Aburrido

¿No les ha pasado que algunas noches se acuestan ilusionados con todo lo que van a hacer al día siguiente? Uno piensa: mañana voy a enviar esos mensajes que ya tengo prácticamente redactados en la cabeza. Voy a hacer aquellas llamadas que tengo ganas de hacer. Voy a ordenar ese rincón de la casa que hace días me está pidiendo atención. En mi caso, escribir un artículo. Y todo suena bonito. Todo parece fluir. Incluso uno se duerme con una pequeña sensación de entusiasmo por el día que viene.

Pero llega la mañana. Suena el despertador, uno se levanta… y de pronto toda aquella ilusión desapareció. Es como si alguien hubiera apagado un interruptor durante la noche. Lo que ayer parecía interesante hoy da pereza. Escribir da pereza. Hacer llamadas da pereza. Ordenar da pereza. Salir da pereza. Hasta pensar da pereza. Y uno se queda ahí, casi inmóvil, viendo pasar los minutos sin entender muy bien qué cambió entre anoche y esta mañana.

Entonces comienza una búsqueda curiosa. Uno intenta encontrar algo que lo saque de ese estado. Tal vez si alguien me llama para ir a tomar un café. Tal vez si algún amigo me dice que viene a visitarme. Tal vez si suena el teléfono. Tal vez si aparece un plan inesperado. Tal vez si pasa algo diferente. Uno empieza a negociar consigo mismo buscando cualquier cosa que rompa esa sensación de inmovilidad.

Pero ocurre algo todavía más extraño. Cada una de esas posibilidades también da pereza. Ir a tomar café da pereza. Recibir visitas da pereza. Contestar el teléfono da pereza. Salir de la casa da pereza. Incluso aquello que normalmente nos haría ilusión parece haber perdido el brillo. Es como si la pereza no estuviera dirigida hacia una actividad específica, sino hacia la vida misma por unas horas. Y esa sensación puede resultar desesperante, porque uno sabe que tiene cosas importantes por hacer y, sin embargo, no encuentra el impulso para empezar ninguna.

Y creo que ahí es donde muchas veces nos equivocamos. Porque empezamos a creer que necesitamos encontrar la actividad perfecta para recuperar las ganas. Como si existiera una llamada, una persona, un plan o una noticia capaz de devolvernos automáticamente la motivación. Esperamos sentirnos inspirados antes de mover un dedo, cuando quizá estamos esperando algo que nunca llegará por sí solo.

Pero tal vez el problema no sea la falta de un buen plan. Tal vez el problema sea que estamos esperando sentir ganas antes de empezar. Y muchas veces la vida funciona exactamente al revés. Las ganas no llegan primero. Llegan después de comenzar. Uno escribe el primer párrafo sin ganas… y al tercero ya está metido en el artículo. Uno empieza a ordenar una gaveta sin entusiasmo… y cuando menos lo espera ya terminó toda la habitación. Uno hace la primera llamada casi por obligación… y termina disfrutando la conversación.

Es curioso, porque la motivación tiene fama de ser la que inicia el movimiento, cuando en realidad muchas veces es el movimiento el que despierta la motivación. No siempre estamos cansados. No siempre estamos tristes. No siempre estamos deprimidos. Algunas veces simplemente estamos quietos. Y la quietud, cuando se prolonga demasiado, termina pareciéndose muchísimo a la pereza.

Por eso, cuando me pasa, intento no negociar demasiado con mi cabeza. No espero sentir deseos inmensos de hacer las cosas. Me conformo con empezar. Solo empezar. Porque casi siempre descubro que aquello que más pereza me daba… termina siendo precisamente lo que más disfruté haber hecho.

Y si algún día no ocurre, tampoco pasa nada. Mañana volveré a empezar. Porque incluso la pereza… también pasa.

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