El testigo

23 de marzo de 2025

Cuando alguien llega a uno de mis talleres de arte, después de presentarnos, mostrarle el espacio donde va a sentarse, contarle un poquito sobre la acuarela y ayudarle a escoger la obra que va a pintar, ocurre un momento muy especial, casi ritual. Antes de que comience a pintar, le entrego un pequeño papel de acuarela. Un papelito en blanco, más pequeño que una obra, quizá del tamaño de una tarjeta o de un marcador de libros. Y le digo: —Este papelito se llama el testigo.

Le explico que el testigo debe estar junto a la obra todo el tiempo. Que cuando quiera probar si el pincel trae el color correcto, lo haga ahí. Que si hay demasiada agua, la descargue ahí. Que si el pigmento está muy intenso, lo libere ahí. Ese papel no es una hoja cualquiera: será testigo de todo lo que ocurra en la creación. Será manchado, rayado, encharcado, salpicado, desordenado. Tendrá colores encima de colores, pinceladas confusas, líneas que no parecen llevar a ningún lugar. Pero estará ahí. Al lado de la obra. Acompañándola. Sosteniéndola. Recibiéndolo todo.

Y entonces, les digo algo más: —¿Sabés? A veces en la vida somos eso. El testigo de alguien más. Estamos cerca de personas que parecen ser la gran obra: las que brillan, las que avanzan, las que impactan. Y nosotros sentimos que solo somos ese papelito. Donde se descargan emociones, dudas, pruebas, errores. Nos creemos secundarios. Nos sentimos pequeños. Pero, al final, cuando la obra se firma, cuando todo ha pasado… miramos al testigo con otros ojos. Descubrimos que también es una obra.

Una vez que la pintura principal termina, tomamos ese papelito y empezamos a verlo distinto. Lo delineamos, lo decoramos. Le damos contorno, le agregamos intención. Lo convertimos en algo único. Y de pronto, eso que solo era el testigo… se vuelve arte. Brilla. Tiene historia. Tiene alma. Ya no es el acompañante silencioso. Es la obra que nació al lado de otra, pero que tiene su propio camino.

O tal vez —y esta es otra posibilidad que a veces también comparto— es una obra que, aunque nació estando junto a la otra, siempre fue dueña de sí. Solo necesitaba tiempo. Solo necesitaba amor. Solo necesitaba tomar el valor para conseguir colores en la vida —fueran los mismos o no— y después matizarlos de una manera propia. Entonces, se convierte en algo único, irrepetible e inimitable.

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