23 de marzo de 2025

Desde hace algunos días, a la hora de desayunar, he incluido en mi rutina unas galletas de soda con un jamón maravilloso, de un paquete grande que me trajo Luisfer hace poco. Ayer, en un acto de previsión, decidí comer un poco menos de jamón para que me alcanzara para el desayuno de hoy. Lo dejé guardado, pensando en ese pequeño ahorro de placer como quien guarda una joya para más tarde.
Esta mañana, abrí el paquete de galletas, preparé mi café y tomé la cajita donde guardo el jamón. Pero no alcanzaba para las cuatro galletas. Tal vez solo para tres. Fue entonces cuando noté que, en el desayunador, aún quedaba un frasco nuevo de mermelada, de esos que uno guarda sin fecha porque son regalo, recuerdo o antojo. También me lo trajo Luisfer. Y en ese instante, supe que ese frasco era la respuesta.
Decidí repartir el jamón entre solo dos galletas… y dejar las otras dos para probar la mermelada. Y cuando llegué a ellas, fue una explosión de sabor inesperada. La mermelada estaba tan deliciosa que abrí un segundo paquete de galletas y me comí todas esas con jalea. Ahí pudo haber terminado la historia. Pero no para mí.
Me puse a pensar cuántas veces estamos frente a algo que nos gusta tanto, que tratamos de rendirlo, de alargarlo, de que no se acabe. Y lo entendemos como lo máximo, como el final del placer, como eso que no queremos soltar. Pero después, descubrimos que lo que viene más allá puede ser igualmente placentero… o incluso mucho más.
Eso me hizo recordar un viaje. Estábamos en Buenos Aires, listos para volar a conocer las cataratas de Iguazú. Todo estaba reservado y pagado. Pero cancelaron el vuelo. Muchos amigos empezaron a buscar el siguiente. Nosotros no. Sentimos una corazonada. Una señal desde el cielo. Una voz suave que nos dijo: “no es por ahí”. Y decidimos escucharla.
Cambiamos de ruta, de planes… de país. Nos pasamos a la mermelada. Y nos fuimos para Uruguay. Nuestros amigos se quedaron en el aeropuerto. Esperaron el siguiente vuelo, que también fue cancelado. Nosotros, en cambio, nos dimos el gusto de vivir otro destino, otra historia, otra dulzura.
Por eso digo: hay que ser sensible. Hay que ejercitar esa voz interior que nos habla, esa brújula que no se ve, ese aroma que nos llama desde otra esquina del universo. Y entender que muchas veces, como en el caso del jamón, cuando algo está por acabarse… no siempre es una pérdida. Puede ser que se esté acabando para bien. Porque lo que viene, puede ser otra forma de plenitud. Distinta. Deliciosa. Inesperada. Como un frasco de mermelada, esperando a que lo descubramos.