Se busca esta familia

(Juntos o por separado)

Hoy Luis Fer y yo nos fuimos a almorzar a Multiplaza. Después caminamos un rato por ahí y terminamos en el food court comprando algo para llevarle a mi mamá.

De pronto se acercó un señor con cara de muy buenos amigos. Me saludó por mi nombre y comenzó a hablarme con toda naturalidad. Mi cerebro inmediatamente puso en marcha ese mecanismo desesperado que intenta recordar de dónde conoce a alguien. Revisé mentalmente la Asamblea Legislativa, instituciones públicas, reuniones, conferencias, talleres, clientes, antiguos compañeros de trabajo y hasta compañeros de escuela. Nada. Entonces me dijo algo que apagó de inmediato el turbo de mi memoria: «Usted no me conoce. Yo lo sigo». Qué alivio. Me contó que su esposa, hermosa por cierto, también sigue mis publicaciones y que ambos disfrutan mucho mis escritos, palabras más o palabras menos, porque no recuerdo exactamente la conversación. Y es que cuando ocurren estas cosas me gana la emoción. Para quienes pasamos tantas horas escribiendo frente a una computadora, trabajando muchas veces en silencio, encerrados en una oficina o recorriendo pasillos de edificios públicos, estos encuentros tienen un significado especial. Son pequeños recordatorios de que lo que uno hace llega a algún lugar y de que detrás de cada publicación hay personas reales que leen, reflexionan, se ríen, se enojan o simplemente acompañan el camino.

También los acompañaba un muchacho muy simpático, primo de ella según entendí. Conversamos unos minutos y debo decir, sin falsa modestia, que me hicieron sentir que estaban felices de verme. Pero siendo completamente honesto, no sé quién estaba más contento. Si ellos por encontrarse a alguien que han visto muchas veces en redes sociales o yo por descubrir que una familia decidió acercarse simplemente para saludarme. No para pedir nada, no para reclamar nada, no para discutir de política. Simplemente para saludar. Y eso tiene un valor enorme. Vivimos tiempos en los que las redes sociales suelen mostrar la parte más conflictiva de las personas, por eso cuando alguien se acerca con cariño, con una sonrisa sincera y con ganas de compartir un momento agradable, uno lo agradece profundamente.

En algún momento el primo —cuyo nombre lamentablemente tampoco logré retener— sacó el teléfono como si fuera a tomar una foto. Luego lo guardó. Tal vez pensó que era muy polillo. Y la verdad es que a mí también me pasa a veces. Muchas veces quiero tomarme una foto con alguien y pienso exactamente lo mismo. Pero después me acuerdo de que los recuerdos valen mucho más que el miedo a parecer polo. Así que me adelanté a la situación y terminamos tomándonos la foto. Bueno, siendo exactos, la tomó Luis Fer. Y qué dicha que la tomó, porque esas fotografías terminan convirtiéndose en pequeños recuerdos de momentos que probablemente no se repitan y que, precisamente por eso, vale la pena conservar.

Hubo abrazos, sonrisas, buenos deseos y nos despedimos. Ellos tenían muy claro quién era yo. Yo, en cambio, como buen maje, olvidé preguntar sus nombres. Así que hoy hago un llamado público: ¡se busca esta familia! Gracias por acercarse. Gracias por el cariño. Gracias por tomarse unos minutos para saludar. Gracias por recordarme que detrás de las estadísticas, los comentarios, los artículos y las publicaciones existen personas de carne y hueso que de alguna manera sienten que vale la pena acercarse y decir hola. Y si por casualidad llegan a leer esto, espero que no anden escapados de la ley ni estén en algún programa de protección de testigos, porque acabo de publicar la foto. Un abrazo enorme para los tres. Me alegraron el día mucho más de lo que imaginan.

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