Lo que no vemos cuando compramos comida

Entramos a una feria del agricultor, a un supermercado o a una verdulería y vemos el resultado final. Vemos la papa limpia, el tomate rojo, la zanahoria alineada, la lechuga fresca, el arroz empacado, la leche lista para llevar. Todo parece sencillo porque ya llegó hasta nosotros resuelto. Lo ponemos en una bolsa, pagamos y seguimos con nuestra vida. Pero detrás de cada uno de esos productos hubo una historia que casi nunca vemos. Hubo alguien que se levantó temprano, alguien que invirtió dinero, alguien que esperó semanas o meses, alguien que miró el cielo con preocupación y alguien que asumió el riesgo de perderlo todo.

Nosotros vemos la papa. El agricultor vio la semilla, la tierra, el clima, el fertilizante, el combustible, la maquinaria, el transporte, la mano de obra y la incertidumbre. Nosotros vemos el tomate bonito. Él vio las horas de trabajo, las enfermedades que pudo tener el cultivo, la lluvia que llegó demasiado fuerte o el sol que apretó más de la cuenta. Nosotros vemos una zanahoria que cuesta determinada cantidad. Él sabe cuánto tuvo que arriesgar para que esa zanahoria existiera.

Por eso me preocupa que muchas veces, cuando hablamos de competencia agrícola, terminemos reduciendo toda la conversación al precio final. Si una papa importada cuesta menos, pareciera que automáticamente es mejor negocio. Si una fruta extranjera llega algunos colones más barata, entonces asumimos que la discusión está resuelta. Pero quizá estamos comparando únicamente lo que vemos en la etiqueta y no todo lo que existe detrás.

Porque el precio de un producto nacional no representa solamente el valor de ese alimento. También sostiene una finca, paga salarios, mueve transporte, compra insumos, mantiene maquinaria, genera actividad en una comunidad y permite que la siguiente cosecha exista. Cuando compramos un producto costarricense, parte de ese dinero continúa circulando dentro del país. No desaparece en la caja de un supermercado. Sigue caminando por una cadena económica que empieza en la tierra y termina tocando muchas más vidas de las que imaginamos.

Y hay otro detalle que a veces se juzga desde lejos. Uno escucha comentarios sobre un agricultor que compró un tractor nuevo o una máquina y pareciera que algunos lo ven como símbolo de abundancia. Pero para quien trabaja la tierra, un tractor no es un lujo. Es una herramienta. Es tiempo. Es productividad. Es la diferencia entre poder atender una finca o no lograr hacerlo. Detrás de esa máquina puede haber un préstamo, años de pagos y una enorme apuesta por continuar produciendo.

Eso es lo que no vemos.

No vemos el barro hasta los tobillos. No vemos la cosecha que se perdió. No vemos la madrugada. No vemos la deuda. No vemos el miedo de que el precio baje justo cuando llegó el momento de vender. No vemos a la familia haciendo cuentas para saber si alcanza para volver a sembrar. No vemos al trabajador que depende de que esa finca siga funcionando.

Y precisamente por eso creo que debemos tener mucho cuidado cuando hablamos de abrir más nuestro mercado agrícola. No porque debamos cerrarnos al mundo, sino porque antes de comparar únicamente precios deberíamos comprender todo lo que estamos poniendo en la balanza. Tal vez una importación llegue más barata. Tal vez incluso sea conveniente en determinado momento. Pero si esa diferencia termina empujando a productores nacionales fuera de la actividad, el costo real podría ser mucho mayor que el ahorro inmediato.

Una finca que desaparece no se recupera de un día para otro. El conocimiento se pierde. Los trabajadores buscan otra cosa. La tierra cambia de uso. Los hijos dejan de ver futuro en la agricultura. Y cuando después necesitemos volver a producir, quizá descubramos que aquello que dejamos morir era mucho más valioso de lo que parecía cuando solo mirábamos el precio.

La próxima vez que tengamos una papa, un tomate o una zanahoria en la mano, tal vez valga la pena mirarlos un poco distinto. Porque nosotros vemos comida. Pero detrás de esa comida hay trabajo, riesgo, familias, inversión, conocimiento y país. Y todo eso también debería contar cuando decidimos cuánto vale lo que comemos.

Vinicio Jarquín

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