
No puedo pensar en nuestra producción agrícola nacional sin pensar también en algo que casi nunca aparece en las discusiones económicas: el sabor. Porque cuando hablamos de agricultura solemos terminar hablando de precios, toneladas, importaciones, exportaciones, aranceles y mercados. Y claro que todo eso importa, pero hay cosas que no caben fácilmente en una hoja de cálculo. Una de ellas es reconocer el sabor de aquello que nació en nuestra propia tierra, de aquello que aprendimos a comer desde niños y que forma parte de nuestra memoria sin que siquiera nos demos cuenta.
Hace relativamente poco estuve en un crucero por la parte baja de Suramérica. Cada mañana, en el desayuno, había frutas hermosas: papaya, mango, manzana, piña, banano. Todo lucía impecable. Los colores eran perfectos, las porciones estaban cortadas con cuidado y visualmente aquello era una maravilla. Sin embargo, cuando regresamos del viaje terminamos haciendo una broma entre amigos: algunas de aquellas frutas uno podía reconocerlas casi únicamente por la textura. Porque aquel mango no sabía al mango que yo conozco, la papaya no tenía el sabor de nuestra papaya, la piña podía verse preciosa pero no tenía ese dulce al que estamos acostumbrados, y aquel banano, por lo menos para mí, no producía esas ganas de terminar uno y pensar inmediatamente que podría comerme otro.
Entonces uno comprende algo aparentemente pequeño, pero que quizá no lo sea tanto: nosotros también tenemos un sabor. Nuestra tierra produce sabores que reconocemos, que forman parte de nuestra vida cotidiana y que se han quedado grabados en nuestra memoria. No es simplemente que una fruta sea mejor o peor que otra. Es que estamos acostumbrados a un tipo de mango, a una determinada dulzura en la piña, a una textura y un aroma en la papaya. Son sabores que asociamos con nuestra casa, nuestra infancia, nuestras ferias del agricultor y nuestras mesas familiares.
Y por eso me inquieta pensar en un escenario en el que alguna de nuestras frutas vaya perdiendo espacio simplemente porque un producto importado pueda llegar algunos colones más barato. Entiendo perfectamente el argumento. Si una familia puede comprar una fruta por menos dinero, esos colones importan. Para alguien pueden significar la diferencia entre llevar un mango a la casa o no poder comprarlo. No desprecio eso. Todos sabemos lo que cuesta administrar una economía familiar y sería irresponsable pedirle a alguien que ignore el precio de aquello que pone sobre su mesa.
Pero la pregunta no puede terminar ahí. ¿Qué ocurre si esa diferencia de precio comienza a desplazar progresivamente al productor nacional? ¿Qué pasa si un agricultor deja de sembrar porque ya no puede competir, después otro y después otro? ¿Cuánto tendría que abaratarse una fruta para justificar que perdamos una parte de nuestra capacidad de producirla? Y, todavía más importante, ¿quién garantiza que ese precio más bajo se mantendrá cuando la producción nacional haya disminuido o desaparecido?
Ese es el punto que me preocupa. Podemos creer que estamos ganando porque pagamos unos colones menos, pero quizá el cálculo no sea tan simple. Tal vez terminemos perdiendo agricultores, empleos, dinero que antes circulaba dentro de nuestras comunidades, capacidad productiva y conocimiento agrícola acumulado durante generaciones. Y puede que, después de haber perdido todo eso, descubramos que ni siquiera conservamos la supuesta ventaja del precio.
Además, hay algo que no aparece en ninguna estadística: el vínculo emocional con lo que producimos aquí. No se trata de despreciar lo que producen otros países ni de asumir que todo lo extranjero es inferior. Se trata de valorar aquello que tenemos y preguntarnos si realmente queremos arriesgarlo. Porque una fruta puede llegar impecablemente limpia, perfectamente empacada y visualmente hermosa, pero eso no significa que nos dé lo mismo.
Tal vez dentro de algunos años alguien pueda ofrecerme un mango perfectamente redondo, brillante y algunos colones más barato. Seguramente seguirá siendo un mango. Tendrá la textura del mango y el color del mango. Pero yo quiero poder morderlo y reconocerlo. Quiero saber a qué sabe mi país. Quiero seguir comiendo la papaya que conozco, la piña cuyo dulce reconozco y el banano que me hace querer un segundo banano.
Porque nuestras frutas no son únicamente productos agrícolas. Son parte de nuestra memoria, de nuestra identidad y de nuestra tierra. Y sería triste descubrir, demasiado tarde, que por ahorrar algunos colones terminamos pagando muchísimo más.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
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