Viernes por la tarde

Nachi y Paola llegaron a mi vida primero como estudiantes de acuarela. Como ocurre a veces en los procesos creativos, lo que empezó como una relación entre maestro y alumnos fue transformándose poco a poco en algo más cercano, más humano, más cotidiano. La pintura abrió la puerta, pero la conversación terminó construyendo la amistad, y con el tiempo esa relación dejó de ser únicamente académica para convertirse en un vínculo real, de esos que se sostienen fuera del aula. Por eso, cuando me invitaron a tomar café el viernes a las cuatro de la tarde, acepté con una mezcla de halago y alegría. No era solo un café; era una pausa consciente dentro de una semana cargada. Su intención, además, era clara: ayudarme a separarme un poco de la política, de la escritura, de las obligaciones y del ruido mental que últimamente me acompaña, y esa intención, por sí sola, ya hacía que la invitación valiera la pena.

El Waze decía que tardaría quince minutos en llegar, así que salí con media hora de anticipación pensando que iba sobrado de tiempo. Pero la ciudad decidió otra cosa. El tráfico se volvió denso, lento, casi inmóvil por momentos, y el trayecto terminó alargándose hasta cerca de una hora y media, una de esas situaciones donde uno empieza a mirar el reloj con frustración creciente. Hubo un punto en que estuve realmente tentado a desistir, a cancelar, a girar el carro y regresar a casa, convencido de que quizá no valía la pena seguir luchando contra la congestión. Es curioso cómo, cuando uno está cansado, cualquier excusa logística parece suficiente para abortar un plan que en otro momento habría defendido sin dudar.

Dichosamente no lo hice. Porque apenas crucé la puerta de su casa, pensé con total claridad que había tomado la decisión correcta y que habría sido un error enorme devolverme. Llegué a una casa hermosa, ubicada en un condominio muy bonito, de esos lugares donde desde la entrada se siente una atmósfera de calma y orden. Nachi, un chico de la India con una ternura muy particular, y Paola, una joven muy dulce nacida en Nicaragua, tienen entre ellos una relación lindísima, de esas que no necesitan demostraciones exageradas porque la armonía se percibe en la forma en que hablan, se miran y se mueven por la casa. No hacía falta que dijeran nada especial; el ambiente mismo contaba la historia.

La casa hablaba de ellos de una manera muy clara. Había piezas de adornos muy simbólicos e icónicos de la India, objetos de diferentes lugares, pequeños detalles que seguramente han representado momentos especiales a lo largo de su vida juntos. No era una casa decorada solamente por estética o por diseño interior; era una casa construida por recuerdos, por viajes, por símbolos personales, por fragmentos de historia compartida que convertían cada rincón en algo significativo. Uno podía caminar por los espacios y sentir que cada objeto tenía un relato detrás, aunque no lo conociera completo.

A la hora del café sirvieron un té chai con leche y especias, muy bonito, muy aromático, muy rico y completamente diferente a lo habitual. Lo acompañaron con algunos bocadillos comprados en el supermercado, incluyendo un croissant relleno de crema que estaba formidablemente bueno. Según ellos, lo habían elegido para que me recordara los croissants que habría comido yo en París; sin embargo, honestamente era mucho mejor que esos. De hecho, me recordó más a algunos de Londres que siempre me han parecido superiores, así que la comparación terminó jugando a favor del croissant local, que desapareció del plato con bastante rapidez.

Después hicimos un recorrido por la casa, con esa curiosidad tranquila que nace cuando uno visita el hogar de amigos cercanos. Vimos sus libros, sus detalles, sus pinturas, sus recuerdos, sus manualidades, sus espacios personales, sus esquinas íntimas, incluso su salita para meditar, que transmitía una serenidad muy particular. Más tarde salimos a conocer el condominio: las salas de fiesta, las piscinas, la cancha de tenis, la cancha de fútbol… en fin, un lugar muy hermoso para vivir, pensado para una vida comunitaria tranquila, organizada y con espacios para compartir sin necesidad de salir del complejo.

Al regresar a la casa, los tres estábamos satisfechos y probablemente no queríamos comer nada más. Pero Nachi quería honrarme con una comida de la India, y ese gesto transformó la tarde en algo todavía más especial. La cena incluía un pollo indio, arroz al vapor y lentejas hechas con una receta también de la India, todo delicioso y servido en un plato redondo de metal con bordes, como una bandejita tradicional. Cuando sirvieron la comida, que acompañé con un vino blanco Sauvignon Blanc, Paola explicó con naturalidad: ella comería con cuchara, Nachi con la mano, y yo podía usar tenedor si quería. En ese momento pregunté si yo también podía comer con la mano, y me dijeron que sí sin problema.

Y así comí lentejas, pollo y arroz con la mano. Fue una experiencia lindísima, no solo por la comida, sino por la sensación de entrar, aunque fuera por un rato, en una forma cultural distinta. Aproveché para preguntar varias cosas sobre la cultura india que yo no conocía: pregunté si era permitido usar las dos manos, y me explicaron que normalmente se usa solo una. Supongo que yo habría podido hacer lo que quisiera, pero quería entender la etiqueta del lugar. Pregunté si podía chuparme los dedos; me dijeron que sí. Pregunté si podía tomar el muslo de pollo directamente del hueso; también era permitido. Así que comí delicioso, cómodo y completamente integrado a la experiencia.

Cerca de las nueve de la noche ya había sido suficiente y debía regresar a mi casa. Me despedí de ellos muy agradecido, muy halagado, sintiendo grandísimas muestras de amistad, de esas que no necesitan discursos formales para sentirse auténticas. Fue una tarde hermosa, hermosa por los amigos, por la cultura, por la experiencia compartida, por la sensación de haber vivido algo sencillo pero profundamente significativo. Porque una cosa es conocer una cultura desde un restaurante, desde un viaje o desde un hotel; alguna vez había comido comida india en Dubái y también en Rodeo Drive, en Los Ángeles, pero nunca la había vivido desde una casa, preparada por alguien de la India, ofrecida con cariño, explicada con paciencia y compartida desde la amistad.

Y ahí entendí algo sencillo pero profundo: las culturas no se conocen por los monumentos ni por los menús. Se conocen por las mesas, por las manos que sirven, por las historias que se cuentan mientras el té todavía está caliente y la conversación fluye sin prisa. A veces uno cree que necesita viajar miles de kilómetros para descubrir el mundo, y sin embargo el mundo puede abrirse en la sala de unos amigos, a pocos minutos de tu casa, una tarde cualquiera de viernes. Volví a casa con algo más que una cena; volví con la sensación de que la amistad verdadera también es una forma de viaje, y de los más hermosos.

1 comentario en “Viernes por la tarde”

  1. María Angela Chavarría Herrera

    Además de artista pintor excelente, eres un gran escritor, un poeta, con un sentimiento y un espíritu libre, expresivo. Me encantó tu narración con los sentimientos naturales sinceros, liiindoooo no se puede esperar menos de un artista. Felicidades.

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