
Hay personas que aseguran que Costa Rica estuvo mal durante setenta años y que apenas ahora el país ha sido rescatado. Están en su derecho de pensarlo. Cada quien tiene su interpretación de la historia y de la realidad nacional.
Sin embargo, cada vez que escucho esa afirmación, no puedo evitar encontrarme con una contradicción curiosa.
Porque si realmente el país estuvo equivocado durante setenta años, entonces quienes hoy repiten ese argumento también forman parte de esa historia. Ellos también votaron. Ellos también participaron en elecciones. Ellos también escogieron presidentes, diputados, alcaldes y gobiernos. Ellos también fueron ciudadanos durante buena parte de esos setenta años que hoy condenan.
Y entonces surge una pregunta inevitable: si durante setenta años eligieron tan mal como ahora afirman, ¿por qué deberíamos asumir que esta vez eligieron bien?
Si es cierto lo que dicen, no aprendieron nada.
Si es cierto lo que dicen, su responsabilidad no terminó cuando encontraron un gobernante que les gusta. Su responsabilidad continúa existiendo sobre todo lo que ocurrió antes.
Si es cierto lo que dicen, setenta años de decisiones equivocadas no constituyen una prueba de buen criterio político. Más bien constituyen una confesión preocupante sobre la calidad de sus propias decisiones electorales.
A veces pareciera que algunas personas quieren atribuir todos los errores a los demás y todos los aciertos a sí mismas. Cuando un gobierno les gusta, hablan de sabiduría popular. Cuando un gobierno no les gusta, hablan de manipulación, engaño o ignorancia colectiva.
Pero la democracia no funciona así.
La democracia implica asumir responsabilidad tanto por las decisiones que celebramos como por aquellas que lamentamos. Implica reconocer que los países no son construidos ni destruidos únicamente por presidentes, sino también por millones de ciudadanos que toman decisiones cada cuatro años.
Por eso, cuando alguien me dice que Costa Rica estuvo completamente perdida durante siete décadas y que apenas ahora apareció la salvación, no me convence tanto de la grandeza del presente como de la enorme responsabilidad que tendría sobre ese supuesto desastre del pasado.
Porque si de verdad fueron setenta y cuatro años de votos equivocados, entonces no estamos ante una historia de aprendizaje ciudadano.
Estamos ante una maestría en el voto mal emitido.
Y si de verdad creés que algo has aprendido de esos supuestos setenta y cuatro años de errores, entonces lo mínimo que deberías hacer es empezar a pedir cuentas a quienes gobiernan hoy. Porque la responsabilidad ciudadana no termina el día que depositás una papeleta en una urna. De hecho, ese día apenas comienza.
La democracia no consiste únicamente en votar. Consiste también en vigilar, cuestionar, exigir explicaciones, fiscalizar y señalar los errores, sin importar quién ocupe el poder. Porque cuando un ciudadano deja de observar críticamente a sus gobernantes simplemente porque votó por ellos, deja de comportarse como ciudadano y empieza a comportarse como seguidor.
Y si no pedís cuentas, si no hacés preguntas, si no te preocupan los abusos, los errores o las contradicciones del poder, entonces tal vez no aprendiste nada. Absolutamente nada.
No me vengás con el discurso de que finalmente viste la luz al final del túnel. Porque para ver la luz primero hay que reconocer que uno sigue dentro del túnel. Y lo más preocupante de algunos fanatismos políticos es que convencen a las personas de que ya llegaron a la salida, cuando en realidad apenas dejaron de mirar las paredes que las rodean.