Apacigua, y su neutralidad

Hay una palabra que utilizamos con frecuencia en Apacigua y que merece ser definida con absoluta claridad: neutralidad. Porque neutralidad, para nosotros, no significa indiferencia, silencio ni ausencia de criterio. Tampoco significa colocarse siempre en el centro, repartir la razón por mitades o evitar una posición para no incomodar a nadie. La neutralidad de Apacigua es independencia política con compromiso democrático. Es la libertad de analizar cada idea, cada decisión y cada propuesta por lo que realmente es, sin someter nuestro criterio al partido, al movimiento, a la organización o a la persona de donde provenga. Ser neutral significa no pertenecer políticamente a ningún bando para poder conservar intacta la libertad de pensar; significa no tener que defender una propuesta porque venga de alguien cercano ni rechazarla porque venga de alguien con quien solemos discrepar. Nuestra neutralidad no consiste en no tomar posición; consiste en que nuestras posiciones no sean dictadas por lealtades partidarias.

Por eso hay algo que debe quedar claro desde el principio: Apacigua es neutral frente a las pertenencias políticas, pero no es neutral frente a los principios. Somos neutrales frente a los partidos, los liderazgos y las disputas por el poder, pero no somos neutrales frente a la democracia, la paz, la institucionalidad, los derechos, las garantías, la seguridad ni el bienestar de la ciudadanía. No somos neutrales frente a aquello que consideramos esencial para Costa Rica. Nuestra independencia política existe precisamente para poder defender esos principios sin pedir permiso, sin calcular conveniencias y sin preguntarnos primero a quién puede incomodar nuestra posición.

Apacigua no es un partido político, no estamos construyendo uno y no nacimos para organizar a la gente detrás de una bandera partidaria, venderle una ideología ni decirle a nadie qué debe pensar. Tampoco somos una organización en el sentido tradicional de una estructura que dirige, ordena, reparte posiciones o establece quién marcha adelante y quién debe seguir detrás. Apacigua es un movimiento, un espacio de movimiento compartido en el que algunas veces una persona propone una dirección, otras veces alguien más señala un camino y otras veces una idea que nació en una comunidad termina guiándonos a todos. Podemos acompañarnos, escucharnos, aprender unos de otros y también dejarnos guiar, porque caminar juntos no significa que una sola persona tenga siempre el mapa.

Apacigua propone ideas, abre espacios, escribe, conversa, invita, crea iniciativas y pone cosas sobre la mesa. Después, cada persona decide libremente si quiere caminar junto a nosotros, caminar por otra ruta o no caminar en absoluto. Si hoy muchas personas se acercan a Apacigua, comparten sus publicaciones, participan de sus iniciativas o encuentran aquí una manera de expresar lo que sienten, yo no interpreto eso como un título de propiedad sobre esas personas ni como un mérito que pueda colgarme en el pecho. Lo recibo como una enorme responsabilidad. La gente no pertenece a Apacigua. Apacigua pertenece, en todo caso, a la conversación que esas personas han ayudado a construir.

Por eso Apacigua tampoco es dueño de un plantón, de una manifestación, de una causa ciudadana ni de la defensa de la democracia. No es representante oficial de nadie y no necesita declararse representante de nadie. Tampoco pretende apropiarse del trabajo, del esfuerzo o de los méritos de otras organizaciones y personas que han decidido levantar su voz por Costa Rica. Cada grupo tiene su historia, su trabajo, su gente y su aporte, y merece que se le reconozca como tal. No necesitamos competir para determinar quién convocó más, quién habló primero, quién tuvo la idea, quién merece aparecer en la fotografía o quién puede adjudicarse determinado movimiento ciudadano. Si una idea tiene valor, caminará. Si una propuesta hace sentido, encontrará compañía. Y si algún día deja de hacerlo, tendremos que tener también la humildad de entenderlo.

Esa manera de caminar está profundamente relacionada con nuestra neutralidad. Nuestro criterio no puede depender del partido, del movimiento, de la organización o de la persona de donde provenga una propuesta. No tenemos que defender algo porque venga de quienes piensan parecido a nosotros ni rechazarlo automáticamente porque venga de quienes piensan distinto. Si una propuesta viene del oficialismo, debe ser valorada por lo que propone. Si viene de la oposición, exactamente igual. Si proviene de un partido político, de una organización ciudadana, de un movimiento, de una institución o de una persona particular, su origen no debería decidir automáticamente nuestra posición. Neutralidad no significa ausencia de criterio. Significa que nuestro criterio no cambia dependiendo de quién esté hablando.

Y precisamente porque nuestra neutralidad está sostenida por principios, habrá momentos en los que tendremos que cuestionar decisiones provenientes de quienes piensan distinto de nosotros, pero también habrá momentos en los que tendremos que decirles a personas, movimientos u organizaciones con quienes compartimos muchas preocupaciones: en esto no estamos de acuerdo con ustedes. Quizá esa segunda parte sea la más difícil, porque resulta sencillo señalar al adversario; mucho más difícil es mantener un principio cuando quien lo pone a prueba es alguien cercano. La verdadera independencia aparece precisamente cuando uno es capaz de decirle también a quien camina a su lado que, en determinado asunto, piensa diferente.

Si mañana una iniciativa proveniente del oficialismo me parece inconveniente, peligrosa o contraria a los intereses de la ciudadanía, lo voy a decir. Y si pasado mañana una iniciativa semejante proviene de organizaciones, movimientos o personas del llamado bloque democrático, también lo voy a decir. No voy a cambiar de criterio dependiendo de quién hizo la invitación, quién convocó, quién propuso la actividad o quién pueda molestarse con mi opinión. Mi compromiso no es con la convocatoria. Mi compromiso es con la gente. Si considero que una convocatoria, una actividad, una estrategia o una decisión puede colocar innecesariamente a ciudadanos en una situación de riesgo, voy a advertirlo. No voy a detenerme primero a preguntar quién convocó, a qué sector pertenece, cuánto respeto a quienes lo organizaron o si me conviene políticamente cuestionarlo. Lo haré aunque la invitación provenga de personas a quienes respeto, de movimientos con los que comparto preocupaciones o de organizaciones que estén defendiendo causas que también considero importantes. Eso no es abandonar la neutralidad. Eso es ejercerla.

Yo no quiero costarricenses convertidos en instrumentos de ninguna disputa política. No quiero ciudadanos utilizados para medir fuerzas, demostrar poder, llenar fotografías, probar quién puede convocar más personas o sostener estrategias diseñadas por otros desde lugares más seguros. Mucho menos quiero que alguien termine innecesariamente expuesto a un enfrentamiento, a un incidente o a una situación peligrosa porque quienes impulsaban una causa consideraron que el objetivo político justificaba el riesgo. Para mí no lo justifica. La ciudadanía no es carne de cañón. Y ese principio no cambia dependiendo del color político de quien esté organizando algo. Hay una línea que no pienso mover: la ciudadanía primero. Primero su seguridad, primero su derecho a manifestarse pacíficamente, primero su libertad para participar o no participar, primero su integridad. Después vendrán las estrategias, las convocatorias, las organizaciones, los movimientos y las disputas políticas.

Si mantener esa posición hace que alguna vez se moleste conmigo el oficialismo, aceptaré que se moleste. Si hace que se moleste alguna organización del bloque democrático, aceptaré también que se moleste. Y si algún día se molestan varios al mismo tiempo, será exactamente igual. No estoy aquí para distribuir complacencias de manera equitativa ni para calcular cuánto debo criticar a un lado para compensar lo que dije del otro. Porque neutralidad tampoco significa colocarse exactamente en el centro entre dos posiciones, como si todas las discusiones tuvieran necesariamente un punto medio correcto. Hay ocasiones en las que una posición puede ser acertada y la otra equivocada. Habrá otras en las que ambas tengan una parte de razón, y también puede ocurrir que ninguna la tenga. Ser neutral no obliga a repartir la razón por mitades. Obliga, en cambio, a conservar la libertad suficiente para mirar cada situación por sus propios méritos.

Neutralidad significa poder escuchar a todos sin pertenecerle a ninguno. Significa poder reconocer una buena decisión venga de donde venga y advertir sobre una mala decisión aunque venga de personas con quienes normalmente coincidimos. Significa no necesitar enemigos permanentes ni aliados incondicionales. Significa que nuestros compromisos están un poco más arriba: con la democracia, con la institucionalidad, con la paz, con los derechos y con las personas. Por eso quisiera que Apacigua siempre caminara de esa manera: sin empujar a nadie, sin apropiarse de nadie, sin proclamarse dueño de ninguna causa y sin convertirse en apéndice de ningún sector político. Que pueda conversar con unos y con otros, coincidir hoy con alguien sin adquirir por eso la obligación de coincidir mañana, disentir de alguien sin convertirlo automáticamente en enemigo y acompañar una buena idea sin tener que comprar todo el paquete ideológico de quien la propuso.

La neutralidad de Apacigua nunca significó quedar bien con todos. Significa no pertenecerle a ninguno. Y precisamente porque no le pertenecemos políticamente a ninguno, podemos mantener intacta nuestra libertad para pertenecer, sin condiciones, a aquello que desde el principio decidimos cuidar: la democracia, la paz, la institucionalidad, los derechos, las garantías y, por encima de cualquier cálculo político, la gente. Apacigua no es neutral frente al bienestar de Costa Rica, no es neutral frente a la paz de Costa Rica, no es neutral frente a la democracia de Costa Rica y no será neutral cuando considere que los costarricenses pueden estar siendo utilizados, expuestos o perjudicados, venga de donde venga la iniciativa.

Porque nuestra neutralidad nunca ha significado silencio. Significa independencia. Y esa independencia tiene una prioridad que no pienso negociar: la ciudadanía primero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio