Lo que sigue después de la sentencia

Costa Rica es un Estado de derecho. Eso significa que las personas no son castigadas según el humor de una multitud ni según el enojo de quienes las juzgan en redes sociales. Significa que existe un sistema diseñado para investigar, determinar responsabilidades y establecer consecuencias cuando alguien viola la ley. Quienes cometen delitos deben responder por ellos. Quienes causan daño deben enfrentar la justicia. Y cuando corresponde, deben perder su libertad. Esa es una de las bases fundamentales de la convivencia democrática.

La mayoría de los costarricenses estamos de acuerdo con eso. Queremos que las leyes se cumplan. Queremos que las víctimas encuentren justicia. Queremos que quienes han actuado incorrectamente enfrenten las consecuencias de sus actos. Nadie quiere vivir en una sociedad donde el delito no tenga respuesta o donde la impunidad se convierta en norma. Precisamente por eso existen los tribunales, los jueces, los fiscales y todo el sistema que permite resolver los conflictos dentro del marco de la ley.

Sin embargo, hay una reflexión que pocas veces hacemos. ¿Qué ocurre después de que la justicia actúa? ¿Qué sucede cuando una persona ya fue investigada, juzgada, condenada y castigada conforme a las reglas que la sociedad estableció? Porque en ese momento aparece una diferencia muy importante que a veces pasa desapercibida.

La justicia tiene un límite. La justicia termina cuando la ley ha hecho su trabajo. Pero hay personas que no logran detenerse ahí. Continúan alimentando el enojo, la rabia y el resentimiento mucho después de que el sistema ya actuó. Continúan deseando más castigo, más sufrimiento y más dolor para quien consideran responsable. Y es entonces cuando, sin darse cuenta, dejan de estar hablando de justicia.

Empiezan a hablar de venganza.

Y la venganza tiene una característica muy particular: rara vez da paz. Al contrario, suele encadenar emocionalmente a quien la alimenta. Porque mientras la justicia se ocupa de la conducta del otro, la venganza termina apoderándose de la tranquilidad de quien la siente. La persona que causó el daño puede estar cumpliendo una condena, puede haber desaparecido de nuestra vida o incluso puede no pensar más en nosotros. Pero el resentimiento sigue ahí, ocupando espacio, consumiendo energía y robándonos serenidad.

Por eso conviene recordar algo importante. La justicia pertenece a los tribunales. La paz interior nos pertenece a nosotros. Y cuando entregamos nuestra tranquilidad a quienes nos hicieron daño, les concedemos un poder que jamás debieron tener.

Defendamos la justicia. Exijámosla. Protejámosla.

Pero cuidemos también nuestra paz, porque cuando la justicia termina, la vida debe continuar.

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