La tormenta perfecta

Tengo la impresión de que Costa Rica está caminando, poco a poco —o tal vez demasiado rápido— hacia un escenario que podría resultar muy peligroso para todos. Un escenario en el que la sociedad comienza a consumirse desde adentro hacia afuera. No estoy seguro de que suficientes personas se hayan dado cuenta de ello. Tampoco estoy seguro de que el gobierno de Laura Fernández esté observando el panorama completo. Porque si realmente estuviera viendo todos los elementos al mismo tiempo, sospecho que estaría ajustando el rumbo del barco en el que navegamos por aguas cada vez más agitadas.

Hace poco escuchaba a varias personas contar que habían llamado a la Fuerza Pública en distintas ocasiones y que la ayuda nunca llegó o tardó demasiado en llegar. No sé cuántos casos existen ni cuál es la magnitud real del problema, pero sí sé que la percepción ciudadana de inseguridad está creciendo. Y cuando esa sensación se combina con otros problemas estructurales, comienza a formarse algo que me preocupa mucho más que cualquiera de esos factores por separado.

Uno de ellos es el sistema penitenciario.

Los privados de libertad deberían recibir un trato humano simplemente porque son seres humanos. Ese debería ser motivo suficiente. Pero incluso para quienes no comparten esa visión, existe una razón práctica que no podemos ignorar. La inmensa mayoría de las personas que hoy están en prisión algún día volverán a caminar por las calles. Volverán a convivir con nosotros. Volverán a ser nuestros vecinos, compañeros de trabajo o personas que encontraremos en una fila del supermercado. La pregunta entonces no es si van a salir. La pregunta es cómo van a salir.

Si una persona pasa años viviendo en condiciones degradantes, rodeada de violencia, humillación, resentimiento y desesperanza, ¿qué esperamos encontrar cuando recupere su libertad? ¿Paz o furia? ¿Deseos de reintegrarse o deseos de cobrar cuentas pendientes? No estoy justificando delitos. Tampoco estoy diciendo que las cárceles deban convertirse en hoteles. Lo que digo es algo mucho más sencillo: cuando sembramos resentimiento durante años, no deberíamos sorprendernos si cosechamos resentimiento después.

Voy a utilizar una comparación que puede parecer incómoda, pero que ayuda a ilustrar el punto. Si encerramos a un perro en una jaula durante años, lo mantenemos encadenado, lo maltratamos constantemente y además lo provocamos todos los días, ¿qué creemos que ocurrirá cuando un día rompa las cadenas? ¿Esperamos que salga moviendo la cola? Evidentemente no. Lo más probable es que salga lleno de miedo, agresividad y desconfianza. Y no porque haya nacido así, sino porque fue moldeado por las condiciones en las que vivió.

No estoy comparando a las personas privadas de libertad con perros. Estoy hablando de la naturaleza humana. Lo mismo ocurriría con cualquiera de nosotros. Con usted. Conmigo. Con cualquier ser humano sometido durante años a condiciones que alimentan la rabia, la frustración y el resentimiento. La diferencia es que después nos sorprendemos cuando algunas personas salen más peligrosas de lo que entraron.

Y a eso debemos sumarle otro ingrediente. La manera en que la propia sociedad habla de esas personas. Cada vez es más común encontrar comentarios que reducen a los privados de libertad a una condición inferior, como si dejaran de ser seres humanos por haber cometido un delito. La deshumanización puede producir aplausos en redes sociales, pero rara vez produce soluciones. Al contrario, alimenta exactamente el mismo resentimiento que después decimos querer combatir.

Ahora tenemos sobre la mesa nuevas propuestas de ley en materia de seguridad. Algunas podrían ser positivas si se redactan cuidadosamente. Otras podrían generar consecuencias que hoy no estamos viendo. Se habla de ampliar facultades para el uso de armas por parte de la policía. Se habla de endurecer distintos aspectos del sistema penal. Se habla de medidas que, dependiendo de cómo se implementen, podrían producir resultados muy distintos a los que se esperan. No estoy afirmando que sean malas ideas. Estoy diciendo que debemos analizarlas con extrema prudencia.

Porque además existe otro factor del que casi nadie habla. ¿Qué ocurrirá con las personas que salen de prisión y encuentran enormes dificultades para conseguir empleo? ¿Qué ocurrirá con quienes cargan una etiqueta social que los persigue durante años? ¿Qué ocurrirá con quienes necesitan comer, sobrevivir y reconstruir una vida, pero descubren que las puertas permanecen cerradas? Algunos encontrarán caminos positivos. Otros no. Y cuando una sociedad multiplica los obstáculos para la reinserción, también multiplica los riesgos de reincidencia.

Si observamos cada uno de estos elementos por separado, quizá no parezcan tan alarmantes. Pero cuando los colocamos juntos sobre la mesa, el panorama cambia. Percepción creciente de inseguridad. Problemas de respuesta institucional. Cárceles que producen resentimiento. Dificultades para la reinserción. Discursos cada vez más agresivos. Polarización política. Ciudadanos cada vez más enojados. Redes sociales que funcionan como amplificadores permanentes del conflicto. Es como si estuviéramos reuniendo cuidadosamente todos los ingredientes de una receta que nadie quiere probar.

Y todavía falta uno de los más importantes: la efervescencia social. La manera en que hablamos unos de otros. La facilidad con que insultamos, descalificamos y demonizamos a quienes piensan diferente. La rapidez con la que convertimos cualquier discusión en una guerra. Es como si estuviéramos encendiendo el fuego debajo de la olla donde todos los demás ingredientes ya están hirviendo.

Por eso me preocupa el rumbo que estamos tomando. No porque crea que el país está condenado. Todo lo contrario. Precisamente porque creo que todavía estamos a tiempo de corregir. Pero para hacerlo necesitamos empezar a mirar el cuadro completo y no únicamente las piezas que nos conviene observar.

Esto no se trata de chavistas o antichavistas. No se trata de oficialismo u oposición. No se trata siquiera de una administración específica. Se trata de Costa Rica. Se trata de nosotros. Se trata de preguntarnos si tenemos la capacidad de reconocer lo que estamos cocinando antes de que termine de cocinarse.

Porque si seguimos agregando ingredientes sin pensar en el resultado final, podríamos descubrir demasiado tarde que no estábamos preparando una solución.

Estábamos construyendo una bomba de tiempo.

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