
Hay una manera bastante curiosa —y cada vez más frecuente— de medir la confianza en el Poder Judicial: si las cosas salen como yo quería que salieran, entonces confío en el proceso; pero si la resolución no coincide con lo que yo esperaba, entonces el proceso está viciado, los jueces están equivocados, los fiscales tienen intereses, el sistema está manipulado y ya no se puede confiar en nadie. Eso me parece profundamente injusto. Y no porque el Poder Judicial sea perfecto. No lo es. Tampoco porque sus funcionarios estén por encima de la crítica. Por supuesto que no. Los jueces pueden equivocarse, los fiscales pueden equivocarse, una investigación puede hacerse mal, una resolución puede ser cuestionable y las instituciones públicas tienen la obligación permanente de rendir cuentas. Precisamente para eso existen recursos, instancias superiores, procedimientos de revisión y mecanismos de control.
Cuestionar una decisión judicial es perfectamente válido. Lo extraño comienza cuando nuestra confianza en todo el sistema depende exclusivamente de si el resultado favorece o perjudica a la persona que queremos. Porque cuando uno confía en un proceso, tiene que aceptar desde el principio una posibilidad bastante incómoda: que el resultado no sea el que uno quería. Si yo digo que confío en la justicia solamente mientras condene a quienes considero culpables y absuelva a quienes considero inocentes, entonces realmente no estoy confiando en la justicia. Estoy confiando en mi propio criterio y utilizando al Poder Judicial únicamente como una especie de sello oficial para confirmar lo que yo ya había decidido de antemano.
Y eso ocurre hacia ambos lados. No puedo celebrar una investigación porque se dirige contra alguien que me cae mal y, al día siguiente, declarar que la Fiscalía está politizada porque investiga a alguien que me cae bien. No puedo decir que debemos respetar a los jueces cuando una sentencia coincide conmigo y acusarlos de corruptos cuando otra sentencia contradice mis deseos. Tampoco puedo exigir respeto absoluto por una resolución favorable a mi grupo mientras considero ilegítima cualquier resolución favorable al contrario. Eso no es confianza institucional. Eso es conveniencia. La verdadera confianza en las instituciones es bastante más difícil, porque exige algo que políticamente nos cuesta muchísimo: aceptar que yo también puedo estar equivocado.
Una persona a quien considero culpable puede resultar jurídicamente inocente. Alguien a quien considero inocente puede terminar enfrentando responsabilidades. Aquello que parece evidente desde una publicación de Facebook, una conferencia de prensa, una entrevista o una noticia puede verse completamente distinto cuando existen expedientes, pruebas, testimonios, peritajes y normas jurídicas que nosotros no conocemos. Por supuesto que podemos cuestionar. Debemos hacerlo. Una democracia sana no necesita ciudadanos obedientes ni instituciones intocables. Necesita ciudadanos vigilantes e instituciones sometidas al escrutinio público. Pero hay una enorme diferencia entre vigilar una institución y exigirle que produzca exactamente el resultado que nosotros queremos.
Incluso podemos llegar a perder la confianza en una institución, pero para hacerlo seriamente necesitamos razones que sean independientes del resultado: irregularidades demostrables, contradicciones, violaciones al debido proceso, actuaciones arbitrarias, incumplimientos de la ley o patrones suficientemente graves como para justificar esa desconfianza. Lo que no parece razonable es utilizar como única prueba de que el sistema funciona la frase: “fallaron como yo quería”. Porque entonces la pregunta deja de ser si confiamos en el Poder Judicial. La pregunta sería otra: ¿confiaríamos exactamente igual si mañana la resolución fuera contraria a lo que queremos?
Si la respuesta es sí, probablemente estamos hablando de confianza institucional. Si la respuesta es no, probablemente nunca estuvimos confiando en el proceso. Estábamos esperando que el proceso nos diera la razón. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Porque si nuestra confianza depende de que fiscales, jueces, tribunales e instituciones terminen confirmando siempre nuestras propias convicciones, entonces eso no es confianza ni desconfianza. Es algo mucho más sencillo: es querer sentirnos el centro del mundo.