

Escuché recientemente a un diputado de la República explicar que le dio alcohol a su hijo cuando tenía trece años. Según relató, lo hizo para que aprendiera a tomar. Argumentó que prefería enseñarle él mismo, moderar el consumo y evitar que fueran los amigos quienes le enseñaran, dejándolo eventualmente tirado en un bar. También comentó que algunas personas se alcoholizan con pocas cervezas mientras otras toleran cantidades mayores, y sugirió que el alcoholismo podría tener un componente genético importante.

Cada padre tiene derecho a educar a sus hijos como considere mejor. No pretendo cuestionar sus intenciones. Estoy seguro de que, desde su perspectiva, creyó estar haciendo lo correcto. Sin embargo, la reflexión que me surge es otra. Yo no estoy convencido de que a un hijo haya que enseñarle a tomar. Creo que a un hijo hay que enseñarle a no tomar. O al menos a comprender los riesgos del alcohol sin necesidad de convertir el consumo en una experiencia educativa temprana.

Porque una cosa es hablar del alcohol y otra muy distinta es ofrecerlo. Una cosa es explicar sus efectos y otra es facilitar el primer contacto. Y aunque muchas personas pueden relatar experiencias personales que terminaron bien, las políticas públicas, la educación y la crianza no suelen construirse a partir de las excepciones que funcionaron, sino a partir de los riesgos que podrían presentarse.

También me llamó la atención el argumento relacionado con la genética. Es cierto que existen factores hereditarios que pueden influir en la vulnerabilidad al alcoholismo. Pero precisamente por eso la afirmación resulta curiosa. Porque si el alcoholismo tiene componentes genéticos importantes, ¿cómo podía saber alguien que su hijo no tenía esa predisposición? ¿Cómo podía estar seguro de que la experiencia tendría el resultado esperado? Si la genética juega un papel relevante, parecería que la prudencia debería aumentar, no disminuir.

Y luego apareció otro elemento que me hizo pensar. La idea de que los amigos podrían dejarlo tirado en un bar. Tal vez sea cierto. Hay amistades irresponsables. Hay grupos que presionan. Hay personas que toman malas decisiones. Pero si los amigos son capaces de abandonar a alguien en esas condiciones, tal vez la reflexión no debería girar alrededor del alcohol. Tal vez debería girar alrededor del concepto de amistad. Porque una amistad que abandona a una persona vulnerable no está enseñando a beber. Está enseñando algo mucho más preocupante.

Lo que me parece verdaderamente importante en todo este debate es preguntarnos qué valores estamos intentando transmitir. Porque el alcohol no es un alimento indispensable. No es una herramienta necesaria para vivir. No es una habilidad que toda persona deba dominar para convertirse en un adulto funcional. Por eso me cuesta ver el consumo como una materia que deba enseñarse. Me parece más razonable enseñar autocontrol, criterio, responsabilidad, pensamiento crítico y capacidad para resistir presiones externas.

Al final, cada familia tomará sus propias decisiones. Algunas estarán de acuerdo con el diputado. Otras no. Pero personalmente sigo creyendo que el objetivo no debería ser enseñar a los hijos a tomar. El objetivo debería ser ayudarlos a desarrollar la madurez suficiente para que, cuando la vida les presente una cerveza, una presión social o una mala influencia, tengan la capacidad de decidir por sí mismos sin necesidad de que nadie les enseñe a beber para lograrlo.

Porque educar no siempre consiste en acercar a los hijos a aquello que podría dañarlos. Muchas veces consiste en darles las herramientas para que sepan alejarse cuando sea necesario.

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