El micrófono de doña Laura Fernández

El día de ayer, doña Laura Fernández, candidata por el partido de gobierno, convocó a la prensa para informar que había encontrado un micrófono en su oficina.

Y aunque suene a argumento de película, no tengo motivos para pensar que sea imposible. Vivimos tiempos donde casi todo puede pasar.

Ella insinuó que el micrófono pudo haber sido puesto por alguien de otro partido político. Y eso, aunque suene a novela de espías tropical, también podría ser cierto. Las campañas políticas suelen tener capítulos que superan la imaginación.

Algunos, en redes, sugirieron que pudo haber sido alguien de su propio equipo, o incluso un montaje interno. A mí, sinceramente, eso me parece más difícil de creer. Pero en estos tiempos donde la desconfianza flota en el aire, todo puede tener su público y su versión.

El problema no está en el micrófono.

Está en el manejo del micrófono.

El tono con el que se presentó el hecho, la falta de detalles claros —quién lo encontró, cómo, cuándo—, y la rapidez con la que la noticia se convirtió en una oportunidad discursiva, hicieron que el hallazgo, cierto o no, perdiera credibilidad.

Una cosa es encontrar un micrófono, y otra muy distinta es convertirlo en conferencia de prensa.

Si el suceso fue real, el equipo que la acompaña debió saber que lo primero, antes de tocar el aparato, era proteger el área y llamar a las autoridades. Si no lo supieron, o no lo hicieron, eso dice mucho sobre la improvisación con que se maneja la campaña.

Pero más allá de la escena, lo que más ruido causó fue el discurso que acompañó el anuncio: la advertencia sobre posibles audios manipulados con inteligencia artificial, y la insinuación de que se avecinaba una guerra sucia.

Esa mezcla entre alarma, victimismo y dramatismo mediático, terminó por restarle credibilidad a un hecho que, manejado con sobriedad, habría podido despertar empatía.

No soy analista político, ni pretendo serlo.

Solo observo.

Y desde mi lugar de ciudadano común, creo que si este mismo episodio lo hubiera protagonizado cualquier otro candidato sin la sombra protectora del presidente, hoy su campaña estaría en ruinas.

Pero doña Laura no es una candidata cualquiera: es la continuidad del gobierno, la heredera simbólica de su narrativa y su discurso.

Y por eso, lo que para cualquier político sería un error fatal, para ella se convierte apenas en un tropiezo amortiguado por el peso de una popularidad ajena.

Aun así, me atrevo a pensar que perdió algo.

No votos tal vez, pero sí credibilidad.

Porque en política, el tono con el que se dicen las cosas es casi tan importante como la verdad que las sostiene.

Un micrófono, real o no, puede captar palabras.

Pero la voz que se quiebra frente al país, esa no se recupera tan fácil. Dichosamente para los chavistas, todos aquellos que quieren una continuidad de gobierno, el partido sigue en pie, porque es don Rodrigo Chávez el que lo sostiene. Así que ellos no han perdido nada y la campaña continúa.

Aquí quien perdió imagen, y de manera increíble, es doña Laura; pero como el partido se sostiene en la fuerza de don Rodrigo, eso no afecta la campaña.

Finalmente —y probablemente—, cualquiera que estuviera en el puesto en el que está doña Laura tendría las mismas ventajas, porque goza del apoyo de Zapote.

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