
Mientras ellos están dispuestos a poner, entre comillas, las armas, nosotros ponemos los muertos.
Esa frase me golpeó como un estallido en la madrugada: breve, cruda, difícil de olvidar. No la tomo como eslogan; la tomo como una fotografía en blanco y negro de las consecuencias que nunca aparecen en los titulares cuando el ruido y la furia se convierten en política cotidiana.
No hablo de conspiraciones ni apunto dedos a nombres. Hablo de un mecanismo humano y viejo como la historia: cuando la retórica se transforma en licencia, cuando la palabra es usada para encender y no para explicar, hay quienes terminan pagando con su vida. Cuando el poder legitima el desprecio, cuando se normaliza la agresión verbal contra instituciones y personas, el tejido social se tensa hasta romperse. Y cuando se rompe, aparecen los muertos.
Hay varias maneras en que esa tragedia se instala. Una es la desidia: permitir que la seguridad se deteriore, que las redes de crimen se fortalezcan, que los recursos fluyan hacia la apariencia y no hacia la prevención. Otra, igual de letal, es la banalización del odio: repetir consignas que deshumanizan al “otro”, convertir al vecino en sospechoso por su forma de pensar o por su origen. Y una tercera —no menos peligrosa— es el vaciado de confianza en los guardianes de la ley: sembrar dudas sistemáticamente sobre el trabajo de tribunales, policías y organismos de control hasta que la gente deja de creer en la justicia y busca sus propias soluciones.
No es necesario que nada de esto se diga en voz alta para que ocurra. Basta con el gesto, la mirada que desestima, la frase que excusa una práctica irregular. El resultado es el mismo: una sociedad más débil, más asustada, más propensa a la revancha. Y en esa ecuación, los muertos no son números fríos; son madres sin abrazo, hijos sin padre, comunidades que pierden la confianza en sí mismas.
Si queremos evitar que la frase se convierta en profecía, hay que actuar en tres frentes.
Primero: restaurar la institucionalidad real. No en retórica, sino en presupuesto, gente preparada y transparencia. Las instituciones no son sagradas por decreto; lo son por su capacidad de resolver y proteger. Si las debilitamos con acusaciones sin pruebas o las usamos como chivos expiatorios, estamos dejando el país a la intemperie.
Segundo: bajar el volumen. El ruido nos anestesia. Cuando todo se expresa como guerra, ni se escucha ni se piensa. Recuperar el diálogo —ese que no busca aniquilar al contrario sino entenderlo y, cuando hace falta, convencerlo con razones— es una urgencia cívica. La política necesita menos gritos y más argumentos; requiere menos aplausos en masa y más respuestas verificables.
Tercero: priorizar la vida por encima del eslogan. Toda propuesta de seguridad, de reforma o de cambio debe medir su impacto en la vida cotidiana: ¿esto salva a alguien? ¿esto protege a un barrio? ¿esto previene que otro joven caiga en la delincuencia? Si la respuesta no pasa por la persona concreta y su bienestar, la medida merece revisarse.
No pretendo la ingenuidad de creer que la palabra sola basta para todo. Hay problemas estructurales —economía, educación, desigualdad— que requieren políticas complejas y compromisos largos. Pero la palabra forma el terreno donde esas políticas se plantan. Si ese terreno es hostil, cualquier semilla tendrá menos posibilidades de crecer.
Por eso insisto en la responsabilidad personal y colectiva: votar, informarse, exigir cuentas, participar en lo local, apoyar a las víctimas, promover programas de prevención y reinserción. Nada de eso es espectacular; todo eso salva vidas. Y cuando la política deje de ser un ring de pelea y vuelva a ser, de nuevo, un taller donde se construyen soluciones, habremos dado el paso más decisivo.
Termino con una petición sencilla: si alguna vez te enciende el impulso de aplaudir a alguien solo por la forma en que grita, detente un segundo. Pregúntate qué hay detrás del grito. ¿Hay planes, capacidades, equipos? ¿O solo un ruido que te consuela momentáneamente? Porque mientras nosotros aplaudimos —o guardamos silencio—, hay familias que esperan que la política recuerde su nombre antes que su eslogan.
No pongamos más muertos en el camino. Hagamos que la política vuelva a ser el arte de preservar la vida.