
No siempre el mal triunfa por su fuerza. A veces triunfa por la pasividad de los buenos. Por la tibieza de los que no quieren incomodar, por el silencio de los que prefieren observar desde lejos, por la prudencia mal entendida de los que confunden equilibrio con indiferencia.
Los moderados son necesarios en tiempos de calma, pero en tiempos de abuso, su neutralidad se vuelve una forma de complicidad. No porque actúen con maldad, sino porque su inacción le deja el camino libre al fanatismo. Mientras los extremos gritan, los moderados callan. Y el silencio, aunque se vista de sensatez, termina siendo el aplauso del poder.
La historia está llena de moderados que llegaron tarde. Los que no querían “politizar” nada mientras se desmoronaba la decencia. Los que decían “yo no me meto” mientras se pisoteaban derechos. Los que buscaban “ver los dos lados” cuando uno de esos lados destruía el diálogo mismo. Y cuando finalmente quisieron reaccionar, ya era tarde: el ruido, la mentira y el odio habían ocupado todo el espacio.
Ser moderado no es malo. Lo malo es usar la moderación como refugio para la cobardía. Hay momentos en que el centro no es el equilibrio, sino la evasión. En que quedarse en medio es simplemente no querer elegir entre lo correcto y lo cómodo. Y en esos momentos, el silencio de los prudentes se vuelve más dañino que el grito de los extremistas.
No se trata de volverse agresivo ni de odiar a nadie. Se trata de tener claridad moral. De entender que la sensatez no puede ser excusa para la indiferencia. Que la empatía no es debilidad. Que a veces la paz exige levantar la voz, no bajarla.
El país necesita ciudadanos reflexivos, sí, pero no ausentes. Personas que escuchen, que analicen, que tiendan puentes, pero que también sepan decir “esto está mal” con serenidad y firmeza. Porque callar por miedo a dividir es olvidar que el silencio también divide: separa a los que se conforman de los que todavía creen.
La traición de los moderados no se da en un solo gesto. Es una erosión lenta: cada vez que dejamos pasar una mentira sin corregirla, cada vez que relativizamos la vulgaridad, cada vez que decimos “no vale la pena hablar de eso”. Así, poco a poco, los valores se diluyen y el terreno queda libre para los que no dudan en destruir.
Ser moderado no debería significar quedarse quieto, sino actuar con mesura. Pensar antes de hablar, sí, pero hablar cuando importa. Porque hay silencios que salvan y silencios que condenan. Y los pueblos no se hunden solo por los gritos de los violentos, sino por el silencio cansado de los que ya no quieren discutir.
A veces, no tomar partido es tomar partido. Y a veces, la verdadera moderación consiste en ponerse de pie, aunque tiemble la voz, y decir lo que otros ya no se atreven a decir: que la sensatez sin coraje también es una forma de traición.
¡Mil gracias por sus sabias palabras!
Estoy completamente de acuerdo; lo cortez no quita lo valiente.
Definitivamente, esta lucha por nuestra democracia y por nuestra esencia debe, contra viento y marea.