
Este fin de semana me pasó algo que, aunque podría parecer pequeño, me dejó pensando y, debo reconocerlo, me hizo sentir muy bien. Recibí varios mensajes de personas que, después de saludarme y agradecerme por algunas de las cosas que hago y comparto, terminaron preguntándome por otras personas que también siguen en redes sociales. “También sigo a fulanito”, “le escribí a sutanito”, “¿sabés algo de él?”, “¿podrías averiguarme?”. En algunos casos me comentaban que habían enviado un mensaje y todavía no habían recibido respuesta, aunque después supe que sí fueron atendidos. Y es perfectamente comprensible: todos tenemos fines de semana, familia, ocupaciones, momentos en los que dejamos el teléfono a un lado o simplemente una cantidad de mensajes que no podemos responder inmediatamente.
Pero lo que me llamó la atención no fue eso. Fue que esas personas se sintieran con la libertad de venir a mi muro, escribirme a mí y hablarme de alguien más. Y más todavía, que algunas me dijeran, de una u otra manera, que sabían que podían hacerlo porque aquí no sienten una competencia entre personas, ni una contienda por quién tiene más seguidores, ni celos porque alguien también siga, admire o quiera a otra persona. Eso sí me tocó profundamente, porque significa que algo de lo que he querido construir se está percibiendo.
Nunca he creído que una persona tenga que escoger a quién escuchar. Tampoco creo que porque alguien me siga, me lea, comparta mis publicaciones o participe en alguna actividad conmigo, adquiera una especie de compromiso de exclusividad. ¡Qué cosa más absurda sería esa! Ojalá siga a muchas personas. Ojalá encuentre voces distintas que le aporten. Ojalá descubra gente maravillosa, aprenda de ella, la admire, le escriba y establezca vínculos. Hay espacio para todos. Y si alguna de esas personas que sigue no le responde y yo puedo ayudarle a averiguar algo, con muchísimo gusto lo haré.
Quizás lo que más me gustó fue descubrir que la gente parece haber entendido que en mi muro puede decir nombres. Puede decirme: “Vinicio, yo también sigo a tal persona y me encanta lo que hace”. Y mi respuesta perfectamente puede ser: “Sí, a mí también me gusta”. No necesito disminuir a nadie para sentirme importante. No necesito que alguien deje de admirar a otro para valorar el cariño que pueda tenerme a mí. El afecto, la confianza y el reconocimiento no deberían funcionar como territorios que tenemos que defender.
Las redes sociales, lamentablemente, muchas veces terminan pareciéndose a pequeñas parcelas. Se forman grupos, afinidades y hasta rivalidades que probablemente ni siquiera existen en la vida real. A veces pareciera que seguir a uno significa dejar de seguir al otro, que compartir una publicación implica tomar partido o que reconocer algo bueno en alguien representa quitárselo a alguien más. Yo no quiero vivir las redes de esa manera. Hay demasiadas personas haciendo cosas valiosas como para desperdiciar el tiempo compitiendo por quién recibe el aplauso.
Y por eso estos mensajes me hicieron sentir bien. No porque me hayan escogido a mí para preguntar por alguien más, sino porque se sintieron cómodos haciéndolo. Porque aparentemente perciben este espacio como un lugar donde no hay problema en querer a varios, admirar a muchos, preguntar por cualquiera y reconocer el trabajo de todos. Me gusta muchísimo pensar que mi muro pueda ser visto así.
Incluso me hizo pensar que quizás una de las formas más bonitas de saber cómo nos perciben los demás no está solamente en los elogios que recibimos, sino en las libertades que sienten cuando están cerca de nosotros. Si alguien siente que debe medir sus palabras para no herir nuestro ego, probablemente algo estamos haciendo mal. Pero si puede hablarnos con naturalidad de otra persona que admira, celebrar los éxitos ajenos delante nuestro y hasta pedirnos ayuda para comunicarse con alguien más, entonces posiblemente hemos logrado transmitir seguridad. Eso es lo que quiero conservar.
Quiero que aquí nadie tenga que escoger. Que nadie tenga que esconder a quién sigue, a quién admira o con quién conversa. Que podamos alegrarnos cuando a otro le va bien, recomendar el trabajo de alguien más y, cuando sea posible, hasta tender un puente.
Porque al final no estamos compitiendo por personas.
Estamos coincidiendo con ellas.
Y si mi muro logra convertirse, aunque sea un poquito, en un lugar donde la gente siente que cabemos todos, entonces debo decir que eso me hace profundamente feliz.