(No publicado)
Después de lo sucedido esta semana, y especialmente hoy en el ambiente nacional, político y ciudadano, alguien me decía que tenemos que hacer algo, que tenemos que dar la lucha, que tenemos que organizarnos, pero ahora. Y esas palabras me llegaban justo en el momento en que estaba contando monedas, tratando de encontrar cómo sostener a Apacigua. Es una sensación difícil de explicar: escuchar la urgencia de hacer más mientras uno está tratando de averiguar cómo pagar lo que ya hizo.
Durante casi un año he sostenido los gastos con mis recursos propios y con algunas donaciones que agradezco profundamente. Pero llega un momento —y creo que ese momento ya llegó— en el que uno sabe que no hay de dónde echar mano. Las facturas siguen acumulándose en mi escritorio y las ganas de trabajar no alcanzan para pagarlas. Las asesorías en el Poder Judicial y en el Poder Legislativo quedaron detenidas. Lo mismo ocurrió con el trabajo en las escuelas y con los planes que teníamos con el Tribunal Supremo de Elecciones. Detrás de cada proyecto detenido hay tiempo, preparación, ilusión y un propósito que sigue teniendo sentido, aunque ya no tenga cómo sostenerlo.
A ratos siento un enorme compromiso de seguir: escribir, salir a la calle, trabajar, crear, apoyar, asesorar, organizar y hacer cuanto esté a mi alcance para acompañar a la ciudadanía y contribuir a sostener nuestra democracia. Pero también hay momentos en los que me pregunto qué me está diciendo la respuesta de la población. La radio tiene poca escucha; las aplicaciones gratuitas se usan poco; los servicios del Universo Digital de Apacigua tampoco reciben el uso que esperaba. Y ese silencio pesa. Me hace preguntarme si lo que estoy ofreciendo responde a lo que las personas necesitan, si no he sabido comunicarlo o si, sencillamente, no hay suficiente interés en estas propuestas.
Cuando pido ayuda para hacer frente a las facturas, la ayuda llega a cuentagotas. Sé que quienes levantan la mano muchas veces lo hacen con un enorme esfuerzo, y eso lo valoro profundamente. Cada aporte ha permitido sostener una parte de este trabajo. Mi agradecimiento hacia esas personas es inmenso. Pero la cantidad de quienes pueden o deciden decir presente es muy pequeña frente a los gastos que hay que cubrir. Y aunque siento que el riesgo que vivimos como país es enorme, y que lo que hacemos ha valido el esfuerzo, también tengo que reconocer que con lo que está llegando ya no alcanza.
Entiendo que muchas personas están contando sus propias monedas, enfrentando sus propias deudas y tratando de sostener sus hogares. Yo también estoy en ese lugar. Precisamente por eso necesito decirlo con claridad: mi capacidad de seguir financiando Apacigua se agotó. Me cuesta reconocerlo porque el compromiso sigue ahí, porque las ideas siguen apareciendo y porque cada noticia vuelve a despertar la necesidad de hacer algo. Pero no puedo comprometer recursos que ya no tengo ni seguir trabajando como si este límite no existiera.
Hoy escucho que debemos organizarnos, dar la lucha y actuar cuanto antes. Comparto esa preocupación. Lo que me duele es que esa urgencia llegue cuando tengo tan pocas fuerzas materiales para responder. Quisiera poder decir: «Aquí estamos, sigamos, hagamos más». Y todavía quiero hacerlo. Pero también necesito poder decir: «Hasta aquí he podido sostenerlo con lo mío». Si queremos que este espacio siga escribiendo, creando herramientas y acompañando a la ciudadanía, necesitamos encontrar una manera de sostenerlo entre más personas. Yo solo ya no puedo.
No me estoy yendo. Apacigua ha seguido escribiendo, ha seguido estando presente y ha seguido haciendo lo que puede con los recursos que quedan. Aunque algunos programas que podrían contribuir a marcar una diferencia en nuestra vida democrática están apagados, el compromiso sigue vivo. Todavía tengo ideas, proyectos y ganas de seguir. Pero no quiero que el hecho de que me sigan viendo escribir y publicar les haga pensar que todo está resuelto o que siempre encontraré de dónde sacar para continuar.
Un día de estos —espero de corazón que no llegue— podría tener que bajar la cuchilla, mandarles un abrazo cariñoso a todos y cerrar las redes sociales de Apacigua. Me duele siquiera imaginarlo después de tanto trabajo, tanta ilusión y tantas personas con las que hemos coincidido en este camino. Hoy sigo aquí. Pero necesito decirles, con toda honestidad, que ya no sé por cuánto tiempo.