El tercer personaje

Hay historias en las que resulta muy sencillo reconocer a los personajes. Está aquel que representa el peligro, está quien se le enfrenta y, naturalmente, el público termina tomando partido. Cuando el conflicto se prolonga, las diferencias se vuelven todavía más sencillas: unos están de un lado y otros están del otro. Buenos y malos. Los que amenazan y los que resisten. Los que intentan imponerse y los que procuran impedirlo.

El problema comienza cuando aparece un tercer personaje. No necesariamente viene del lado equivocado. Incluso puede compartir muchas de las preocupaciones de quienes se han enfrentado al primero. Puede hablar parecido, utilizar las mismas palabras, levantar las mismas banderas y presentarse ante la población como parte de una misma causa. Y precisamente por eso resulta tan difícil distinguirlo. Porque para una ciudadanía que observa desde afuera, la clasificación parece sencilla: si no pertenece al grupo que queremos vencer, entonces pertenece al grupo que hemos aprendido a reconocer como nuestro. Pero no siempre funciona así.

Durante algún tiempo, un grupo de personas puede trabajar, organizarse, asumir responsabilidades, cometer errores, corregirlos y finalmente obtener resultados. Cuando esos resultados son buenos, ocurre algo todavía más importante: se construye credibilidad. Y la credibilidad es probablemente uno de los capitales más difíciles de conseguir en cualquier movimiento ciudadano. No aparece porque alguien se autodenomine dirigente, organizador o representante. Se obtiene cuando la gente observa lo ocurrido y concluye: estos supieron hacerlo.

Entonces llega el éxito. Y el éxito tiene una característica curiosa: pocas veces permanece solo. Después de una actividad extraordinariamente exitosa comienzan a aparecer nuevos protagonistas. Algunos estuvieron cerca, otros participaron de alguna manera, algunos colaboraron en determinadas tareas y otros simplemente comparten la causa. Eso no tiene absolutamente nada de malo. Las causas ciudadanas necesitan sumar personas, ideas y esfuerzos. El problema aparece cuando la cercanía comienza a confundirse con autoría; cuando haber estado alrededor de algo se transforma poco a poco en haberlo organizado; y cuando el prestigio construido por unos termina convertido en garantía para iniciativas distintas, conducidas por personas distintas y bajo condiciones completamente diferentes. Ahí nace el tercer personaje.

No es el enemigo. Y sería injusto colocarlo en esa categoría. Probablemente quiere muchas de las mismas cosas que queremos nosotros y seguramente comparte buena parte de nuestras preocupaciones. Pero tampoco es necesariamente lo mismo que aquello que ya demostró funcionar. Puede tener otros liderazgos, otros métodos, otras motivaciones, otra capacidad de organización, otra manera de valorar los riesgos e incluso agendas que no son evidentes para quienes simplemente reciben una invitación y deciden participar.

Sin embargo, desde afuera todo puede parecer igual. La población recuerda una experiencia exitosa, reconoce algunas palabras, algunos rostros, algunos símbolos o una narrativa semejante y hace una asociación perfectamente comprensible: son los mismos. Y si los anteriores hicieron algo extraordinario, entonces estos también podrán hacerlo. Si aquello fue organizado responsablemente, esto seguramente también lo será. Si miles de personas participaron y regresaron satisfechas a sus casas, la siguiente convocatoria debería ofrecer una experiencia parecida.

Pero esa conclusión contiene un error importante: compartir una causa no significa compartir una organización. Tampoco compartir un adversario convierte automáticamente a todos los demás en un solo grupo.

En los movimientos ciudadanos existen matices que desde afuera cuesta observar. Hay personas que construyen, otras que acompañan, algunas que colaboran ocasionalmente y otras que aparecen cuando el éxito ya es visible. Hay quienes buscan fortalecer una causa y quienes, consciente o inconscientemente, terminan utilizando el prestigio de esa causa para impulsar su propia agenda. Todos pueden encontrarse del mismo lado frente a determinado problema y, aun así, representar proyectos profundamente diferentes.

Ese es precisamente el riesgo del tercer personaje: no necesita convencer a la población de que es igual al segundo; le basta con que la población suponga que lo es. Y entonces recibe prestada una credibilidad que todavía no ha construido.

Cuando las cosas salen bien, probablemente nadie advierta la diferencia. Pero cuando los resultados son distintos, cuando la organización falla, cuando aparecen intereses inesperados o cuando una actividad termina muy lejos de aquello que la ciudadanía imaginó, el daño puede alcanzar también a quienes nunca la organizaron. Porque para muchas personas no habrá tres personajes. Seguirán existiendo solamente dos. Los buenos y los malos.

Por eso las sociedades maduras necesitan aprender algo más difícil que escoger un bando: necesitan aprender a distinguir dentro de los propios bandos. Preguntar quién organiza, quién responde, quién toma las decisiones, cuál es el propósito, cuáles son las condiciones y quién puede realmente garantizar aquello que se está ofreciendo. No para dividir. No para destruir. Ni siquiera para desconfiar de todo el mundo. Sino porque una causa compartida no convierte automáticamente a todos sus participantes en una misma organización, y mucho menos convierte los éxitos de unos en credenciales de otros.

El tercer personaje puede ser perfectamente uno de los buenos. Simplemente no es el mismo.

Así que, si te invitan, te citan o te convocan, no estaría de más preguntar: ¿usted quién es?, ¿para ir a dónde?, ¿qué queremos lograr? y ¿qué tan seguro es?

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