La cárcel, la novela presidencial

El tema de los privados de libertad se ha ido convirtiendo en una novela. Una de esas cuyos capítulos se desarrollan tan lentamente, y aparentemente tan dentro de la ley, que resulta difícil darse cuenta de que estamos en medio de una historia que alguien escribe página por página, día tras día. No sabemos todavía quién es el protagonista, quizá tampoco sabemos quién es realmente el villano, pero sí comenzamos a descubrir que todos nosotros aparecemos en algún lugar del reparto. La historia empezó casi sin ruido: un proyecto de ley por aquí, una declaración por allá, una nueva regla, una restricción, algún comentario que parecía aislado. Y mientras tanto, casi solapadamente, comenzaban a construirse dos nuevos bandos: los de afuera y los de adentro.

En medio quedaron otros: los de las filas. Las madres, los padres, los hijos, las esposas, los hermanos; personas que nunca fueron condenadas por ningún tribunal, pero que terminaron cumpliendo, de alguna manera, parte de la sentencia impuesta a alguien que aman. Son los daños colaterales de esta novela, víctimas silenciosas del delito cometido por uno de los suyos y, ahora también, de todo aquello que decidamos hacer con quien está preso. Capítulo tras capítulo, la historia se cuenta despacito, tan despacito que casi nadie levanta la voz. Pero el desenlace empieza a parecer predecible, al menos para este escritor que observa cómo las páginas se van llenando de letras impresas.

Primero apareció el capítulo de los derechos humanos. Después llegaron los microondas y los televisores, luego las visitas, las restricciones de comida, los uniformes naranja y otros capítulos que poco a poco van llegando a nuestro conocimiento, siempre con gotero: uno hoy, otro dentro de unas semanas, otro después. Y los dejamos pasar, porque ellos están dentro y nosotros estamos afuera. A medio libro pareciera que hemos hecho todo lo posible por despojarlos lentamente de su condición humana y convertirlos en una especie de animales maltratados. Perdón por la comparación, porque es profundamente injusta: no con los animales, sino con los seres humanos a quienes terminamos describiendo de esa manera, como si haber cometido un delito los sacara de la especie, de la dignidad y de su condición humana. Pero tampoco parece importar demasiado. Ellos siguen dentro y nosotros seguimos afuera.

Mientras tanto, en las filas continúan los daños colaterales, y hasta para ellos encontramos culpabilidad. “Las madres no supieron educarlos”, gritan algunas mujeres desde la seguridad de sus propias casas, convencidas quizá de que la educación de sus hijos viene con garantía de fábrica y certificado de inmunidad para toda la vida. Como si una madre pudiera controlar cada decisión de un hijo adulto, como si el amor de una familia desapareciera con una sentencia judicial, como si acompañar a quien cometió un delito significara compartir su culpa. La novela se vuelve entonces todavía más cruel, porque ya no basta castigar al condenado: poco a poco comenzamos también a señalar a quienes lo esperan, lo visitan o simplemente siguen queriéndolo.

El libro continúa y las páginas siguen llenándose. Entonces aparece otro capítulo particularmente interesante: nos anuncian que, cuando algunos de ellos salgan de prisión, saldrán marcados. Marcados física, social o institucionalmente. Y quizá entonces resulte más difícil conseguir trabajo, más difícil reconstruir una vida, más difícil regresar a la sociedad. Algunos volverán al delito y la sociedad reclamará porque reincidieron, pero tal vez nadie recuerde que primero hicimos todo lo posible para cerrarles las puertas. Nos indignaremos nuevamente, pediremos más castigo, más cárceles, más controles, y el círculo volverá a empezar sin que nadie se pregunte en qué momento dejamos de intentar que una condena tuviera también una puerta de salida.

Pero todavía falta el giro de la historia. Porque hasta aquí todo parecía relativamente sencillo: ellos estaban encerrados y nosotros estábamos afuera. Hasta que aparece un nuevo capítulo y el argumento cambia. Ahora podríamos ser nosotros quienes terminemos encerrados detrás de verjas, cámaras, muros, alarmas y portones dentro de nuestras propias casas, mientras ellos están afuera. Entonces quizá comprendamos que la frontera entre “los de adentro” y “los de afuera” nunca fue tan sencilla como parecía. Los uniformes naranja ya no existirán ni importarán demasiado; quizá para entonces alguien ya habrá ganado una fortuna confeccionándolos, mientras nosotros seguimos pagando sistemas de seguridad para sentirnos protegidos de aquellos a quienes algún día decidimos devolver a la calle sin demasiadas posibilidades de volver realmente a formar parte de ella.

Y así el lector continúa pasando páginas, una detrás de otra, hasta que casi llegando al final ocurre lo verdaderamente inquietante: descubre que aquello que estuvo leyendo no era una novela, no era ficción, no era una fantasía política ni una historia escrita para entretenerlo. Era la vida real. Y nosotros nunca fuimos simplemente los lectores; éramos los personajes. Quizá incluso aquellos personajes que, página tras página, permitimos que alguien más escribiera el argumento sin preguntarnos cómo terminaba. La cárcel deja entonces de ser solamente un edificio lleno de personas privadas de libertad y se convierte en el escenario de algo mucho más grande: una historia sobre el poder, el miedo, la indiferencia y lo fácil que resulta aceptar determinadas cosas cuando creemos que solamente les ocurrirán a otros.

Porque durante buena parte del libro pudimos dormir tranquilos repitiéndonos que ellos estaban dentro y nosotros afuera. Ese era nuestro consuelo, nuestra distancia y quizá también nuestra excusa para no mirar demasiado. Hasta que un día pasamos la página y descubrimos que alguien cambió los papeles, que aquella división que parecía protegernos era apenas parte del argumento y que nosotros también habíamos estado dentro de la historia desde el principio. Entonces tal vez queramos volver unas páginas atrás, releer algunos capítulos, entender cuándo empezó todo y preguntarnos por qué nadie dijo nada antes. Pero las novelas permiten volver atrás; la historia real no siempre.

¡Suerte! Porque todavía no sabemos exactamente cuántos capítulos faltan, quién está escribiendo el siguiente ni cuál será el desenlace. Solo queda esperar que, cuando lleguemos a la última página, todavía podamos reconocer el país, la sociedad y a nosotros mismos dentro de esta extraña y maquiavélica historia. Y, sobre todo, que tengamos la suerte de llegar al capítulo final.

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