
Hay decisiones que parecen económicas hasta que uno las mira con más cuidado y descubre que también tienen que ver con seguridad, autonomía y futuro. La agricultura es una de ellas. Cuando hablamos de proteger al agricultor costarricense, no estamos hablando solamente de ayudar a una persona que trabaja la tierra ni de sostener una actividad tradicional porque nos resulte simpática o cercana. Estamos hablando de conservar una capacidad estratégica del país: la capacidad de producir una parte importante de los alimentos que necesitamos para vivir. Eso cambia por completo la conversación, porque entonces la pregunta deja de ser únicamente cuánto cuesta hoy una papa, un tomate, una zanahoria, un litro de leche o un kilo de carne. También tenemos que preguntarnos cuánto vale para un país poder producir esos alimentos dentro de sus propias fronteras y cuánto vale no depender por completo de decisiones externas, de precios internacionales, de rutas marítimas, de conflictos, de cierres inesperados o de cualquier circunstancia que pueda alterar el comercio mundial.
No significa que Costa Rica deba producir absolutamente todo lo que consume. Eso no sería realista. Tampoco significa cerrarnos al comercio ni rechazar lo que viene de afuera. Significa algo mucho más sensato: conservar una base productiva propia suficientemente fuerte como para que importar sea una elección y no una obligación. Ahí está, para mí, una diferencia fundamental. Una cosa es importar porque resulta conveniente, porque complementa lo que producimos o porque nos permite acceder a bienes que no tenemos en cantidad suficiente. Otra muy distinta es llegar a depender de las importaciones porque dejamos caer nuestra propia capacidad de producir. En el primer caso tenemos opciones. En el segundo, empezamos a perderlas. Y un país que pierde opciones también pierde margen de decisión.
Por eso me preocupa que algunas discusiones sobre apertura comercial se reduzcan a la promesa de precios más bajos o mayores oportunidades de intercambio. Esos beneficios pueden existir y deben analizarse, pero también debemos preguntarnos qué sucede si, en el proceso, algunas actividades agrícolas nacionales se debilitan de manera significativa. ¿Qué pasa si dentro de algunos años producimos menos de ciertos alimentos porque ya no fue rentable hacerlo? ¿Qué ocurre si después cambia el escenario internacional y necesitamos recuperar rápidamente esa producción? Una finca no se enciende y se apaga como una máquina. Si desaparece una actividad agrícola, se pierde experiencia, se pierde conocimiento, se pierden trabajadores, se pierde infraestructura y, muchas veces, también se pierde la siguiente generación dispuesta a continuar. Recuperar todo eso puede tomar años, incluso si después existe voluntad política y dinero para hacerlo.
Por eso proteger al agricultor no es regalarle nada. Es proteger una capacidad del país. Es parecido a conservar infraestructura, agua, energía o conocimiento técnico. Tal vez no pensamos todos los días en su importancia, pero cuando algo falla entendemos rápidamente por qué era necesario cuidarlo. La producción de alimentos funciona de manera parecida. Mientras todo está disponible, creemos que siempre lo estará. El problema aparece cuando descubrimos que algo que dábamos por garantizado dependía de decisiones que tomamos años atrás. Y aquí hay algo más: cuando protegemos nuestra capacidad de producir alimentos también protegemos comunidades enteras. Protegemos empleo rural, pequeños negocios, transporte, ferias, proveedores, familias y conocimientos que se han construido durante generaciones. La agricultura no termina en la finca. Forma parte de una red económica y humana mucho más amplia.
Por eso esta discusión no debería presentarse como una pelea entre comercio y agricultura. La verdadera pregunta es cómo comerciamos sin debilitar aquello que necesitamos conservar, cómo abrimos oportunidades sin convertir nuestra seguridad alimentaria en una apuesta y cómo aprovechamos mercados sin abandonar a quienes producen dentro de nuestras fronteras. Porque al final proteger al agricultor no consiste solamente en proteger su trabajo. Consiste también en proteger nuestra capacidad de elegir: elegir producir, elegir importar, elegir cómo responder cuando el mundo cambia. Y mientras más capacidad propia conservemos, más posibilidades tendremos de decidir por nosotros mismos.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua