Cuando la continuidad se convierte en subordinación

Laura Fernández dijo recientemente: “Vamos a defender la continuidad del gobierno de don Rodrigo Chaves.”
Y esa frase, tan corta, tan simple, encierra más de lo que parece.

Porque en política, las palabras nunca son inocentes.
Decir “la continuidad del gobierno de don Rodrigo Chaves” —y no la continuidad del Partido Progreso Social Democrático, ni del Partido Pueblo Soberano, ni siquiera de un proyecto de país— no es un lapsus. Es una declaración de subordinación.

Cuando un candidato promete defender el gobierno de una persona, no está aspirando a liderar, sino a custodiar. No está proponiendo una visión, sino preservando un poder ajeno.

Si Laura Fernández quiere representar la continuidad de un estilo, de un modelo o de una ideología, está en su derecho. Pero al hacerlo con nombre y apellido, renuncia —sin darse cuenta— a su autoridad futura. Se define no como presidenta, sino como portavoz del poder anterior.
Y nadie respeta a quien llega al poder para hablar en nombre de otro.

En democracia, el liderazgo no se hereda ni se defiende: se ejerce.
Decir “vamos a defender la continuidad del gobierno de don Rodrigo Chaves” es una forma elegante de anunciar que no habrá un nuevo gobierno, sino la misma voz en un nuevo rostro. Es una frase que degrada antes de tiempo, porque en lugar de levantar una bandera, levanta la sombra de otro.

Costa Rica ha tenido gobiernos buenos y malos, pero siempre ha tenido presidentes propios, con voz propia, con estilo propio.
Por eso escuchar a alguien anunciar que gobernará en defensa de otro suena extraño, casi triste.

Si la intención era mostrar lealtad, la frase lo logró.
Si la intención era mostrar carácter, lo perdió.

La verdadera continuidad que este país necesita no es la de una persona, sino la de los valores que una vez nos definieron: respeto, decencia, diálogo, integridad.
Y esos no se heredan: se construyen.

Aunque, pensándolo bien, podría ser —y solo podría ser— que las palabras de Laura no hayan sido producto de limitación alguna, como asegura Pilar Cisneros, sino todo lo contrario: que estén cuidadosamente elegidas.
Porque es muy probable que quienes voten por ella no lo hagan por ella.
Lo hagan por Rodrigo. Es probable que quienes apoyen a Laura Fernández ya sepan que no es ella quien gobernaría, sino quien prestaría su nombre para mantener el poder en las mismas manos.
Así que sus palabras podrían no ser un error ni un lapsus, sino un mensaje entre líneas, una especie de guiño político para recordarle al pueblo que, al final, el voto para Laura es un voto para Rodrigo

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