El espejo incómodo de nuestro tiempo.

Llega la noticia de que el gobierno de Trump le cancela la visa al expresidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez.
No es la primera vez que ocurre, y no, no se trata de una condena, ni de un juicio, ni de una sanción por actos impropios. Todo lo contrario: cuando a Óscar Arias se le niega la entrada a Estados Unidos, suele ser porque no se dejó intimidar. Porque dijo lo que pensaba. Porque, con un tono mesurado y una sonrisa incómoda para los poderosos, sostuvo con claridad ideas que retumban como verdades.
Esta vez, la administración Trump —en su segundo mandato, marcado por tensiones con América Latina y una política exterior cada vez más aislacionista— opta por retirar la visa al premio Nobel de la Paz centroamericano, y lo hace con el mismo silencio burocrático que ya había usado Reagan décadas atrás. Silencio que pesa, pero que también grita.
La historia se repite con matices. En los años ochenta, cuando Centroamérica ardía en guerras civiles, y cuando los gobiernos de Washington y Moscú peleaban ajedrez con sangre en el istmo, Óscar Arias levantó la bandera blanca. Pero no una bandera ingenua. Era una bandera terca, trabajada, incómoda, tejida a mano con cada conversación, con cada noche de insomnio, con cada puerta que se cerraba en su cara mientras tocaba otra.
Fue él quien se atrevió a decir que la paz no se mendiga, se exige. Que no se compra con fusiles ni se impone con bases militares. Y sí, fue en Costa Rica donde recibió la menor ovación. Mientras en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Honduras aplaudían el Acuerdo de Esquipulas, aquí en su país, muchos aprovecharon para recordarle sus errores, sus desaciertos, sus decisiones polémicas. Porque hay una tendencia muy costarricense a empatar las virtudes de los grandes con la necesidad de bajarlos del pedestal, para no sentirse tan lejos.
Y sin embargo, esa paz centroamericana, imperfecta pero real, lleva su firma. Arias no solo propuso el plan: logró lo impensable. Sentó a los presidentes de la región —en plena guerra, con bandos irreconciliables— y los hizo firmar un acuerdo. Sin la bendición de Reagan, sin el beneplácito de Moscú. En contra de los intereses armamentistas y expansionistas. Contra todo, pero con convicción.
Aquella vez también se le negó la visa. No se le castigó por corrupción, ni por escándalos, ni por traición. Se le castigó por desobedecer el guion. Por decidir que Costa Rica no sería plataforma de guerra ni peón de imperios. Por recordarle al mundo que un pequeño país sin ejército puede hablar fuerte si lo hace con autoridad moral.
Hoy, en 2025, volvemos al mismo punto. Óscar Arias, con 83 años, sigue diciendo cosas incómodas. No grita, no amenaza, pero escribe y habla con la claridad de quien ya no tiene nada que perder. Y eso molesta. Por eso, en silencio, le cancelan la visa. Por eso, otra vez, Estados Unidos se incomoda con la voz de un tico que insiste en que la paz no es una postura decorativa, sino un acto político radical.
Y tal vez, como tantas veces, seremos los últimos en reconocerlo. Tal vez aquí, en su propia tierra, el eco de sus méritos seguirá chocando contra la pared del escepticismo. Pero la historia es terca. Y algún día —quizá cuando ya no esté— Costa Rica recordará que un hombre, desde su pequeño país, puso freno a una guerra. Y lo hizo sin más armas que la palabra.
El reflejo que no queremos ver
Sin embargo, ahora estamos frente a una mayoría del pueblo que aplaude a un presidente como el que tenemos hoy. Un presidente que no tiene punto de comparación con ninguno de los que han ocupado la silla presidencial en el pasado, para bien o para mal. Ciertamente, Costa Rica ha tenido gobiernos con manchas de corrupción, incluso desde la cúpula misma del poder, y eso no es nuevo. Pero lo que ahora presenciamos es un fenómeno más preocupante: a la corrupción tradicional se le ha sumado la altanería, el irrespeto sistemático, la vulgaridad como estrategia, y el abuso como lenguaje cotidiano.
Rodrigo Chaves no representa una ruptura con lo anterior; representa una degradación. No es un giro ideológico, ni una nueva visión de país: es un berrinche con megáfono, una reacción emocional convertida en modelo de gobierno. Lo que asusta no es solo su estilo, sino cuántas personas se ven reflejadas en él, cuántas lo celebran porque insulta, porque humilla, porque agrede. Porque donde otros veían liderazgo como ejemplo, ahora basta con tener desparpajo para llamar la atención y ganar likes.
No se trata de diferencias políticas. Se trata de dignidad. De la dignidad que se espera en un jefe de Estado. De la dignidad que se pierde cuando se aplaude el irrespeto, cuando se justifica el acoso, cuando se tolera la misoginia. De la dignidad que se erosiona cuando el poder se ejerce desde la amenaza y no desde la visión.
Y mientras tanto, se cancelan visas a quienes construyeron puentes, a quienes incomodaron con ideas, a quienes hablaron de paz y democracia cuando nadie quería oírlos. La paradoja es grotesca: se exalta al abusador y se silencia al pacificador. Se olvida al estadista y se idolatra al populista.
Tal vez lo más doloroso no es el presidente que tenemos, sino lo que revela sobre nosotros. Porque ningún líder llega solo. Llega aupado por el espejo de una sociedad que, en algún momento, decidió que el respeto estorbaba y que la decencia era opcional.
El peor error global
Con el riesgo de perder mi visa de entrada a Estados Unidos, tengo que decir que, en las últimas muchas décadas, la ascensión de Donald Trump al poder en el gobierno de los Estados Unidos es lo peor que le ha pasado a ese país, y definitivamente es lo peor que le ha pasado al mundo.
Trump no es simplemente un presidente polémico. Es un síntoma de algo más grave: la erosión ética y cultural de una potencia mundial que solía, al menos en teoría, defender ciertos valores universales. Es un hombre extraordinariamente adinerado, cuya riqueza no está vinculada al mérito, a la investigación, a la paz, ni al aporte social. No hay en él el esfuerzo intelectual de quienes dedican su vida a estudiar, a mediar, a construir puentes. Compararlo con figuras como Óscar Arias no es solo injusto; es un insulto a la inteligencia.
Estamos frente a una figura cuyo legado amenaza con ser el de la destrucción. Destrucción de instituciones democráticas, de tratados internacionales, de pactos ambientales, de respeto por las minorías, por las mujeres, por los migrantes, por los países más pequeños. Su discurso divide, hiere, desprecia. Y lo hace desde una tarima de poder que no solo le pertenece a él, sino a la nación más influyente del planeta.
Donald Trump está a punto de destruir no solo a los Estados Unidos en la posición preferencial que han mantenido durante mucho tiempo —posición ganada a través de liderazgo, innovación y diplomacia— sino que está a punto de destruir el planeta tal como lo conocíamos. Repito: al planeta. Porque sus políticas expansionistas, contaminantes, nacionalistas y peligrosamente autoritarias van a afectar al mundo entero de formas que aún no somos capaces de dimensionar.
No hay mesura, no hay visión de largo plazo, no hay escucha activa ni diálogo multilateral. Hay impulso. Hay arrogancia. Hay sed de dominio. Y esa combinación, en alguien que tiene acceso a armas nucleares, al poder económico global, a alianzas militares, a redes de influencia en los cinco continentes, es una amenaza real para todos los que habitamos esta Tierra.
Decir esto no es un acto de rebeldía vacía. Es una necesidad moral. Porque el silencio ante líderes que promueven el odio es complicidad. Porque el mundo no puede permitirse normalizar el atropello, la mentira como método, la persecución como estrategia.
A Donald Trump no lo desacredita su ideología, lo desacredita su falta de humanidad. Su desprecio sistemático por el conocimiento, por la ciencia, por el medio ambiente, por la diversidad, por la justicia. Y esa es la verdadera tragedia: que un hombre tan pequeño, con tanto poder, esté dejando una huella tan profunda, tan destructiva, tan dolorosa.
Tres formas de poder
Así se dibuja la escena: un premio Nobel de la Paz rechazado, un abusador celebrado, y un destructor coronado.
Y frente a esa triada —que no es solo simbólica, sino profundamente real— no podemos quedarnos callados. No podemos aplaudir al que grita mientras callamos al que construye. No podemos normalizar que el poder se mida en millones y no en méritos. Que el liderazgo se mida en berrinches y no en principios.
Porque la historia no se detiene. Y lo que hoy toleramos, mañana será ley. Lo que hoy ignoramos, mañana nos gobernará. Lo que hoy despreciamos —como esa paz incómoda que propuso Óscar Arias— tal vez mañana sea lo único que nos salve.
Este no es solo un artículo, ni una opinión. Es un grito íntimo. Un intento de resistir desde la palabra. De recordar que hay otra forma de estar en el mundo. Que hay otra forma de liderar. Que hay otra forma de vivir.
Y que aún, incluso en este ruido ensordecedor, hay voces que valen la pena escuchar. Voces que no gritan. Voces que no insultan. Voces que construyen.
Y una de ellas —aunque hoy le cierren las puertas— es la de Óscar Arias.
Para que quede claro
Probablemente estoy en una posición en la que nadie en Estados Unidos me va a leer. Lo sé. Estoy muy lejos de la política norteamericana, tanto geográfica como estratégicamente. No pertenezco a sus esferas de poder, no tengo asiento en sus mesas ni voz en sus debates. Y por eso mismo, los comentarios que surjan después de este artículo probablemente no tendrán que ver mucho con Donald Trump —salvo aquellos que, desde este rincón del mundo, coincidan en que estamos frente a un hombre peligroso y profundamente destructivo.
Lo que sí espero, con total certeza, es la llegada de los otros comentarios. De aquellos que sienten que están en posición de juzgar a Óscar Arias, no desde un análisis honesto de su legado, sino desde la necesidad casi compulsiva de reducir todo mérito a una sombra. Los que, ante cualquier intento de reconocimiento, se apresuran a hablar de sus defectos, sus errores, sus contradicciones, como si eso invalidara su contribución histórica a la paz en Centroamérica y al prestigio de Costa Rica en el mundo.
Y también sé que vendrán los comentarios del pópulo que se identifica con Rodrigo Chaves. Los que no traen argumentos, sino insultos. Los que no rebaten con datos, sino con odio. Porque es más fácil atacar que pensar. Porque es más fácil gritar que escuchar. Porque es más cómodo lanzar improperios que sostener un debate donde se exija algo más que rabia.
A todos ellos los espero. Con respeto, pero sin temor. Porque no escribo para agradar. Escribo porque creo. Porque me importa el país. Porque me duele el silencio. Porque me niego a quedarme callado mientras se aplaude al que agrede y se castiga al que construye.
Y porque, al final del día, si decir lo que uno piensa tiene un costo, que sea ese: el de mantenerse fiel a sí mismo.
Editado: 03/04/25 En la versión inicial puse por error que Don Oscar era el único premio Nobel de Centroamérica. Luego de ser advertido por una amiga, lo corregí.
Excelente y esclarecido es tu escrito de toma de posición ante la situación que con estupor y enojo estamos viviendo . Muchas gracias mi amigo por hacerlo, tienes mi admiración y respeto
Felicitaciones Vinicio, conmovedor tu escrito, lo dices todo con gran señorío . Me siento profundamente orgullosa de ver cómo has crecido y usas las palabras tan profundas y claras
Tan linda!
Cuando dice «cómo has crecido», no se refiere a desde el ambito profesional, sino desde los cinco años, ja ja.
Un abrazo.
Me siento profundamente conmovida e identificada con este artículo de don Vinicio Jarquín ! Ud pudo poner en palabras mi pensamiento , mi sentimiento de todo lo que pienso respecto a la situación de nuestro país , lo felicito por su claridad de pensamiento con respecto a lo que ocurrió con Don 0scar Arias , y del “ pensamiento “. de la gente que sigue al sr presidente que definitivamente no es el de todos los costarricenses, y que da vergüenza ajena Gracias Sr Jarquín por esas palabras suyas llenas de honestidad y valentía … Tiene ud toda mi admiración y respeto
Muchisismas gracias.
Ojalá pueda seguir siendo coherente con mis pensamientos, y si en algún momento me salgo de la línea en algún tema, que quienes me siguen me jalen las orejas, para volver al camino correcto.
Comparto plenamente la esencia de su reflexión. Y cómo ciudadano costarricense que ha pasado por donde asustan, me complace en demasía leer y saborear el enorme significado de su pensamiento. Es un alivio para el Espíritu y un magnífico aporte para la Pedagogía Política nacional e internacional. Reciba mi sincero reconocimiento!