Don Mario Redondo: la paz también se administra

Hoy leí una publicación de don Mario Redondo que, posiblemente, él considere una reflexión necesaria después de lo ocurrido en Cartago durante las celebraciones patrias. Yo la leo de otra manera. La leo como una toma de conciencia tardía que, dadas las circunstancias, debió acercarse mucho más a un mea culpa. Incluso podría interpretarla como una especie de disculpa a destiempo, solo que sin asumir claramente aquello por lo que habría que disculparse. Don Mario comienza diciendo que «los actos cívicos deberían ser eso: actos cívicos» y recuerda que, durante su discurso en el recibimiento de la antorcha, hizo un llamado respetuoso a evitar la polarización y a trabajar juntos por el país. Suena bien. Es difícil estar en desacuerdo con esas palabras. El problema es que un discurso sobre la paz tiene poco valor cuando quien lo pronuncia ocupa una posición desde la cual puede contribuir con hechos a construir esa paz. La autoridad no está únicamente para pedir serenidad desde un micrófono; también está para anticipar problemas, procurar condiciones, tender puentes y tomar decisiones.

No escuché su discurso de ayer, por lo que no voy a juzgar palabras que no oí. Juzgo lo que él mismo escribió hoy. Y me queda una sensación incómoda: llamar a la paz sin haber hecho todo lo posible por procurarla, llamar a la armonía sin haber trabajado previamente para garantizarla y después presentar un discurso conciliador como respuesta a lo ocurrido me parece insuficiente. La imagen pública no se protege explicando después lo que todos deberíamos haber hecho. Se protege demostrando antes lo que uno hizo para evitar aquello que después lamenta. Cuando se tiene una responsabilidad pública, la diferencia entre un ciudadano que pide paz y una autoridad que pide paz es precisamente esa: al ciudadano le corresponde pedirla; a la autoridad también le corresponde trabajar para hacerla posible.

Don Mario dice que es necesario escucharnos «como compatriotas, no como enemigos». Estoy completamente de acuerdo. Pero precisamente por eso resulta imposible leer esa frase sin pensar en lo sucedido en Cartago. Si los ciudadanos son compatriotas y no enemigos, entonces deben sentirse tratados como compatriotas. Y si una parte importante de los cartagineses terminó sintiendo que su propia ciudad había dejado de pertenecerles por unas horas, eso debería provocar algo más profundo que una exhortación general a llevarnos bien. Debería provocar preguntas. ¿Qué se pudo hacer diferente? ¿Qué responsabilidad correspondía a cada autoridad? ¿Qué decisiones se tomaron? ¿Cuáles no se tomaron? ¿Qué aprendimos? Eso habría sido mucho más poderoso que repartir entre «todos» una responsabilidad que, evidentemente, no todos tenían en la misma medida.

Luego pide «elevar la calidad del debate público, erradicando todo tipo de ofensas y manifestaciones de odio». Otra vez: de acuerdo. Pero resulta inevitable recordar el «lero, lero» pronunciado en un acto oficial frente a una persona que cuestionaba. ¿Eso eleva el debate público? ¿Es ese el nivel de convivencia que debemos normalizar en una celebración nacional? Si un ciudadano hubiera respondido de esa forma a una autoridad probablemente se habría señalado inmediatamente su falta de respeto. Por eso las reglas de convivencia no pueden exigirse solamente de abajo hacia arriba. Quien ejerce el poder tiene una responsabilidad todavía mayor de cuidar el lenguaje, la investidura y el escenario en el que habla. Si vamos a erradicar las ofensas, hagámoslo sin escoger de dónde pueden venir y de dónde debemos tolerarlas.

Don Mario continúa diciendo que debemos procurar que «los actos cívicos sean solo eso: actos cívicos» y no espacios para que las fuerzas políticas midan o muestren sus fuerzas. Curiosamente, esa es precisamente una de las preocupaciones que muchos veníamos planteando. Por eso me sorprende que esa claridad aparezca con tanta fuerza después y no antes. Un acto cívico debería pertenecer a la patria, no a un partido, no a un gobierno, no a una oposición y mucho menos a una demostración de poder. Debería ser un espacio donde un niño con una bandera, una familia con un farol, una persona que apoya al Gobierno y otra que lo adversa puedan estar juntas sin sentir que han entrado al territorio político de nadie. Si eso es lo que ahora sostiene don Mario, coincidimos. Pero precisamente por esa coincidencia queda abierta la pregunta inevitable: ¿qué hizo, desde su posición, para garantizarlo?

Hay además una palabra en su publicación que me llamó especialmente la atención: «tregua». Dice que debemos lograr un acuerdo nacional para hacer una tregua en estos actos. Y la palabra me preocupa porque las treguas se hacen entre partes enfrentadas. Las treguas suspenden guerras, disputas o confrontaciones. ¿Hemos llegado entonces al punto de aceptar que nuestras celebraciones patrias necesitan una tregua? ¿Estamos reconociendo que existe tal nivel de enfrentamiento político que debemos suspenderlo temporalmente para poder cantar el Himno Nacional juntos? Si hemos llegado hasta ahí, el problema es muchísimo más serio de lo que una publicación de Facebook puede resolver. Y si no hemos llegado hasta ahí, quizá la palabra que necesitamos no sea «tregua», sino respeto. El respeto no se suspende ni se negocia para una fecha patria. Debe existir todos los días.

Don Mario también señala correctamente que toda persona tiene derecho a manifestar libremente sus pensamientos, pero que existen lugares y momentos para hacerlo. Nuevamente coincido. Precisamente esa fue una de las razones por las que muchos insistimos en que las actividades cívicas, familiares y escolares debían cuidarse especialmente. Defender el derecho a manifestarse no significa convertir cualquier escenario en una manifestación. Pero tampoco significa que las autoridades puedan apropiarse simbólicamente del espacio cívico mientras se les pide a los ciudadanos que guarden sus opiniones para otra ocasión. Si queremos actos cívicos neutrales, la neutralidad debe exigirse a todos, empezando por quienes tienen el micrófono, la tarima, la seguridad institucional y el poder.

Y finalmente don Mario expresa su deseo de que todos los cartagineses puedan participar en libertad y afirma que no puede validar faltas de respeto hacia ellos, «vengan de quien vengan». Esa frase habría tenido muchísimo más peso acompañada por una condena concreta de aquello que ocurrió. Porque «venga de quien venga» es una excelente expresión cuando luego estamos dispuestos a señalar también a quien está arriba. La dignidad de un ciudadano cartaginés no vale menos porque quien lo menosprecie ocupe la Presidencia de la República, ni vale más porque quien lo haga sea un manifestante. El respeto, como bien dice don Mario, es una norma básica y elemental. Precisamente por eso no puede ser selectivo.

No conozco personalmente a don Mario Redondo ni pretendo juzgar toda su trayectoria a partir de una publicación. Pero hoy me queda debiendo. Y considero que no me queda debiendo únicamente a mí. Le queda debiendo una explicación más clara a Cartago y, posiblemente, al país. No una explicación sobre por qué debemos vivir en paz; eso ya lo sabemos. No otra conferencia sobre convivencia; de esas tenemos muchas. Lo que hacía falta era saber qué ocurrió, qué se hizo para evitarlo, qué no funcionó, qué responsabilidades corresponden y qué hará diferente la próxima vez.

Estoy de acuerdo con buena parte de las palabras expresadas hoy por el alcalde de Cartago, don Mario Redondo. Comparto su llamado al respeto, a la convivencia, a evitar la polarización y a devolverles a los actos cívicos su verdadero sentido. Pero esas palabras, viniendo de una autoridad, no pueden quedarse únicamente en palabras. No basta con decir lo correcto después de los hechos. A quien tiene un cargo, poder y capacidad de decisión también le corresponde actuar para que aquello que proclama suceda. Por eso coincido con su discurso, pero creo que ese discurso solo adquiere verdadero valor cuando viene acompañado de acciones.

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