Cuando el periodismo deja de invitar y empieza a retar

En una democracia sana, el lenguaje importa. Mucho más de lo que a veces se quiere admitir. No es lo mismo invitar que retar. No es lo mismo convocar que desafiar. Y no es lo mismo informar que provocar.

Recientemente, tres candidaturas presidenciales decidieron no participar en un debate pregrabado, argumentando una preocupación legítima: la posibilidad de edición de sus respuestas. Esa decisión, le guste o no a algunos, no es un acto de cobardía ni de evasión. Es una forma de cuidarse, de cuidar su palabra, de respetar a quienes los escuchan y de defender un principio básico de transparencia. La palabra editada deja de ser palabra íntegra. Se convierte en fragmento, en producto, en narrativa ajena.

Hasta ahí, todo entra dentro de los márgenes normales de una democracia adulta.

Lo preocupante ocurre después, cuando desde un medio de comunicación se responde no con una invitación respetuosa, sino con un “reto”. Ahí algo se quiebra. Porque cuando un medio “reta”, ya no está facilitando diálogo; está sugiriendo miedo, falta de valor o huida. Y eso no es periodismo responsable. Eso es espectáculo.

Quien aspira a la presidencia de un país no está obligado a aceptar desafíos públicos formulados como si se tratara de un duelo. No está en una arena. Está en un proceso democrático profundamente exigente, desgastante y humano. Detrás de cada candidatura hay personas que han detenido su vida, que han hecho sacrificios familiares, económicos y emocionales enormes, porque creen —con acierto o error— que tienen algo que aportar al país.

Reducir eso a un “a ver si se atreven” es una falta de respeto.

Desde Apacigua tu ser interior no se defiende a personas ni a partidos. Se defiende algo más básico y más urgente: el tono del país. La forma en que nos hablamos. La manera en que construimos o erosionamos la convivencia democrática. Un medio de comunicación no está para medir valentías ni para presionar desde la burla implícita. Está para garantizar condiciones claras, reglas justas y un trato digno para absolutamente todas las candidaturas.

El periodismo también tiene responsabilidad emocional. También debe apaciguarse. Porque cuando sube el tono, cuando provoca, cuando empuja a la confrontación innecesaria, no fortalece la democracia: la desgasta.

Aquí no se trata de quién acepta o no un debate en vivo. Se trata de cómo se invita, desde dónde se convoca y con qué respeto se dirige la palabra a quienes representan a miles de costarricenses. La democracia no necesita desafíos altisonantes. Necesita seriedad, altura y respeto mutuo.

Apaciguar no es callar. Apaciguar es decir las cosas con firmeza, pero sin violencia. Es exigir respeto sin insultar. Es recordar que, incluso en medio de una campaña electoral intensa, seguimos siendo una comunidad que se debe cuidado.

Y ese cuidado empieza por el lenguaje.

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