
Durante casi toda mi vida pensé que Costa Rica no solamente era una democracia ejemplar. Eso todavía lo sostengo. Lo que ya no estoy tan seguro de poder sostener es que seamos una democracia madura. Durante años creí que ambas cosas eran equivalentes. Creí que un país que había construido instituciones sólidas, que había vivido en paz, que había respetado los resultados electorales y que había desarrollado mecanismos de control entre los poderes de la República era necesariamente un país políticamente maduro. Hoy ya no estoy tan seguro. Más bien empiezo a pensar que durante décadas disfrutamos los beneficios de una democracia madura sin haber desarrollado completamente la madurez necesaria para protegerla.
Y tal vez la prueba apareció cuando llegó la primera gran tentación. Porque las democracias no se ponen a prueba cuando todo marcha bien. Se ponen a prueba cuando aparece alguien que ofrece atajos. Cuando aparece alguien que señala culpables. Cuando aparece alguien que promete soluciones simples para problemas complejos. Es en esos momentos cuando una ciudadanía demuestra si comprende el valor de las instituciones o si simplemente las toleraba mientras no estorbaran sus emociones.
Lo que hemos visto en los últimos años me hace pensar que, como sociedad, hemos actuado más como niños malcriados que como ciudadanos maduros. En la primera oportunidad estuvimos dispuestos a gastar el capital democrático acumulado por generaciones. En la primera oportunidad estuvimos dispuestos a entregar cheques en blanco. En la primera oportunidad estuvimos dispuestos a desconfiar de instituciones que durante décadas admiramos, sin exigir demasiadas pruebas y sin dedicar demasiado tiempo a verificar las acusaciones. Y cuando alguien nos señaló enemigos, muchos reaccionaron con entusiasmo, como si hubieran descubierto una verdad oculta que había permanecido frente a sus ojos durante toda la vida.
Quizá el problema es que nada de esto nos costó personalmente. Ninguno de nosotros tuvo que atravesar una guerra civil. Ninguno de nosotros tuvo que reconstruir un país después de una ruptura institucional profunda. Ninguno de nosotros tuvo que diseñar desde cero un sistema democrático que resistiera los abusos del poder. Recibimos una democracia funcionando. Recibimos instituciones operando. Recibimos libertades garantizadas. Recibimos elecciones transparentes. Recibimos una estructura constitucional que parecía tan sólida que terminamos creyendo que existiría para siempre, independientemente de cómo la tratáramos.
Y ahí es donde aparece la grandeza de aquellos hombres y mujeres de 1948 y 1949. Después de vivir una guerra civil, entendieron algo que quizá nosotros habíamos olvidado. Entendieron que el mayor peligro para una democracia no siempre viene del exterior. A veces viene desde dentro. A veces aparece bajo la forma de líderes carismáticos. A veces aparece bajo la forma de mayorías entusiasmadas. Y a veces aparece simplemente cuando los ciudadanos dejan de valorar aquello que heredaron. Por eso construyeron instituciones fuertes, contrapesos, límites al poder y mecanismos de protección que todavía hoy siguen sosteniendo buena parte de nuestra estabilidad democrática. La Constitución de 1949 consolidó una estructura de poderes independientes y otorgó al Tribunal Supremo de Elecciones una posición autónoma precisamente para proteger la integridad democrática del país.
Cada día me pregunto si aquellas personas habrían imaginado hasta qué punto los costarricenses del futuro podríamos volvernos cómodos, confiados y hasta caprichosos con respecto a la democracia que heredamos. Me pregunto si imaginaron que algún día existirían ciudadanos dispuestos a debilitar controles institucionales simplemente porque los consideran incómodos. Me pregunto si imaginaron que habría quienes verían los contrapesos democráticos como obstáculos en lugar de entenderlos como sistemas de protección.
Y sin embargo, quizá sí lo imaginaron. Tal vez por eso dejaron tantos controles. Tal vez por eso distribuyeron el poder entre distintas instituciones. Tal vez por eso diseñaron un sistema donde nadie pudiera concentrar demasiado poder sin enfrentar límites. Tal vez comprendieron algo que nosotros estamos redescubriendo apenas ahora: que las democracias no necesitan protección únicamente contra los malos gobernantes. También necesitan protección contra los impulsos de los propios ciudadanos.
Porque una democracia madura no es aquella que nunca enfrenta amenazas. Una democracia madura es aquella cuyos ciudadanos comprenden por qué existen los límites al poder, incluso cuando esos límites incomodan a las personas que apoyan. Y ahí es donde todavía tenemos una tarea pendiente.
Quizá Costa Rica sigue siendo una democracia ejemplar. Quiero creer que sí. Pero una democracia madura exige algo más que instituciones sólidas. Exige ciudadanos dispuestos a defenderlas, incluso cuando hacerlo no sea popular. Exige ciudadanos capaces de pensar a largo plazo. Exige ciudadanos que comprendan que la libertad, la institucionalidad y la democracia no son regalos permanentes. Son construcciones humanas. Y toda construcción humana puede deteriorarse cuando quienes la habitan dejan de cuidarla.