
Costa Rica se acerca a un nuevo proceso electoral, y el aire ya se siente cargado. Las emociones se mezclan con la esperanza, el cansancio y el miedo. Venimos de años difíciles, de un clima político que nos ha fracturado por dentro, donde el diálogo se convirtió en trinchera y la confianza en los líderes parece haberse evaporado. Pero si algo nos distingue como país es nuestra capacidad de pensar, de detenernos y decidir con conciencia.
Por eso quiero invitarte a hacer algo muy simple, pero esencial: pensar antes de votar. No desde la rabia, ni desde el fanatismo, sino desde la serenidad. Pensar no solo en quién nos gusta, sino en qué tipo de país queremos reconstruir.
Hoy, los nombres más visibles para el 2026 —Claudia Dobles, Álvaro Ramos, Laura Fernández y Ariel Robles— representan cuatro formas distintas de entender el liderazgo. No voy a decir por quién votar, ni mucho menos. Pero sí quiero compartir, con respeto, una reflexión sobre las ventajas y riesgos que cada uno plantea.
Claudia Dobles
Claudia representa una Costa Rica moderna, técnica, con visión de futuro. Su experiencia en planificación urbana, movilidad y sostenibilidad inspira confianza en quienes creen que el país necesita más gestión y menos grito. Es una mujer preparada, con una mirada global y sensibilidad ambiental.
Pero también carga el peso del pasado. Su cercanía con el expresidente Carlos Alvarado la vincula a un gobierno que dejó heridas en parte del electorado. Hay quienes todavía no perdonan algunas decisiones del PAC, y esa asociación puede restarle fuerza. Claudia Dobles deberá demostrar que puede ser continuidad en lo bueno y ruptura en lo necesario.
Álvaro Ramos
Álvaro es, sin duda, un hombre de experiencia. Economista, académico, con conocimiento del aparato estatal y una reputación de seriedad. Representa la corriente más racional del PLN: la que apuesta por la estabilidad, el orden y el conocimiento técnico. En un país cansado del populismo, eso puede ser un bálsamo.
Sin embargo, el PLN arrastra un desgaste histórico. La imagen de “vieja política” lo persigue, y Ramos tendrá que convencer a los jóvenes y a los indecisos de que la experiencia no equivale a estancamiento. Su reto es enorme: ofrecer renovación sin renegar de su legado.
Laura Fernández
Laura encarna la continuidad del actual gobierno. Para quienes apoyan a Rodrigo Chaves, representa la posibilidad de seguir ese estilo de mando que muchos consideran firme y sin filtros. Tiene estructura, visibilidad y apoyo dentro del oficialismo, lo cual la convierte en una candidata con poder real.
Pero su mayor fortaleza es también su mayor riesgo. Cuando alguien promete defender “la continuidad del gobierno de Rodrigo Chaves”, no se presenta como líder, sino como vocera. Si su campaña no logra separarse del tono confrontativo y la dependencia de la figura presidencial, Laura podría ser vista como la sombra del actual mandatario, más que como su evolución.
Ariel Robles
El candidato del Frente Amplio, Ariel Robles, representa la opción de izquierda progresista, con una visión social y ambiental clara. Su juventud, su autenticidad y su compromiso con los derechos humanos lo hacen atractivo para quienes buscan un cambio profundo. Habla con calma, con ideas bien estructuradas, y eso, en estos tiempos de ruido, ya es una rareza.
Pero también enfrenta obstáculos enormes. Su partido tiene menos estructura, menos recursos y menos espacio mediático. Además, su discurso ideológico puede generar desconfianza en los sectores más moderados o empresariales. Ariel deberá demostrar que la justicia social y la gobernabilidad pueden convivir sin ahuyentar al centro político.
Una elección que dice más de nosotros que de ellos
Más allá de los nombres, esta elección es un espejo. Refleja no solo lo que pensamos, sino lo que sentimos como país. Si votamos desde el enojo, elegiremos más enojo. Si votamos desde el miedo, elegiremos más miedo. Pero si lo hacemos desde la conciencia, quizá encontremos una salida.
No hay candidatos perfectos, ni soluciones mágicas. Lo que sí hay es un pueblo que puede decidir con madurez. Podemos debatir sin destruir, discrepar sin ofender y votar sin odiar.
Porque el voto no es solo una marca en una papeleta. Es una declaración íntima de lo que creemos posible. Y yo, desde mi pedacito de fe en este país, sigo creyendo que Costa Rica puede elegir con amor, con sensatez y con esperanza.