
El domingo nos fuimos a la Plaza del Sol, sin apuros, como quien va a dejarse encontrar.
Una visita planeada, pero sin expectativas, sabiendo que algo bueno pasaría porque el arte estaba ahí… y porque algo en mí también necesitaba estar.
La feria estaba viva. Colores, voces, texturas. Gente pasando lento, con ojos curiosos, con ese gesto de quien busca, aunque no sepa qué. Y ahí estábamos nosotros, sumándonos a ese movimiento sereno, saludando a algunos conocidos, recibiendo saludos, abriendo el cuerpo a lo que viniera.
Llegamos al puesto de Juan Carlos Camacho. Ahí nos detuvimos. No solo los pies, también la emoción. Un puesto que, para muchos, podría ser la joya de la corona de la feria; y para mí, además de serlo, era también un punto de reencuentro emocional.
Porque entre su acuarela y la mía hay una distancia técnica, sí, pero una cercanía en lo invisible. La suya es contenida, elegante, sobria. La mía, más atrevida, libre, a veces hasta juguetona. Y, sin embargo, ambas beben de la misma fuente: de esa agua que no solo diluye el pigmento, sino que activa el alma. Juan Carlos no necesita explicar la magia; él la pinta. Y yo, cada vez que mojo el pincel, siento que hablo un idioma que él también entiende, aunque cada uno lo pronuncie distinto.
Frente a sus obras me vino un recuerdo. No de sus clases, no de sus palabras… sino del cariño que le tengo. Del vínculo silencioso que nos une. De la gratitud que me despierta cada vez que pienso en lo que me ha enseñado, incluso sin saberlo. Y sentí, esta vez con claridad, que su cercanía hacia mí sigue intacta. Está ahí. Como están los gestos que uno guarda y que no se desgastan con los años.
Juan Carlos tiene algo en su trazo que me recuerda que pintar es, a veces, una forma de respirar. Y al estar frente a sus obras, sentí que yo también he aprendido a respirar distinto desde que lo conocí.
Después de ese encuentro necesario, nos sentamos a almorzar en el Café Francés.
Una carne suave, bañada en mostaza Dijon, croquetas, arroz, zanahorias al limón y un fresco natural de manzana verde. Un almuerzo sin pretensión, pero que pareció orquestado por el universo, como si dijera: «Aquí, en este momento, todo está bien».
Mientras comíamos, vi pasar a una pareja joven. Llevaban bajo el brazo una obra de Juan Carlos. Y fue como una escena de película italiana, sí… de esas dulces, previsibles, pero que igual nos tocan por dentro. No pude evitar pensar en la alegría de él, al saber que otra de sus piezas ha sido elegida, adoptada, destinada a una pared que seguramente será especial.
Y pensé también en la pareja, en ese instante íntimo cuando enmarquen la obra y la cuelguen. La ceremonia secreta de poner belleza en un hogar.
No solo colgar una pintura, sino invitar a una emoción a quedarse.
Terminamos el almuerzo con el alma tibia y seguimos el recorrido.
Nos detuvimos ante los gallos de Silvia Monge. Gallos en acuarela, vivos, imponentes, con carácter. Magistrales. Algún día tendré uno. Espero no tener que esperar a ser más grande… más sabio… o más viejo para regalarme uno. Porque hay obras que no se cuelgan solo en paredes: se cuelgan en el alma.
En el puesto de Gerald Castro, a quien hasta ese entonces no conocía, me encontré con otra sorpresa: los grabados. Me acerqué sin referencias, sin saber lo que iba a encontrar, y fue justo eso lo que hizo especial el encuentro.
No sabía casi nada del tema, pero él… él supo explicármelo todo.
Con paciencia, con humildad, con una generosidad que no se aprende en academias. Me habló como se le habla a alguien que quiere comprender de verdad, sin usar palabras grandes ni técnicas distantes. Y me encantó. Porque a veces uno se encuentra con artistas que, además de crear, saben compartir.
Y eso tiene un valor que no se mide en ventas ni en marcos: se mide en la apertura del corazón.
Casi al final, como un broche colorido, nos esperaba el puesto de Gustavo Herrera.
Acuarelas intervenidas con tinta china y materiales varios —y sin Sharpie, aclaró con gracia. Un artista con barba larga, de esos que no venden solo por vender, sino que exponen con alma. Que conversan como si la obra estuviera viva, y uno también. Que no temen mostrarse. Y con él, otra vez, la conexión: fluida, honesta, cálida.
A esa altura del recorrido, confieso que me sentía más visitante que artista.
Más espectador que creador. “Una cara bonita” que mira, sonríe, admira.
Hasta que una mujer, desde su puesto, me dijo:
—Yo a usted lo conozco… ¿Cómo se llama?
—Soy Vinicio Jarquín.
—¡Ah, sí! Claro… el acuarelista.
Ese “sí” me sostuvo. Como si me recordara que no vine solo a ver. Vine a encontrarme. Vine también a ser visto, sí, pero más aún: a reconocerme.
Y entonces, el momento más íntimo de la tarde: un abrazo con Fabio Herrera. Nos detuvimos a conversar junto a sus piezas. Él, generoso, me habló de mi trabajo.
Mencionó algunas colecciones que ha visto. Me dijo que no deje de pintar.
Que siga. Que lo que hago también importa.
Y ese instante lo cambió todo. Porque entendí, en lo profundo, que no estaba ahí como cliente potencial. Ni siquiera como espectador curioso. Estaba como colega. Como par. Como artista que camina entre artistas. Uno más. Uno de ellos.
Y sí… uno de los míos.
Salimos de la feria con la emoción latiendo todavía. Con la mostaza aún en el paladar. Pero, sobre todo, con la certeza de haber pasado una tarde donde no solo vimos arte. Donde el arte nos tocó, nos habló y nos recordó quiénes somos.
Y eso se debió, en gran medida, a la clase de artistas con los que pudimos conversar.