El mensaje fue simple, casi cotidiano: almorcemos. Se concretó la fecha, la hora y el lugar. No hubo idas y vueltas, ni cambios de último momento. Así, sin más, tenía una cita para almorzar con Juan Carlos Hidalgo, candidato a la presidencia por el Partido Unidad Social Cristiana. La fecha no se movió. Y Juan Carlos llegó puntual. Ese detalle, que para algunos podría parecer menor, para mí ya decía mucho.
Fue un momento realmente impresionante, y al mismo tiempo un reto interno de valoración. Juan Carlos es, sin exagerar, una figura presidencial. Su tamaño, su presencia física, la manera en que ocupa el espacio, la fuerza con la que habla, la soltura con la que se mueve y se desplaza. Hay algo en él que encaja con la imagen que muchas personas tienen, casi de forma instintiva, cuando piensan en un presidente. Y aunque sé —y lo tengo muy claro— que un país no se gobierna desde la estatura, la apariencia o la voz, no dejaba de llamarme la atención lo que había ahí, en ese momento, sentado frente a mí.
Nos sentamos y conversamos. Pero conversamos de verdad. No como candidato y entrevistador, no como figura pública y observador crítico, sino como dos personas que se encuentran a la mesa. Desde el inicio tuve claro —y él también— que no venía a verse con un periodista, ni con alguien que lo fuera a acorralar con preguntas incómodas o a exigir definiciones que, por lógica y por cuidado, no siempre se pueden dar en una vida pública. Fue una conversación franca, abierta, sin poses.
Hubo temas que no vienen al caso detallar aquí. Todo eso existe, claro, pero no es lo que quiero destacar hoy.
Lo que me interesa es la persona.
Hacia el final del almuerzo, cuando la conversación ya había tomado ese tono más suelto que solo aparece cuando el tiempo deja de presionar, le hice una pregunta simple, casi íntima: ¿por qué viniste?, ¿por qué quisiste almorzar conmigo? Su respuesta me tomó por sorpresa y, lo confieso, me conmovió. Me dijo que Kristina, su esposa, le había dicho que debería conocerme.
Fue un gran cumplido, en más de un nivel. Primero, porque doña Kristina considerara que este encuentro tenía sentido, que había algo valioso en que nos conociéramos. Y segundo, porque él tuviera la apertura y la amabilidad de hacerle caso a esa sugerencia y extender la invitación. No lo doy por sentado. Lo valoro profundamente.
Me quedé con una sensación honesta: ojalá yo haya dejado en él una impresión, aunque sea remotamente parecida, a la que él dejó en mí.
En este momento del proceso electoral que vive el país —y lo digo con absoluta conciencia— sé que mi voz pesa. Más de trescientas mil personas leen lo que escribo, y eso hace que muchas invitaciones a conversar no sean inocentes ni casuales. A veces se me convoca porque mi impresión, mi apreciación o mis palabras podrían, aunque sea levemente, mover una balanza. Yo mismo, siendo honesto, creí por un momento que así sería este almuerzo.
Pero no.
La sensación que me quedó, ya con distancia y serenidad, fue otra muy distinta: Juan Carlos tenía que almorzar con alguien y quiso hacerlo conmigo. No llegó con una agenda escondida, no venía con un plan armado, no traía la intención de convencerme ni de seducirme políticamente. Venía con ganas de conocerme. Venía, simple y llanamente, a almorzar con alguien.
Y eso, en este contexto, es muchísimo.
Juan Carlos no es fácil de leer. Hay que decirlo. Dentro de esa apariencia tan claramente presidencial —o presidenciable— habita alguien que está en campaña. Y quien está en campaña habla fuerte. Habla con tono firme, con intención, con estructura. Habla para convencer, para exponer, para presentar. Y en algún momento de la conversación sentí, casi por reflejo, que tal vez estaba tratando de llevarme hacia algún lugar: hacia una idea, hacia una postura, hacia una forma de ver las cosas.
Pero entonces hice algo muy simple: me permití mirarlo a los ojos. Y no fue una metáfora. Literalmente. Uno negro, el otro café. Y traté de leer más allá del discurso, más allá de la costumbre política, más allá del entrenamiento natural que viene con ese oficio. Y ahí entendí que no, que no estaba intentando convencerme. No estaba vendiéndome nada, ni empaquetando ideas, ni ofreciéndome un relato listo para ser replicado. Me estaba contando. Me estaba explicando. Lo hacía a su manera, sí: con fuerza, con autoridad, con esa presencia que no se puede apagar fácilmente. Pero no había manipulación. Había expresión.
Y aquí aparece otro matiz interesante en este ejercicio de intentar comprender a alguien como él. Porque por fuera hay una sonrisa agradable, casi cálida, que suaviza ese discurso que a veces suena golpeante —entre comillas— por venir de la política. Esa sonrisa funciona como un umbral. Y si uno logra atravesarlo, si no se queda en la primera capa, se encuentra con algo distinto.
Se encuentra con un ser humano que parece honesto. Uso el “parece” solo para protegerme un poco, como corresponde en estos tiempos, pero bien podría decir que es honesto. Agradable. Y con una dosis de encanto que no es impostada. Está ahí.
En algún momento de la reunión me preguntó qué tomaba yo. Fue una pregunta pequeña, casi casual, pero la sentí cargada de algo más: como si estuviera abriendo la posibilidad de volver a encontrarnos. Y sin pensarlo demasiado, le dije que por supuesto, que cuando quisiera viniera con su esposa a mi casa, que aquí encontrarían una cueva, un lugar tranquilo, y que yo los recibiría con mucho gusto.
Porque, y esto lo digo sin grandilocuencia, un encuentro con Juan Carlos Hidalgo no es suficiente en la vida. Probablemente se requieran más de uno.
Seguimos conversando. Y eso es algo que vale la pena decirlo así, en gerundio, porque no hubo un momento claro en el que uno pudiera decir: ahora terminó la reunión. Fue muy divertido. Fue muy amigable. Fue un encuentro que realmente disfruté, y no por quince minutos ni por cortesía institucional, sino por más de dos horas que se fueron sin darse cuenta.
Al terminar, salimos caminando hacia el punto en donde nos despediríamos para que cada uno tomara su auto. Pero incluso ese trayecto fue parte de la conversación. Nos detuvimos varias veces en el camino, casi de forma inconsciente, para cerrar ideas, para retomar temas que habían quedado suspendidos en el aire, para decir ese último comentario que siempre parece importante cuando la charla ha sido buena.
Eso me dejó una impresión muy clara: la conversación con Juan Carlos no estaba terminada. Simplemente había sido interrumpida por la realidad del tiempo. Y, aun así, ya había material de sobra para seguir conversando mucho más adelante, con más calma, con más contexto y con más historias acumuladas.
Me quedé con el deseo honesto de volver a encontrarnos pronto. Ya sea para un almuerzo similar a este, sin agenda y sin disfraces, o incluso para algo distinto: reunirnos con nuestras parejas y pasar una noche divertida los cuatro. Porque cuando una conversación fluye así, no se siente como un evento aislado, sino como el inicio de algo que merece continuidad.
Sé que, al inicio de este recorrido, cuando hablé de la impresión, de la presencia, del aplomo, de la elegancia y del porte de Juan Carlos Hidalgo, utilicé la palabra presidenciable. Me refería, en ese momento, a la forma en que entró, a la seguridad con la que llegó, a la simpatía natural con la que se presentó, y a esa risa franca y bastante agradable que deja ver un par de dientes casi infantiles, que suavizan cualquier solemnidad excesiva. Pero después de la conversación, después de los puntos que tocamos, de lo que escuché y de lo que pude percibir más allá de las formas, tengo que decir algo más profundo.
Hoy estoy convencido de que, si los costarricenses en las urnas deciden que don Juan Carlos Hidalgo sea el próximo presidente de la República, Costa Rica estará en buenas manos. Me parece que tiene el conocimiento, la preparación, las intenciones y los proyectos necesarios para sacar al país adelante y conducirlo hacia un buen futuro. Y si así fuera, lo digo con claridad y sin rodeos: yo estaría muy feliz de que nuestro próximo señor presidente sea Juan Carlos Hidalgo.
Hay encuentros que no buscan definirlo todo, ni cerrar conclusiones, ni obligar a tomar partido en el acto. A veces solo sirven para agregar capas, matices, humanidad. Para mirar con un poco más de profundidad y con menos ruido interno.
Este almuerzo fue uno de esos momentos. No por lo que resolvió, sino por lo que permitió observar. Por lo que dejó ver sin necesidad de ser dicho. Por la sensación de calma que queda cuando la conversación es honesta y no está empujada por urgencias externas.
Tal vez de eso se trate también este tiempo que vive el país: de escuchar mejor, de mirar con más atención y de permitirnos decidir cuando corresponda, con más información, más conciencia y menos estridencia.
A veces, simplemente conocer a alguien en lo humano ya dice más de lo que cualquier discurso podría intentar explicar. No porque resuelva todo, sino porque ordena algo por dentro. Y muchas veces eso nos sirve para empezar a tomar decisiones, o al menos para intuir por dónde podría ir el camino.
Otras veces ocurre lo contrario: ese mismo encuentro nos abruma un poco, nos muestra ventajas, posibilidades, escenarios, y nos deja frente a más de una lectura posible. No como confusión, sino como pausa. Como ese momento en que la información todavía está acomodándose.
Con el paso de los días, casi siempre, algo se asienta. Las ideas decantan. Lo visto encuentra su lugar. Y entonces, sin ruido y sin apuro, la claridad aparece sola.

Gracias por compartir su opinión de Juan Carlos, completamente de acuerdo una persona presidenciable.
Muy claro, razonable y muy importante su valoración y criterio.
Me parece un excelente comentario! Imparcial sobre todo para aquellas personas que antes de votar piensan en Costa Rica! Piensan su voto
Juan Carlos Hidalgo es uno de los pocos candidatos preparado para asumir este gran reto
Don Vinicio, yo le pido a Dios que con los debates la gente pueda ver eso que usted vió en el almuerzo y que yo también he percibido viéndolo en entrevistas. Inteligente. muy preparado, centrado en ideas y no en combatir. Estuve indecisa mucho tiempo, pero ya me decidí por él y me vale un pepino lo que digan las encuestas, voy a votar porque el que considero es el mejor.
Yo, también sería muy feliz, si Costa Rica, elige a Juan Carlos Hidalgo, como presidente…
🇨🇷🇨🇷🇨🇷🇨🇷