La parte incómoda de tener un compinche

Segunda parte

Después viene otra posibilidad. Puede ocurrir que durante el seminario descubramos que aquella persona y nosotros tenemos formas muy distintas de pensar, valores que no necesariamente coinciden, maneras diferentes de analizar las cosas o simplemente personalidades que no encuentran demasiados puntos de encuentro. No pasa nada. El seminario terminará, cada uno continuará su camino y aquella compinchería habrá cumplido la función que tenía dentro de una experiencia determinada. No todos los encuentros tienen que convertirse en amistades y no todas las personas que aparecen en nuestra vida tienen necesariamente que quedarse en ella.

Pero también puede ocurrir exactamente lo contrario. Tal vez durante esos días descubrimos cosas del otro que nos gustan. Aparecen valores compartidos, maneras de pensar que nos resultan interesantes, metas parecidas, conversaciones que quisiéramos continuar o simplemente la sensación de que allí podría existir una amistad. Entonces la compinchería deja de depender del seminario y comienza algo completamente diferente. Ya no existe una dinámica que nos obliga a encontrarnos ni una actividad que nos coloca juntos. A partir de ese momento somos dos personas decidiendo libremente si queremos continuar conociéndonos. La amistad podrá avanzar tan rápido o tan despacio como las circunstancias lo permitan y llegar tan lejos como ambos quieran llevarla.

Eso es bastante normal. Así funcionan casi todas las relaciones humanas. Lo verdaderamente extraño ocurre antes, durante esos primeros días en los que todavía somos compinches sin haber tenido tiempo suficiente para convertirnos realmente en amigos. Porque entonces aparece una pregunta bastante complicada: ¿cómo comportarse frente a alguien a quien todavía no conocemos? No sabemos completamente qué le gusta, cómo piensa, qué cosas le incomodan, qué lo motiva, cuánto necesita de nuestra cercanía, cuánto espacio prefiere conservar, qué espera de nosotros o incluso qué significa para él tener un compinche. Tenemos demasiado pocas variables para adaptar nuestra conducta a la suya.

Y quizá precisamente por eso este sea uno de esos pocos momentos de la vida en los que solamente queda una posibilidad razonable: ser absolutamente uno mismo. Tan distante como uno sea, tan intenso como pueda resultar, tan superficial como acostumbre a vivir determinadas cosas o tan profundo como naturalmente las experimente. No existe todavía un manual sobre el otro. No conocemos suficientemente sus reacciones como para anticiparlas y tampoco sabemos cuáles partes de nuestra personalidad le resultarán agradables, incómodas, interesantes o difíciles de comprender. Así que no queda más remedio que presentarnos tal como somos.

Eso también exige algo de la otra persona. Nuestro compinche tiene que comprender que nosotros tampoco disponemos todavía de suficientes parámetros para comportarnos según sus preferencias. No necesariamente sabemos cuándo necesita silencio o cuándo agradecería una llamada; cuándo quiere hablar o cuándo prefiere quedarse pensando; cuánto significado le da a una mirada, a una palabra, a un abrazo o a una ausencia. Estamos aprendiendo. Y mientras aprendemos, inevitablemente actuamos desde nuestra propia naturaleza.

Por eso, si algo del otro nos incomoda durante ese proceso, quizá antes de interpretarlo como una intención deberíamos hacerlo pasar por un filtro diferente: esto que estoy viendo podría ser simplemente parte de su manera natural de relacionarse. Después podremos preguntarnos si somos capaces de comprenderla, si podemos aceptarla o si representa una diferencia demasiado importante para nosotros. Porque aceptar a una persona como es no significa necesariamente querer construir una amistad con ella. También existe el derecho de descubrir que no somos compatibles. Lo importante es no exigirle al otro que conozca unas reglas sobre nosotros que todavía no hemos tenido tiempo de enseñarle.

Y hay algo fascinante en todo esto. En una amistad convencional, mientras dos personas comienzan a conocerse también comienzan, consciente o inconscientemente, a ajustarse. Descubrimos qué le gusta al otro, qué le molesta, cuándo conviene acercarse, cuándo mantener distancia y cuáles partes de nosotros generan mayor conexión. Poco a poco vamos construyendo una manera particular de relacionarnos. Con un compinche recién elegido todavía no existe nada de eso. No hubo tiempo suficiente para aprender el mapa del otro.

Quizá por eso pocas veces estamos frente a una persona actuando tan naturalmente como cuando dos desconocidos están intentando convertirse en amigos después de haber sido convertidos primero en compinches. Los dos están prácticamente sin instrucciones, conociéndose mientras avanzan y mostrando, inevitablemente, mucho de lo que realmente son. Y entonces aparece una oportunidad extraordinaria: no preguntarnos únicamente si el otro se comporta como nos gustaría, sino observar quién es cuando todavía no sabe cómo tendría que comportarse para gustarnos.

Si después de conocer esa versión auténtica decidimos continuar caminando, entonces comienza algo que ya no pertenece al seminario. Comienza una amistad elegida. Y esa, quizá, sea una de las posibilidades más hermosas que puede dejar una compinchería.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio