Vivir en manual

La tarde caía suave en la casa de la hija de Tere Herrera. Entre voces familiares, aromas de comida y la risa de todos, se abrió un espacio inesperado para hablar de lo que más me apasiona: la vida, sus misterios, sus formas de enseñarnos en cada instante. Gonzalo, con la curiosidad viva en los ojos y esa disposición de escuchar que tanto agradezco en los jóvenes, me dio la oportunidad de sembrar una idea que considero esencial.

—La vida no se puede vivir en automático —le dije, con la calma de quien habla de algo que ha comprobado en carne propia—. La vida hay que vivirla en manual.

Le expliqué que uno no puede simplemente enojarse y esperar a que el enojo se disuelva por sí solo, como si el tiempo fuera una medicina mágica. No. Cuando surge la rabia, lo primero es detenerse y preguntarse: ¿qué fue lo que me tocó? ¿Qué fibras en mí reaccionaron? ¿Cómo me afectó y cómo puedo evitar que me afecte de nuevo? El enojo no es un accidente pasajero, es una señal, un maestro disfrazado.

Y lo mismo pasa con el placer. Cuando uno hace un trabajo y lo disfruta, y otro día hace el mismo trabajo y ya no, no basta con aceptar la diferencia como algo misterioso. Hay que revisarlo: ¿qué cambió entre una ocasión y otra? ¿Qué hizo que antes todo fluyera y ahora no?

Puse un ejemplo sencillo: quizá la primera vez había una copa de vino sobre la mesa, y esa chispa hizo que la experiencia se tiñera de ligereza, de aventura. Pero la segunda vez, sin esa copa, el trabajo se sintió plano. El error sería concluir que necesito vino cada vez para disfrutar. No, eso sería esclavizarme a una condición externa. La pregunta más profunda es: ¿qué provocó en mí el vino? ¿Fue su sabor, su calidez, su capacidad de hacerme sentir un poco más aventurero? Y si la respuesta es esa, entonces toca buscar sustitutos: quizá un chocolate. O quizá la simple decisión de empezar el trabajo quince minutos más tarde, rompiendo la rutina, introduciendo un pequeño margen de novedad que despierte otra vez la chispa.

Le dije a Gonzalo que la vida en automático es como una caída libre: uno reacciona sin darse cuenta, se deja arrastrar por los hábitos, se instala en la queja o en la repetición sin cuestionar nada. Pero la vida en manual es otra cosa: es examinar cada emoción, cada reacción, cada momento, para entender de dónde viene y hacia dónde me lleva. Es preguntarse: ¿qué necesito ajustar? ¿Qué puedo aprender? ¿Qué me está mostrando este instante de mí mismo?

Me escuchaba en silencio, con esa atención que se parece a la de un aprendiz frente al fuego de su maestro. Y yo sentí, mientras hablaba, que no solo le hablaba a él, sino también a mí mismo. Porque en el fondo, todos necesitamos ese recordatorio constante: no podemos dejar la vida al azar, ni vivir esperando que lo bueno llegue sin esfuerzo. Hay que aprender a leer cada señal, a encontrar lo que funciona y lo que no, a sustituir lo que ya no nos sirve y a buscar lo que sí.

Vivir en manual no es complicarse la vida, es elegirla. Es asumir el control de nuestras emociones y decisiones, para que cada día sea una oportunidad consciente de crecer, de disfrutarnos y de reinventarnos.

Esa tarde en la casa de Tere, entre familia y recuerdos, lo entendí una vez más: lo que nos hace humanos no es vivir en automático, sino aprender a detenernos, a observar y a corregir el rumbo. Y ese arte, el de vivir en manual, es la más grande de todas las humanidades.

Esa noche en esa casa, conecté con Gonzalo. No sé si solo para una vez o iremos por la vida con un enlace que nos haga comunicarnos de vez en cuando, aunque sea a la distancia; pero sea como sea, esa noche vi sus ojos brillar, ese brillo que causa la conexión.

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