
En los últimos días circuló un mensaje de don Óscar Arias con motivo del aniversario del Partido Liberación Nacional. Lo escuché con atención, como costarricense y como ciudadano preocupado por el rumbo del país. No quiero hablar de Arias como figura política, ni de sus aciertos o errores, porque hacerlo sería entrar en el terreno fácil de las pasiones. Y este no es un tiempo para las pasiones, sino para la reflexión.
Lo que sí quiero rescatar son las ideas. Porque más allá de los nombres, lo que dijo toca fibras que todos deberíamos revisar: el respeto por las instituciones, la responsabilidad del voto y la necesidad de un liderazgo que una en lugar de dividir.
Vivimos un tiempo en que la palabra “pueblo” se usa para justificar cualquier cosa: para atacar, para desacreditar, para herir. Pero el pueblo no es un ejército ni una hinchada. Es una comunidad de personas que merecen vivir con dignidad, que necesitan confianza en su futuro y serenidad en su presente.
El mensaje de Arias no fue un manual electoral ni una receta política. Fue —a su manera— un llamado a recuperar la cordura. A entender que un país no se construye desde la ira ni desde la revancha, sino desde el compromiso con lo posible.
Liberación Nacional ha cometido errores, y sería absurdo negarlos. Pero también sería injusto desconocer lo mucho que aportó a la historia moderna de Costa Rica. Y eso, más allá del partido, debería recordarnos algo esencial: los países no se levantan destruyendo lo anterior, sino mejorándolo.
Hoy, más que nunca, necesitamos esa madurez. Necesitamos políticos que no vean el poder como una trinchera, sino como un servicio. Ciudadanos que no voten por enojo, sino por conciencia. Y un liderazgo que entienda que gobernar no es gritar más fuerte, sino escuchar más hondo.
Costa Rica ha llegado a un punto en el que la indignación se volvió rutina. La agresión, paisaje. La mentira, entretenimiento. Pero todavía hay gente que no se resigna. Que cree en la conversación, en el respeto, en la decencia. Gente que no pertenece a ningún partido, pero que pertenece al alma de este país.
No sé si el mensaje de don Óscar fue intencionalmente político o profundamente humano. Pero sí sé que, entre tanto ruido, escuchar a alguien hablar de serenidad, de valores y de responsabilidad fue, al menos, un respiro.
Porque más allá de ideologías y colores, el verdadero desafío no está en ganar elecciones, sino en recuperar la forma de hablarnos.
El país que viene no se define por quién grite más, sino por quién escuche mejor.
Gracias, por su artículo, ojalá muchos lo lean y comprendan