
Hay políticos que se definen por sus proyectos, otros por sus discursos y algunos terminan construyendo su propia radiografía a partir de las palabras que repiten, de las batallas que escogen y de la manera en que deciden tratar a quienes piensan diferente. Cindy Murillo, hoy diputada oficialista por Guanacaste, parece pertenecer a este último grupo. Y no hace falta inventarle nada. Basta colocar sobre la mesa algunas de sus propias expresiones y ciertos hechos públicos de los últimos meses, y permitir que cada lector saque sus conclusiones.
En 2025, cuando todavía era candidata a diputada, Murillo habló de Rodrigo Chaves en términos difíciles de considerar simplemente políticos. Lo llamó “nuestro redentor” y lo comparó con “un Moisés que vino a sacar a este pueblo de la esclavitud”. La frase fue difundida entonces mientras era candidata del Partido Pueblo Soberano por Guanacaste. (Facebook) No sabemos qué profundidad religiosa quiso darles a esas palabras ni corresponde adivinarla. Pero sí podemos analizar lo que significan. Un redentor no es un buen administrador ni un político exitoso: es alguien que salva. Moisés tampoco fue, dentro del relato bíblico, simplemente un gobernante: fue quien condujo a un pueblo fuera de la esclavitud. Cuando ese lenguaje se traslada a un dirigente político, la pregunta resulta inevitable: ¿dónde termina la admiración y dónde empieza la idolatría política?
La pregunta adquiere todavía más sentido cuando observamos cómo Murillo ha hablado de quienes se encuentran al otro lado. El 3 de junio de 2026 sostuvo un fuerte enfrentamiento verbal con Claudia Dobles y, entre otras expresiones, le dijo que frente a Laura Fernández “no le llega ni a los tobillos”. En aquella misma intervención involucró también al esposo de Dobles, el expresidente Carlos Alvarado, en términos que provocaron una respuesta de la diputada reclamándole que no llevara a sus familiares al enfrentamiento político. (El Mundo CR). Hay ahí una diferencia que merece ser observada: a los referentes propios se les eleva extraordinariamente; a quienes están enfrente se les disminuye.
Pero el episodio más reciente llevó esa forma de hacer política todavía más lejos. El 13 de agosto, Murillo llamó “damas de compañía” a Claudia Dobles y Abril Gordienko. La expresión provocó rechazo dentro y fuera de su propia bancada, alteró durante horas la sesión legislativa y, pese a las solicitudes de disculpa, Murillo se negó inicialmente a retractarse. Incluso diputados oficialistas consideraron que correspondía una disculpa, mientras el jefe de fracción terminó ofreciéndola en nombre de la bancada. (Semanario Universidad). Esto ya no obliga solamente a preguntarnos por una frase desafortunada. Obliga a preguntarnos por un estilo.
¿Es Cindy Murillo una mujer conflictiva? Esa palabra tendría que decidirla cada lector. Pero resulta difícil negar que existe en sus intervenciones públicas un lenguaje repetidamente confrontativo. Y cuando la confrontación deja de centrarse en las ideas para comenzar a colocar personas arriba o abajo, a unos como redentores y a otras como mujeres que “no llegan ni a los tobillos” o como “damas de compañía”, la discusión deja de ser únicamente política y comienza a convertirse en una manera de entender al adversario.
A todo esto se suma un asunto completamente distinto y que debe tratarse con enorme precisión. Cindy Murillo es actualmente investigada por la Fiscalía General de la República por el presunto delito de legislación o administración en provecho propio, después de una denuncia presentada por el diputado Edgardo Araya. La denuncia está relacionada con su participación y voto en el proyecto de ley 22.981, referente al área del embalse Arenal, que según el denunciante podría beneficiar intereses familiares vinculados con propiedades y un negocio de la zona. La Fiscalía confirmó la apertura de la investigación. (Teletica). Conviene decirlo con todas las letras: ser investigada no significa ser culpable. No existe aquí una condena que permita afirmar responsabilidad alguna, y sería irresponsable hacerlo.
Sin embargo, una radiografía política no consiste solamente en establecer culpabilidades penales. También observa conductas, discursos, contradicciones y la manera en que una persona ejerce el poder que los ciudadanos le entregaron. Por eso es legítimo preguntarse qué imagen comienza a dibujarse cuando juntamos estas piezas: una candidata que describía a Rodrigo Chaves como redentor y Moisés; una diputada que coloca a Laura Fernández muy por encima de una adversaria; una legisladora que utiliza expresiones despectivas hacia otras diputadas y se resiste a disculparse; y una funcionaria que hoy debe responder ante una investigación de la Fiscalía por una actuación legislativa relacionada con posibles intereses familiares.
Ninguna de esas piezas, por separado, permite definir completamente a una persona. Todas juntas, sin embargo, permiten formular preguntas.
Y quizá la más incómoda sea esta: ¿qué ocurre cuando alguien que llega al poder viendo a sus líderes casi como salvadores comienza a ejercer ese mismo poder frente a quienes no forman parte de su grupo?
Porque la idolatría política tiene un problema fundamental. Cuando convertimos al nuestro en redentor, necesitamos inevitablemente construir faraones. Necesitamos opresores, enemigos, responsables de la esclavitud de la que aquel líder vino supuestamente a liberarnos. Y entonces la política deja de estar compuesta por ciudadanos que piensan diferente y comienza a dividirse entre quienes están con el salvador y quienes, de alguna manera, están contra él.
Tal vez Cindy Murillo solamente utiliza palabras fuertes. Tal vez estamos frente a una mujer vehemente que todavía debe acostumbrarse al peso institucional de una curul. Tal vez sus seguidores encuentran en ella precisamente la franqueza que desean escuchar. Y también es perfectamente posible que otros vean algo diferente: una forma de hacer política basada en elevar a los propios y descalificar a quienes están enfrente.
Cada lector decidirá. Pero una diputación de la República no es una gradería, y el Plenario Legislativo no debería ser un espacio para decidir quién merece veneración y quién merece desprecio.
Los diputados no fueron elegidos para encontrar redentores. Fueron elegidos para legislar. Y quizá recordar esa diferencia sea hoy más importante de lo que parece.