El derecho a cambiar de opinión

Existe una costumbre que me preocupa cada vez más. Cuando una persona cambia de opinión, en lugar de preguntarnos qué aprendió, solemos preguntarnos a quién traicionó. Como si la coherencia consistiera en pensar exactamente lo mismo durante toda la vida, aunque cambien las circunstancias, aparezcan nuevos hechos o simplemente adquiramos una comprensión más profunda de la realidad. Hemos llegado al extremo de considerar sospechoso a quien evoluciona y admirable a quien jamás modifica una sola de sus ideas.

Sin embargo, la vida contradice constantemente esa manera de pensar. Ninguno de nosotros cree hoy exactamente lo mismo que creía cuando tenía quince años. Cambiamos nuestra forma de entender la familia, el trabajo, la amistad, la fe, el amor, la educación y hasta la manera en que interpretamos nuestros propios errores. Cambiamos porque vivimos. Porque sufrimos. Porque leemos. Porque escuchamos historias diferentes de la nuestra. Porque descubrimos que el mundo es mucho más complejo de lo que imaginábamos. Cambiar no siempre significa abandonar principios; muchas veces significa comprenderlos mejor.

Lo verdaderamente preocupante no es modificar una opinión. Lo preocupante es negarse a hacerlo incluso cuando la realidad demuestra que estábamos equivocados. El orgullo puede convertirse en una cárcel mucho más fuerte que cualquier ideología. Hay personas que continúan defendiendo afirmaciones que ya saben falsas, decisiones que reconocen perjudiciales o conductas que hace tiempo dejaron de compartir, únicamente porque sienten que admitir un error sería una señal de debilidad. En realidad ocurre exactamente lo contrario. Se necesita mucho más carácter para decir «me equivoqué» que para seguir sosteniendo una posición insostenible.

Esto también ocurre en la política. Con demasiada frecuencia los ciudadanos sienten que deben respaldar absolutamente todo lo que haga el grupo con el que simpatizan y rechazar automáticamente cualquier cosa que provenga del sector contrario. Poco a poco dejan de analizar cada situación por sus propios méritos y comienzan a mirar la realidad únicamente a través del color de una bandera. Así, las ideas dejan de ser evaluadas por su calidad y pasan a ser juzgadas exclusivamente por la persona que las propone. Cuando eso sucede, el pensamiento crítico empieza a desaparecer y es reemplazado por la obediencia emocional.

Una democracia saludable necesita exactamente lo contrario. Necesita ciudadanos capaces de reconocer una buena decisión, aunque provenga de alguien con quien normalmente no coinciden. Necesita personas dispuestas a señalar un error, aunque haya sido cometido por quien suele representar sus propias ideas. Esa independencia de criterio es una de las formas más valiosas de libertad. Significa que nuestras convicciones no están al servicio de una persona, de un partido o de una moda, sino al servicio de la verdad, aun sabiendo que nuestra comprensión de esa verdad siempre será imperfecta y podrá seguir creciendo.

Cambiar de opinión tampoco significa cambiar de principios todos los días. Hay valores que deben permanecer firmes: la honestidad, el respeto por la dignidad humana, la defensa de la democracia, el rechazo a la corrupción y el compromiso con la verdad. Lo que puede cambiar son los caminos que creemos más adecuados para proteger esos valores. Confundir principios con opiniones es uno de los errores más frecuentes de nuestro tiempo. Los principios son las raíces. Las opiniones son las ramas. Un árbol sano conserva sus raíces mientras permite que sus ramas sigan creciendo.

Quizá deberíamos dejar de mirar con sospecha a quienes tienen la humildad de reconocer que aprendieron algo nuevo. Tal vez el verdadero problema no sea cambiar de opinión, sino perder la capacidad de hacerlo. Porque una sociedad donde nadie rectifica termina convirtiéndose en una sociedad donde todos defienden sus errores hasta las últimas consecuencias. Y un país que deja de aprender de sí mismo corre el riesgo de repetir una y otra vez los mismos tropiezos.

Yo prefiero una ciudadanía que piense antes que una ciudadanía que simplemente repita. Prefiero personas que se atrevan a revisar sus ideas con honestidad antes que personas que se aferren a ellas por orgullo. Prefiero un país donde cambiar de opinión sea visto como una oportunidad para crecer y no como un motivo para ser condenado. Porque solo quien conserva la humildad de seguir aprendiendo mantiene también la posibilidad de seguir construyendo un futuro mejor. Apacigua tu ser interior. Apacigüemos también nuestro país.

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