
“Te estoy viendo… te estoy viendo”, decía mi mamá cuando suponía que yo me estaba tramando algo. Y aunque ciertamente no tenía cómo estar viéndome, porque yo era muy jugado y sabía moverme sin dejar demasiadas pistas, por si acaso desistía de aquello que estaba planeando. Ella, entonces, continuaba con su vida, dulce y tranquila, convencida de que aquel hermoso niño estaba bajo control. Nunca supe cuánto veía realmente y cuánto imaginaba, pero la estrategia funcionaba: bastaban cuatro palabras para sembrarme la duda de que quizá sabía mucho más de lo que yo suponía.
Hoy me vino aquel recuerdo mientras escuchaba declaraciones distintas, pronunciadas en momentos diferentes, pero que terminan produciendo una sensación parecida. Por un lado aparece el fantasma de un software capaz de intervenir teléfonos y conocer nuestra información; por otro, algún personaje, con cara de niño que acaba de descubrir una travesura ajena, asegura saber quiénes se reunieron en determinado lugar y anuncia que los tienen identificados. Más allá aparece alguien explicando que, durante el proceso de ingreso al acto de traspaso de poderes, existe o se construye una base de datos. Separadas, las frases pueden tener explicaciones distintas; juntas producen inevitablemente un mensaje: “Te estoy viendo”.
Y curiosamente, esa frase funciona mejor cuando uno no sabe cuánto están viendo realmente. Mi mamá tampoco necesitaba conocer el plan. Le bastaba notar algo extraño: demasiado silencio, varios amiguitos reunidos, alguna mirada cómplice y probablemente esa expresión que tienen los niños segundos antes de hacer una tontería. Entonces lanzaba su advertencia desde alguna parte de la casa: “Te estoy viendo”. Y el operativo quedaba desarticulado antes de comenzar. No porque hubiese descubierto nuestros planes, sino porque había logrado que nosotros creyéramos que podía descubrirlos.
Por eso empiezo a preguntarme si estamos viendo algo parecido, aunque en circunstancias muchísimo más serias. No afirmo conocer lo que ocurre detrás de cada declaración ni puedo saber qué información posee realmente cada persona que habla, pero el efecto comunicacional resulta evidente: que la gente sienta que está siendo observada, identificada, registrada o vigilada. Y cuando una sociedad comienza a recibir ese mensaje repetidamente, el peligro no está solamente en aquello que efectivamente pueda hacerse, sino también en aquello que las personas dejen de hacer por miedo a que alguien las esté mirando.
Y entonces aparece inevitablemente El Plantón. Tal vez lo que ocurrió aquel día sorprendió más de lo que algunos quisieron reconocer. Tal vez descubrir que miles de ciudadanos podían convocarse, organizarse, expresarse y hacerlo pacíficamente produjo preocupación en quienes pensaban que eso no podía ocurrir. Tal vez por eso ahora escuchamos tantas advertencias, identificaciones, bases de datos y sombras tecnológicas caminando alrededor del discurso público. Yo tengo una interpretación mucho más sencilla: El Plantón los aterró. Y algunas de estas declaraciones se parecen demasiado a las pataletas de quien descubre que hay algo que ya no controla completamente.
Pero precisamente por eso no debemos distraernos ni dejarnos conducir por el miedo. Continuemos, a la mano de Dios. Hagamos lo que tenemos que hacer, dentro de la ley, pacíficamente, con inteligencia, serenidad y convicción. Reunirse no es un delito. Pensar diferente no es un delito. Defender la democracia no es un delito. Participar en los asuntos públicos no debería convertirse jamás en motivo para sentir que alguien nos está colocando una etiqueta sobre la frente.
Porque existe una diferencia enorme entre aquella historia de mi infancia y lo que hoy escucho. Cuando mi mamá decía “te estoy viendo”, detrás de aquellas palabras había una casa, una familia y una mujer protegiendo amorosamente a un niño de sus propias travesuras. Su vigilancia nacía de la dulzura.
Cuando desde el poder alguien dice, explícita o implícitamente, “te estoy viendo”, la ciudadanía tiene todo el derecho de responder: Yo también.