El día que dejamos de admirar a la gente buena

Hay una pregunta que me hago cada vez con más frecuencia: ¿en qué momento dejamos de admirar a la gente buena? No hablo de personas perfectas, porque esas no existen. Hablo de hombres y mujeres honestos, trabajadores, respetuosos, responsables, que cumplen con su palabra, que procuran hacer el bien sin necesidad de anunciarlo y que viven con la tranquilidad de quien puede mirar a los demás de frente. Durante mucho tiempo esas personas fueron motivo de reconocimiento. Eran los referentes de una comunidad. Se les buscaba para pedir consejo, se les confiaban responsabilidades y su opinión tenía peso porque se sabía que estaba respaldada por una vida coherente. Hoy, en cambio, pareciera que muchas veces pasan inadvertidas.

Vivimos en una época que premia la visibilidad más que la virtud. Es más fácil hacerse conocido provocando un escándalo que construyendo una trayectoria de decencia. Las redes sociales han contribuido a crear la ilusión de que el éxito depende de llamar la atención a cualquier precio. Mientras más polémica sea una persona, más conversaciones genera. Mientras más ofensivo sea un comentario, más posibilidades tiene de hacerse viral. Poco a poco comenzamos a medir la importancia de alguien por la cantidad de seguidores que acumula y no por la calidad de su carácter. Sin proponérnoslo, fuimos cambiando nuestros criterios de admiración.

Eso tiene consecuencias profundas. Los niños observan a quiénes celebran los adultos. Los jóvenes descubren rápidamente qué comportamientos reciben aplausos y cuáles pasan desapercibidos. Si una sociedad aplaude la arrogancia, aparecerán más personas arrogantes. Si premia la vulgaridad, surgirán más personas dispuestas a comportarse de esa manera. Pero si reconoce la honestidad, la prudencia, el esfuerzo y la bondad, también estará formando nuevas generaciones que entenderán que esos valores siguen teniendo un lugar importante. La admiración es una de las herramientas educativas más poderosas que existen, porque termina indicándonos hacia dónde vale la pena dirigir la vida.

No deberíamos permitir que la bondad se vuelva invisible. Todos conocemos personas extraordinarias que jamás ocuparán un cargo público ni aparecerán en un programa de televisión. Son quienes cuidan con amor a un familiar enfermo durante años sin esperar reconocimiento. Son los maestros que siguen preparando sus clases con entusiasmo después de décadas de servicio. Son los agricultores que trabajan desde la madrugada para que nunca falten alimentos en nuestras mesas. Son los policías honestos que cumplen con su deber aun sabiendo que pocas veces recibirán un agradecimiento. Son los emprendedores que pagan correctamente a sus colaboradores, los vecinos que ayudan durante una emergencia y las madres y padres que cada día intentan formar hijos con valores. Ellos sostienen silenciosamente buena parte del país, aunque casi nunca ocupen los titulares.

Tal vez el problema no sea que ya no existan personas buenas. Estoy convencido de que siguen siendo mayoría. El problema es que hemos comenzado a prestarles menos atención. Nos hemos acostumbrado tanto a escuchar sobre conflictos, enfrentamientos y escándalos que terminamos creyendo que eso representa a toda la sociedad. Mientras tanto, millones de actos de decencia ocurren cada día sin hacer ruido. La honestidad rara vez se vuelve noticia. La responsabilidad casi nunca genera tendencias. La bondad no suele viralizarse. Sin embargo, son precisamente esas acciones silenciosas las que mantienen viva la confianza que hace posible convivir en comunidad.

Quizá ha llegado el momento de revisar a quiénes estamos convirtiendo en nuestros referentes. Porque una sociedad siempre termina pareciéndose a las personas que decide admirar. Si nuestros héroes son quienes humillan, dividen y provocan, no debería sorprendernos que cada vez más personas intenten imitarlos. Pero si volvemos a reconocer el valor de quienes viven con integridad, trabajan con humildad y sirven sin buscar aplausos, estaremos enviando un mensaje completamente distinto a las generaciones que vienen detrás de nosotros.

Costa Rica no necesita fabricar nuevos héroes. Ya tiene miles de ellos caminando por sus calles todos los días. Tal vez ha llegado el momento de volver la mirada hacia esa gente buena que nunca dejó de existir y devolverle el lugar que merece en nuestra admiración. Porque los pueblos no solamente avanzan gracias a quienes tienen poder. Avanzan, sobre todo, gracias a las personas decentes que, sin hacer mucho ruido, sostienen con su ejemplo la esperanza de un país mejor.

Apacigua tu ser interior. Apacigüemos también nuestro país.

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