
No hay que ser viejo para extrañar un país distinto. No hablo de tecnología ni de modernidad, sino de algo más sutil: de los valores, de la forma en que nos tratábamos, de esa cortesía sencilla que no era debilidad sino respeto. De cuando la palabra todavía tenía peso y el silencio, significado.
Éramos un país donde se pedía permiso, se daba las gracias y se ayudaba sin sacar el celular para grabarlo. Donde el humor no humillaba, el desacuerdo no ofendía, y la decencia era una costumbre, no una rareza. Hoy parece que todo eso se ha ido desdibujando entre gritos, insultos y desconfianza. Pero no se ha perdido del todo. Solo se ha escondido.
Porque ese país aún existe. Vive en la señora que devuelve la billetera que se encontró, en el taxista que espera a que salgas para asegurarse de que llegaste bien, en el maestro que sigue enseñando aunque el salario no le alcance, en la familia que todavía se reúne a conversar sin pantallas de por medio. Vive en los gestos discretos, en las manos que sostienen sin pedir aplausos, en el alma decente de la gente sencilla.
La nostalgia no es debilidad. Es memoria del alma. Es la forma que tiene el corazón de recordarnos lo que vale la pena preservar. No se trata de idealizar el pasado, sino de rescatar lo mejor de él para no perdernos en este presente que parece cada vez más ruidoso, más cínico, más apurado.
Quizá el país que fuimos no esté tan lejos. Quizá todavía esté esperándonos detrás de una conversación tranquila, de un acto honesto, de una mirada amable. Quizá esté guardado en nosotros mismos, esperando que volvamos a creer en la posibilidad de un país donde la educación vuelva a ser un orgullo y la empatía, una costumbre.
Extrañar no es vivir en el pasado. Es tener brújula moral. Es reconocer que hubo cosas que hacíamos mejor, y que no es tarde para volver a hacerlas. Costa Rica no necesita héroes nuevos, necesita corazones viejos: de esos que todavía saben decir “buenos días”, tender la mano y escuchar antes de responder.
El país que fuimos no murió. Solo está cansado. Esperando a que lo llamemos por su nombre y lo invitemos otra vez a la mesa. A esa mesa donde todavía caben todos, donde el respeto no es una excepción, donde el orgullo no grita, sino que sonríe.
Y cuando ese día llegue, cuando la calma vuelva a parecer una virtud y la decencia vuelva a ser la norma, entonces entenderemos que no perdimos el país: solo nos habíamos alejado de su alma por un rato.