Hoy vino a mi casa Andrés Ugalde, candidato a diputado en tercer lugar por la provincia de Heredia por Partido Liberación Nacional. La visita estaba pensada como una entrevista de una hora. Terminó siendo una conversación de casi cuatro. Y no por insistencia ni por desorden, sino porque hay encuentros que, cuando empiezan, no encuentran fácilmente un punto natural de cierre.
Hablamos de política, claro. De lo que espera para el país, de cómo ve la Costa Rica de hoy, de los riesgos, de las oportunidades, del clima que se respira. Hablamos de futuro. Pero también hablamos de familia, de camino recorrido, de cómo se llega a donde uno llega, de lo que se sueña y de lo que se teme. Cuando invito a alguien a conversar, no busco una entrevista rígida ni un intercambio de consignas. Busco una conversación humana. Sin embargo, quienes están en medio de una carrera política vienen —comprensiblemente— respirando política. Aun así, Andrés logró algo que no es común: salir rápido del discurso sin perder profundidad.
Mi impresión es clara. Andrés es una persona que podría aportar mucho al país desde la Asamblea Legislativa de Costa Rica. No sé si será en esta administración o en la siguiente. En política no hay certezas. Está en tercer lugar, por Heredia, y llegar depende de muchos factores. Pero más allá de probabilidades, me parece un perfil valioso: joven, con experiencia previa como regidor, con ganas de aprender, con aspiraciones que no nacen del cinismo. Tiene 31 años, es ingeniero en informática y posee algo difícil de definir, pero fácil de sentir: una luz interna.
Hay algo muy característico en Andrés. Cuando uno intenta describir cómo es, tiene que hacerlo con mucho cuidado. No porque haya algo que ocultar, sino porque él no se deja atrapar fácilmente en palabras. Resulta más honesto hablar de lo que provoca. De cómo su presencia llena un espacio. De su elocuencia, su pasión, su ímpetu. Hay en él una furia sana, una energía que no busca romper nada, sino avanzar. Como un caballo brioso al que sueltan y no patea: corre con fuerza y determinación.
Es de esas personas que entran a un lugar y se sienten como muchas. Y, curiosamente, también de las que, cuando se van, dejan un hueco. Un vacío que no se llena con facilidad y que, casi siempre, solo quien lo creó puede volver a ocupar. Eso, llevado al terreno público, es una cualidad poderosa.
Andrés es agradable y, al mismo tiempo, difícil de leer. Sus expresiones transmiten honestidad, reacción, pasión, pero cuesta saber cuándo está pensando, creando, dialogando consigo mismo, cuándo está en modo sensorial. Y, aun así, eso no incomoda. Al contrario: cautiva. Mantiene la atención. Si habla, puede llenar el espacio con reflexiones sobre su proceso, su crecimiento, su revisión interna constante, esa idea de convertirse cada día en una versión mejor. Y si alguien decide interrumpirlo, se detiene y escucha. De verdad. Muchas veces, sin embargo, uno no quiere interrumpirlo. Quiere disfrutarlo.
Hay en él algo que podría llamarse estrella, aunque no en el sentido ruidoso del término. Aunque tengo que decir que, a pesar de que me parece que debe ser un hombre con estrella, no me consta porque no lo he visto interactuar con otras personas, y si necesita ver la reacción de los otros para afirmarlo; pero si puedo decir que tiene luz propia, y que por lo tanto es cautivador, y no me extrañaría que tenga la estrella.
A ratos da la impresión de que habla como si tuviera miedo de ganar, aun cuando desea profundamente hacerlo. Como si supiera —o intuyera— que en el juego de la vida no hace falta que uno gane para que otros pierdan. Que todos pueden ganar.
Luego de muchas entrevistas con personas en política, no es raro que aparezca una sensación recurrente: “me habría gustado ser amigo de esta persona”. En muchos casos, esa amistad termina ocurriendo. Hoy, sin embargo, no quise dejarlo en la insinuación. Hoy le pedí que fuéramos amigos. Y lo hicimos.
No desde el cálculo, sino desde la honestidad. Porque, si en algún momento los heredianos deciden darle los votos suficientes para llegar a la Asamblea Legislativa, podría existir la posibilidad de que Apacigua a tu ser interior y Andrés encuentren algún punto de colaboración. Él desde lo institucional, yo desde un movimiento ciudadano que crece, se adapta y se transforma cada día. Nada prometido. Nada asegurado. Dos procesos abiertos. Dos futuros sin mapa.
Andrés habló también de cómo se sintió durante la conversación: seguro, confiado, tranquilo. Dijo que le gustaría volver, y que le gustaría traer a dos personas muy importantes en su vida: su novia y su mejor amigo. Que quiera traer a quienes ama a este espacio solo puede significar una cosa: aquí se sintió bien. Y eso es un halago profundo.
Por eso le ofrecí algo simple y sincero: que esta casa puede ser una cueva. Un refugio. Un lugar al que se puede venir abatido o alegre, cansado o triunfante, con una única condición práctica y simbólica: traer un par de hamburguesas. La próxima historia que cuente Andrés será el día que nos las comamos.
Quise dejar constancia de esto. De una noche sumamente agradable. De un encuentro humano. Y también de una convicción personal: como persona, Costa Rica podría verse beneficiada si Heredia decide darle un espacio en la Asamblea Legislativa. No por lo que promete, sino por lo que deja cuando se va.
Andrés es candidato por la provincia de Heredia, y yo vivo en San José. No está en mi papeleta ni en mi análisis electoral directo. Yo no puedo decidir si votar o no por él. Pero hoy, con las variables que tengo, con la información recibida y con la persona que conocí, sí puedo decir algo con honestidad: Heredia debería darse la oportunidad de dejarse representar por él en la Asamblea Legislativa. Creo que esta es la primera vez que lo digo de manera tan clara desde que empezó este proceso electoral, y por eso lo digo con especial cuidado. Yo recomiendo a Andrés para sentarse en una curul del Congreso costarricense, porque es tan nuevo, tan sano, tan inteligente, tan apasionado y tan reflexivo, que tiene la capacidad —poco común— de fiscalizarse a sí mismo para obrar siempre de la manera correcta, pensando en el bien mayor.
Yo soy Vinicio Jarquín.
Apacigua tu ser interior.
