Parte 7 de la serie “Fanatismo”
¿Qué busca un populista? Un trono sin corona, pero con aplausos ciegos

Un populista —el verdadero, el que sabe lo que hace— no busca gobernar como cualquier líder. Busca encarnar un personaje. No quiere que lo veas como un ser humano, con límites y contradicciones. Quiere que lo veas como mito. Como salvador. Como el único que, con solo llegar, puede limpiar, sanar, castigar y rescatar. Y para lograr eso, no necesita apelar a tu lógica, sino a tus emociones. Porque la lógica incomoda, pero la emoción arrastra.
¿Qué emociones aprovecha?
Un populista se especializa en leer el clima emocional de su sociedad. Detecta dónde están tus heridas, tus frustraciones, tus vacíos. Y los activa con precisión. No te habla a la cabeza: te habla a la tripa, al corazón dolido, a la rabia que no sabías cómo nombrar.
Aprovecha el miedo: al caos, al crimen, a la pobreza, a los “enemigos del pueblo”. Aprovecha tu rabia: contra las élites, contra los corruptos, contra los medios, contra el sistema que te falló. También despierta nostalgia: esa idea de que “antes todo era mejor”, aunque nunca haya sido cierto. Te ofrece esperanza emocional —no estructural—: la promesa de que “ahora sí alguien te representa”. Y, sobre todo, se alimenta de tu necesidad de pertenencia. Porque cuando te has sentido solo, dolido, ignorado, es fácil caer en una comunidad que te acoge… aunque sea sectaria.
El populista se vuelve experto en sintonizar con todo eso. Y se presenta como el único que realmente te comprende.
La construcción del mesías
Para convertirse en figura mesiánica, el populista sigue un libreto emocional muy claro, que repite sin fallar:
Primero, divide el mundo en dos: “los buenos (nosotros) y los malos (ellos)”. Nunca hay matices. Nunca hay dudas. Si estás con él, sos pueblo. Si no, sos traidor.
Luego, se presenta como víctima del sistema. Aunque esté en el poder, sigue diciendo que “le ponen trabas”, que “el sistema no lo deja actuar”, que “está solo contra el monstruo”. Se victimiza para justificar todo lo que no logra, y para mantener viva tu simpatía.
Después, crea un lenguaje emocional simple, pegajoso, agresivo y repetitivo. Usa frases como “los de siempre”, “no más corrupción”, “yo no soy político”, “ustedes me pusieron aquí” … No son ideas: son consignas. No están hechas para pensar: están hechas para repetir.
Acto seguido, se convierte en el único filtro de la verdad. Deslegitima medios, estudios, datos y reemplaza todo por su palabra. “Si yo lo digo, es verdad. Si alguien más lo dice, está vendido.” Tu ya no necesitas contrastar información. Solo tienes que creerle.
También construye enemigos simbólicos: a veces reales, a veces inventados. Puede ser la prensa, el Poder Judicial, los sindicatos, los extranjeros, los ambientalistas, el feminismo, los “ideólogos de género”, el TSE, la ONU… cualquier figura que le sirva para decir: “me están atacando, pero yo aguanto por ustedes”.
Y para cerrar el ritual, crea gestos teatrales para reforzar su personaje. Llora en público. Grita con rabia ensayada. Camina entre la gente. Lanza frases bíblicas o heroicas. Hace TikToks con música épica. Todo sirve para alimentar el mito. Para que tu no lo veas como un funcionario público, sino como el protagonista de una historia sagrada.
¿Y el pueblo… por qué lo sigue?
Porque al seguirlo, no sientes que estás apoyando una idea. Sentís que estás sanando algo adentro. Él se vuelve el reflejo de lo que quisieras ser: fuerte, valiente, honesto, con respuestas simples en un mundo que te ha confundido y decepcionado. Se crea la ilusión de que “él sí dice lo que nadie se atrevía a decir”. Y entonces, ya no lo sigues: lo veneras.
Ahí se pierde la capacidad crítica. De análisis. De revisión. Nace el fanatismo. El líder ya no es cuestionable: es incuestionable. Ya no es una figura pública: es un mesías. Y eso, aunque se disfrace de esperanza, es un golpe profundo para cualquier democracia.
Costa Rica no está exenta
Tú y yo lo hemos visto. El lenguaje mesiánico ya entró en nuestra política. Gente que se refiere al líder como si fuera el único honesto, el único valiente, el único que se enfrenta a “los poderosos” … aunque él mismo es el poder. Y mientras tanto, se van desmantelando instituciones. Se acusa a todo el que fiscaliza. Se desacredita a jueces, periodistas, opositores, técnicos, académicos… Y se culpa a “los otros” por todo lo que no se logra.
No es nuevo. Pero ahora lo estamos viendo con más claridad. O, al menos, tú y yo lo estamos intentando.
¿Cómo se rompe ese hechizo?
No con insultos. No con sarcasmo. No con debates técnicos que el otro no quiere escuchar. Ese hechizo se rompe con educación emocional, con pensamiento crítico, y con experiencias que generen comunidad fuera del fanatismo.
Se rompe cuando alguien siente que puede pertenecer sin idolatrar. Que puede disentir sin ser excluido. Que puede amar a su país sin tener que odiar al otro. Solo así, poquito a poco, empieza a quebrarse la imagen del mesías. Y a aparecer, de nuevo, el ciudadano.