
Hay noticias que uno puede leer desde la tranquilidad de un escritorio y comprenderlas solamente como una modificación administrativa: un cambio de horario, una contratación que termina, una reorganización de personal, un ajuste presupuestario o unos días mientras todo vuelve a la normalidad. Son palabras técnicas, limpias, ordenadas, capaces de caber perfectamente en un comunicado de prensa. Pero hay noticias que cambian radicalmente cuando uno deja de leerlas desde el escritorio y se imagina recibiéndolas en una casa donde mañana hay que levantarse a las cinco de la mañana, tomar dos buses para llegar al trabajo y descubrir, de repente, que ya no se sabe con quién dejar a un hijo.
Eso es lo que me pasa cuando leo el comunicado enviado a familias usuarias de CEN-CINAI en Flores. Allí se informa que, a partir del 1.º de setiembre y hasta nuevo aviso, dejarán de contar con personal de contratación que actualmente apoya la atención en los establecimientos. Como consecuencia, todos esos centros pasarán a tener un horario de 7 de la mañana a 2:45 de la tarde y, todavía más importante, se advierte algo que debería preocuparnos mucho: debido a la reducción del personal disponible, temporalmente no será posible atender a todos los niños y niñas que actualmente reciben el servicio. Las familias serán contactadas para saber cuáles podrán continuar siendo atendidas de acuerdo con la capacidad disponible.
Luego escuchamos declaraciones nacionales que buscan llevar tranquilidad. Se asegura que los CEN-CINAI no están cerrando, que no habrá despidos, que los servicios continúan y que los ajustes serán temporales. Incluso se habla de horarios que podrían normalizarse durante setiembre. Está bien. Ojalá sea así. Yo deseo profundamente que sea así. Pero aquí tenemos que aprender a distinguir entre dos afirmaciones que no necesariamente se contradicen jurídicamente, pero que para una familia pueden significar exactamente lo contrario en la vida real. Un centro puede seguir abierto y, sin embargo, un niño puede quedarse sin atención. Una institución puede decir que el servicio continúa y, simultáneamente, una madre puede recibir una llamada diciéndole que su hijo ya no puede asistir temporalmente. El edificio puede no cerrar sus puertas y la vida de una familia puede quedar completamente patas arriba.
Y por eso tal vez la pregunta equivocada sea si van a cerrar los CEN-CINAI. Quizá la pregunta verdadera sea cuántos niños dejarán de recibir el servicio y qué van a hacer sus familias a partir del martes. Porque los CEN-CINAI no son una guardería cualquiera. Su propia definición institucional dice que existen para contribuir al bienestar de niños y niñas mediante atención y protección infantil, nutrición preventiva y promoción del crecimiento y desarrollo, con especial atención a población en condición de pobreza o riesgo social. También tienen como propósito permitir que las personas responsables de esos niños puedan incorporarse al trabajo o continuar estudiando. Es decir, el CEN-CINAI no cuida solamente al niño: de alguna manera sostiene también a la madre que trabaja, al padre que sale temprano, a la muchacha que estudia, al hogar que necesita dos salarios para sobrevivir y a la familia que está intentando salir de la pobreza.
Los servicios incluyen mucho más que permanecer algunas horas dentro de un edificio. Los niños reciben atención en entornos seguros y estimulantes, alimentación, acompañamiento en su crecimiento y desarrollo, apoyo educativo, orientación a las familias y otras acciones relacionadas con nutrición y salud. La propia institución señala que la permanencia de los niños en estos espacios favorece que sus responsables puedan trabajar o estudiar y constituye una herramienta para combatir situaciones de pobreza y riesgo social. Por eso, reducir el servicio no significa únicamente quitar unas horas de cuido. Puede significar desorganizar por completo la arquitectura económica y cotidiana de un hogar.
Pensemos por un momento en nosotros, en quienes tenemos un salario relativamente estable, en quienes podemos trabajar desde una oficina, en quienes tenemos automóvil, en quienes podemos llamar a una hermana, una abuela, una empleada, una niñera o alguien que nos saque del apuro. Pensemos en quienes, si mañana cambia el horario de una institución, podemos mover una reunión, cancelar una cita o pagar unas horas de cuido. Pensemos en quienes tenemos una tarjeta de crédito para resolver una emergencia y pensar después cómo pagarla, o en quienes nos sentamos a almorzar sin preguntarnos demasiado si la comida alcanzará hasta final de semana.
Ahora imaginemos otra casa. Una madre recibe esta noche el mensaje, trabaja hasta las cinco, el CEN-CINAI ahora cierra a las 2:45, no tiene carro, no puede salir del trabajo tres horas antes, no puede decirle al jefe que a partir de mañana va a trabajar hasta las dos, no puede contratar a alguien, quizá tampoco tiene una abuela disponible, tal vez el padre del niño no está o sí está, pero también trabaja, tal vez hay otros hijos, quizá paga alquiler, quizá debe recibos y quizá esta semana todavía no sabe cómo va a comprar todo lo que necesita. Y ahora, además de todo eso, tiene que resolver una ecuación imposible: quién recoge al niño a las 2:45.
Eso para nosotros podría ser un inconveniente. Para ella puede ser perder el trabajo. Y allí es donde las palabras empiezan a cambiar de tamaño. “Ajuste temporal” suena pequeño desde una oficina, pero desde una casa vulnerable puede significar una catástrofe. “Reducción de horario” ocupa tres palabras en un comunicado, pero en una familia puede significar que alguien tenga que renunciar. “Capacidad disponible” parece un concepto administrativo, pero para una madre significa esperar una llamada preguntándose si su hijo quedó adentro o quedó afuera. Y hay una frase del comunicado que, aunque está escrita con enorme respeto y sensibilidad, a mí me parece dramática: el personal se comunicará con las familias para indicar cuáles niños y niñas podrán continuar siendo atendidos.
Imagínese esperar esa llamada, mirar el teléfono y saber que su trabajo depende de la respuesta. Imagínese tener dos hijos y no saber si ambos seguirán teniendo espacio. Imagínese que le digan que no. Nosotros discutimos presupuestos y ellos reorganizan sus vidas. Nosotros hablamos de millones y ellos hacen cuentas de monedas. Nosotros hablamos de personal contratado y ellos piensan en quién va a cuidar a Sofía mañana. Nosotros decimos que la situación es temporal y ellos tienen que resolver el martes. Esa diferencia es gigantesca.
Y por eso creo que cuando un gobierno, una institución o cualquiera de nosotros habla de programas sociales, debería hacer un ejercicio previo: sentarse imaginariamente durante cinco minutos en la mesa de la familia que recibe el servicio. No en la mesa del despacho, sino en la otra, en la que probablemente hay un mantel plástico, en la que alguien está revisando cuánto queda para comprar comida, en la que mañana suena el despertador antes de que amanezca, en la que una madre prepara el uniforme del niño y después prepara el suyo, en la que cada hora de cuido tiene un valor económico real porque esa hora permite trabajar.
Y allí los CEN-CINAI adquieren otra dimensión. No son caridad, no son un regalito del Estado y no son un lujo. Son infraestructura social. Así como una carretera permite que un trabajador llegue a la empresa, un CEN-CINAI permite que una madre llegue al trabajo. Así como la electricidad hace posible que funcione una fábrica, el cuido hace posible que miles de personas puedan incorporarse al mercado laboral. Así como una escuela transforma la vida futura de un niño, la alimentación, la estimulación y la protección durante sus primeros años pueden transformar su desarrollo. Quitar horas de ese servicio no es simplemente quitar horas; es mover muchas otras piezas alrededor.
Y hay otra cosa que me preocupa especialmente. Los CEN-CINAI atienden precisamente a poblaciones para las cuales improvisar soluciones suele ser mucho más difícil. No estamos hablando, por definición, de un servicio cuyo usuario típico puede simplemente abrir una aplicación y contratar a una persona para cuidar al niño durante tres horas adicionales. Por eso me cuesta aceptar que la conversación pública se limite a determinar si técnicamente existe o no un “cierre”. A mí me importa menos la palabra. Quiero saber qué pasa con la gente.
Si un centro permanece abierto, pero veinte niños no pueden entrar, esos veinte niños existen. Si un horario se reduce tres horas y una madre pierde su empleo porque no tiene quién recoja a su hijo, esa madre existe. Si una familia debe escoger entre trabajar o cuidar al niño, esa familia existe. Si la medida dura solamente una semana, esos siete días también existen, y siete días sin poder presentarse a trabajar pueden ser suficientes para perder un empleo. Esa es la parte que no cabe bien en una tabla presupuestaria, pero sí cabe entera en la vida de una persona.
Sería injusto, además, cargar esta situación sobre quienes trabajan dentro de los CEN-CINAI. El comunicado de Flores es particularmente claro al señalar que las circunstancias están fuera del alcance del personal y de la jefatura local. Son ellos quienes ahora tienen que llamar a las familias, mirarles la cara, explicarles las restricciones y probablemente escuchar angustias que tampoco pueden resolver. De hecho, me parece valioso que el comunicado reconozca abiertamente el impacto que estos cambios pueden producir y hasta facilite a las familias el mecanismo para plantear sus inconformidades.
Aquí el problema no es la educadora, no es la funcionaria que atiende a los niños y no es la jefatura que firma una carta difícil. El problema es que hemos llegado a una situación en la que una institución creada para proteger a algunas de las familias con menos margen de maniobra del país tiene que comunicar que no dispone temporalmente del recurso humano suficiente para mantener la atención que venía ofreciendo. Y eso debería importarnos a todos, también a quienes nunca han utilizado un CEN-CINAI, también a quienes jamás lo necesitarán, también a quienes pueden pagar una guardería privada y también a quienes tienen recursos suficientes para que un problema de horario sea solamente eso: un problema de horario.
Porque una sociedad se revela con mucha claridad cuando las cosas se ponen difíciles. Es muy sencillo proteger al que puede protegerse solo. La verdadera prueba está en qué hacemos con quien no tiene plan B. Y aquí probablemente muchas familias no tienen plan B. No tienen una segunda casa, no tienen una segunda persona disponible, no tienen un segundo salario esperando, no tienen una reserva de dinero y no tienen la posibilidad de faltar tranquilamente al trabajo.
Quizá por eso me resulta tan distinta la expresión “hasta nuevo aviso” dependiendo de quién la lea. Para nosotros significa esperar una nueva comunicación. Para una madre puede significar despertar mañana sin saber cómo organizar su vida. Ojalá la administración nacional tenga razón y durante la segunda semana de setiembre todo esté normalizado. Ojalá los movimientos de personal, el pago de horas extraordinarias y las demás medidas anunciadas consigan resolver rápidamente la situación. Ojalá todo esto sea realmente breve.
Pero incluso si se soluciona en pocos días, esta situación debería dejarnos una reflexión. Los programas sociales no pueden medirse solamente por lo que cuestan. También debemos calcular lo que sostienen. Un CEN-CINAI sostiene niños, sostiene alimentación, sostiene desarrollo, sostiene madres trabajando, sostiene padres trabajando, sostiene estudiantes, sostiene hogares y sostiene posibilidades. Para algunas familias, sostiene esa delgada cuerda que separa una vida difícil de una vida imposible.
Por eso, cuando alguien diga que solamente se trata de un ajuste temporal, yo quisiera que imaginemos por un instante a una madre mirando el reloj a las 2:45 de la tarde. Ella está todavía en el trabajo, su hijo necesita que alguien llegue por él y probablemente ella no está pensando en partidas presupuestarias, reorganizaciones institucionales ni comunicados oficiales. Está pensando en una sola cosa: qué hago mañana. Y quizá esa sea la pregunta que debería estar ocupándonos a todos.