Desde hace varios días tenía pendiente una conversación con otros candidatos presidenciales, entre ellos Don Fernando Zamora. Esta tarde le escribí a propósito de unas frases que podría ofrecerle luego de una de nuestras conversaciones. No era una solicitud formal ni una cita rígida. Era más bien un tanteo, un “cuando se pueda”. Él me respondió algo que no siempre ocurre en estos tiempos: que tenía un hueco en su agenda y que, si yo podía, podíamos vernos esa misma tarde.
Casualmente, yo también tenía un hueco en la mía. De esos huecos raros que no siempre se alinean. Así que decidimos que sería hoy mismo, a las tres y treinta de la tarde.
Lo curioso —y aquí empieza lo verdaderamente importante— es que desde muy temprano en la mañana yo estaba des apaciguado. No por algo concreto, sino por una suma de pequeñas cosas vinculadas a mi trabajo en pro de la democracia. Un poco incómodo, un poco pensativo, un poco sin norte. De esos estados en los que uno siente que está haciendo mucho, pero no sabe bien hacia dónde enrumbar ciertas áreas de lo que está construyendo.
No tenía claridad. Y cuando uno no la tiene, el cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
Fernando llegó extremadamente puntual, aun cuando yo le había dicho que no había problema si se atrasaba. Que estaba en casa, que podía esperarlo sin ningún inconveniente. Aun así, llegó a la hora exacta. Llegó solo. Sin chofer, sin escolta. Bajándose de un vehículo grande, doble tracción, con una sonrisa amplia y una cara de amigos.
Y digo “cara de amigos” porque eso fue lo primero que sentí. Aunque en ese momento todavía no podía dimensionar lo que esa expresión realmente significaba. Porque no era una pose, ni un gesto aprendido, ni una estrategia. Era, literalmente, la cara de alguien que llega como llega un amigo. Sin tensión. Sin dureza. Sin coraza.
Conversamos. Y mientras lo hacíamos, algo empezó a ordenarse dentro de mí. No porque él viniera a darme respuestas concretas sobre mis dilemas, ni porque intentara aconsejarme. No. Simplemente estaba ahí. Presente. Escuchando. Hablando desde un lugar claro y sereno. Traía consigo una luz particular y una habilidad casi inconsciente para apaciguar.
Cuando Fernando se fue, me di cuenta de algo que no había notado antes: todo había quedado en orden. No porque los problemas se hubieran resuelto mágicamente, sino porque habían encontrado su lugar. El ruido interno había bajado. El norte, que en la mañana estaba borroso, empezaba a reaparecer.
Hay personas que no llegan a explicarte la vida. Llegan a acomodarla.
Y eso fue lo que sentí en ese encuentro breve, inesperado y oportuno.
Supongo que ya notaste que, a partir de hace algunas líneas, empecé a referirme a él como Fernando. Y sí, así me refiero a él. Así le decía minutos después de que llegó a mi casa. Él empezó con un saludo correcto, formal, usando el “Don Vinicio”. Me hizo gracia darme cuenta de que, al poco rato, ya me decía simplemente Vinicio. No había pasado ni media hora cuando me llamó Vinny, con una naturalidad y una cercanía que no se impostan.
Creo que a Fernando —mi nuevo amigo, como pronto se irá haciendo evidente en esta narrativa— volveré a llamarlo Don Fernando el día que tenga que decirle Señor Presidente, si es que los costarricenses lo eligen como tal. Mientras tanto, Fernando y yo nos hablamos de tú a tú, sin títulos ni distancias innecesarias.
Empezamos a conversar de la vida. Un poco filosofando, un poco pintando en voz alta, un poco analizando el estado de la nación, pero también la espiritualidad, los valores, el sentido de estar aquí. Y en ese camino no dejaba de sorprenderme su forma de ser, de analizar, de vivir, de pensar, de querer y de comportarse. No hablaba desde el libreto. Hablaba desde sí mismo.
Yo tenía cerca de veinte preguntas preparadas para esa tarde. Veinte. Y solo pude hacerle una. Todo lo demás quedó suspendido, no porque no importara, sino porque la conversación tomó su propio rumbo. Cuando ya casi se iba —o más bien cuando ya se iba y estábamos en la calle— le hice esa única pregunta que me rondaba desde hacía rato:
—¿Por qué viniste?
Porque Fernando ese día no vino por una entrevista ni por una reunión. Vino porque, tal vez, necesitaba hablar conmigo. Pero más que eso, vino porque yo necesitaba hablar con él. Porque yo había pasado un día des apaciguado. Y porque su presencia, su discurso y su narrativa apaciguan. Y me apaciguaron.
Unos veinte minutos después de haber llegado, recibió una llamada telefónica. Yo quise darle privacidad. Le pregunté si quería café y me fui a hacerlo. Cuando lo llevé a la terraza, me pidió leche y volví a la cocina. Mi primer impulso fue buscar un pichelito bonito, algo presentable para llevar la leche. Pero cuando saqué la caja grande del refrigerador pensé: “caramba… es Fernando”. Y regresé a la terraza con la caja de leche.
No le importó en absoluto. Se sirvió, tomó un sorbo y me dijo con toda naturalidad que fuera a guardarla para que no se pusiera mala. Eso hice. En dos jarras tomamos café, ambas con el logo de Apacigua tu ser interior. En algún momento, un poco de su café se derramó sobre la alfombra. Yo le dije que no se preocupara. Y, por lo visto, él tampoco estaba preocupado.
Todo era natural. Era él. Era sencillo. Era auténtico. Era amoroso. Era alguien a quien, además, uno puede querer.
Yo estaba disfrutando muchísimo la conversación. En algún momento me dijo algo como que temía estarme aburriendo. Le respondí con total honestidad que no. Que podía pasar ahí horas. Que lo estaba disfrutando de verdad.
Mientras yo traía el café, él salió de la terraza para atender la llamada y se puso a caminar por el patio. Yo me quedé esperándolo en los sillones donde habíamos comenzado. Podría decir que nos sentamos, pero la verdad es que Fernando no se sentó: se tiró en uno de los sillones. Se apoltronó. Estaba cómodo. Se sentía cómodo. Y yo lo sabía.
Seguía caminando por el patio mientras hablaba por teléfono, y yo no tenía ninguna prisa. Al contrario. Disfrutaba que anduviera por ahí, como si la casa también fuera un espacio que podía habitar sin permiso previo.
La conversación duró cerca de dos horas y media. Supongo que fue él quien sintió que ya había estado demasiado tiempo, o que tal vez me había quitado más tiempo del debido. Pero eso fue porque quiso. Yo no tenía ninguna prisa. Ningún apuro. Podía quedarse más. Y podrá volver muchas veces más.
Antes de irse, caminó hasta su carro y regresó con un libro de su autoría para regalármelo. Yo entré a la casa a buscar un lapicero para que me lo firmara y aproveché para traer uno de los míos y obsequiárselo también. Ahí estábamos, en la calle de mi casa, solo nosotros dos, frente a las cámaras de seguridad y los guardas que cuidan la zona, intercambiando libros con Fernando Zamora, candidato a la presidencia de la República de Costa Rica.
Fue un momento hermoso.
Toda la conversación, todo el tiempo compartido, fue un momento hermoso.
Como ya dije, no pude hacerle más preguntas que aquella única que ya conté. Pero cuando se fue, dejó algo más que palabras. Dejó una estela de luz a su paso. La terraza era distinta. Mi casa se sentía diferente. Yo estaba apaciguado.
En algún momento quise decirle que me gustaría que fuéramos amigos. Estaba buscando las palabras adecuadas para decirlo cuando él, como si me hubiera leído el pensamiento, dijo algo simple y definitivo:
—Qué bonito que ya seamos amigos.
Y sí. Ya lo éramos.
Porque los amigos no son necesariamente los que se ven siempre. Los amigos son los que comparten algo verdadero.
Nos pusimos de pie. Yo apoyé mi mano izquierda sobre su hombro derecho y luego mi mano en su pecho. Una camisa blanca. Una tela suave con el logo del partido político. Él me miró a los ojos y le dije algo que me salió desde muy adentro:
—Me encanta cuando le puedo tocar el pecho a alguien y se siente el alma.
Sus ojos se iluminaron.
Retiré la mano.
Y lo acompañé hasta la salida.
Antes de montarse en el carro me dijo que esa noche tenía una reunión con unos amigos. Me preguntó si quería acompañarlo. Le dije que sí, que iba a tratar de ver si podía y que le avisaba. Treinta segundos después lo había olvidado. Entré a escribir, a trabajar. Porque, bueno… tengo un país que salvar. Ja, ja, ja.
A las siete y resto de la noche me escribió preguntándome si iba a ir. Le respondí que sí. Que llegaría en veinte minutos. Me contestó algo que todavía me conmueve:
—Te vamos a esperar. No vamos a empezar hasta que vos llegués.
Me cambié de camisa, de zapatos. Me fui sin afeitar, a medio peinar, a encontrarme con Fernando en un lugar donde estaban sus amigos. Todos me estaban esperando. No sé cómo me presentó. No sé qué les dijo de mí. Pero todos y cada uno sabían que yo llegaría. Y me dijeron algo que no olvidaré: que esa noche yo era el invitado de honor.
Fue hermosísimo.
Hoy, haber conocido a Fernando fue un día maravilloso.
Yo soy Vinicio Jarquín y hoy tengo un amigo nuevo.
Un amigo cuyo pecho palpitó bajo mi mano y me hizo sentir que dentro de él hay un alma capaz de convertir los espacios en espacios de luz.
No sé si los costarricenses lo honrarán dándole la presidencia de la República.
Lo que sí sé es que este país, bendito por Dios, tiene candidatos que realmente valen.
