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Los últimos meses han sido difíciles para nosotros
como familia, primero mi mamá empezó con un dolor en
las piernas, seguido por un padecimiento de mi
hermano, que terminó con su partida al cielo,
acompañado por mi abuelita tres semanas después.
Mientras que los dolores de piernas continuaban sin
dar tregua nosotros pasábamos el proceso normal de
dos penas de luto.
Sacando recursos financieros de donde no siempre era
fácil o sencillo, empezamos a visitar médicos
privados y especialistas que sugerían tratamientos u
operaciones de altísimo costo, y la solución no
parecía estar llegando ni pronta a aparecer.
Fuimos a la Clínica de Pavas por vivir en Rohrmoser,
para revisiones generales de mi mamá, dándonos
cuenta del excelente servicio, o a lo que nosotros
nos parecía el gran servicio o atención de la
clínica de nuestra zona.
Estando ahí y como los médicos resolvieron que el
problema era un desgaste severo de cadera, nos
remitieron al Hospital Blanco Cervantes, no tan
cerca y muy desconocido para nosotros.
Llegamos al hospital un poco preocupados,
ciertamente con actuar tímido ante lo nuevo, y con
la esperanza de poder recibir un servicio al menos
similar al de la clínica de Pavas. Fuimos
sorprendidos.
Desde el primer día y desde la primera persona que
nos atendió nos hizo sentir importantes, y más que
eso, hizo que mi mamá sintiera que su padecimiento
era importante para ellos, que estaban comprometidos
con eliminar su dolor, con ayudarle a tener una
mejor vida y con estar pendientes de ella.
Todos los días que tuvimos citas de revisión, con
uno o con otro médico, fuimos atendidos antes de la
hora acordada, las medicinas entregadas a tiempo, y
el personal sonríe y está pendiente de un servicio
de primer mundo, con letreros en las paredes, para
ser leídos por el personal, que dicen: “Aquí
todos los pacientes son ciudadanos de oro”, y
parece que han hecho de esa frase su lema, su
propósito y lo que los motiva para trabajar de la
manera en como lo hacen. El personal sonríe a
nuestro paso, dan los buenos días y ponen atención a
cada una de nuestras consultas.
Luego de varias citas los especialistas en geriatría
decidieron que mi mamá era candidata para entrar al
programa de rehabilitación que ellos llaman
“Hospital de Día”, y luego de las entrevistas con la
terapeuta física, la terapeuta ocupacional, la
terapeuta de lenguaje y la trabajadora social, fue
aceptada en el programa que incluye dos visitas
semanales durante dos meses.
Ya estamos muy pronto a terminar la incorporación en
el programa, y estamos tristes por eso. Fueron
momentos hermosos para los dos. Para mí porque
siempre la dejé contenta y la veía feliz cada vez
que íbamos para allá, y para ella porque
verdaderamente le ha ayuda física, social y
emocionalmente, porque lo ha disfrutado, porque ha
conocido personas agradables entre sus compañeros de
terapia y porque se ha sentido persona importante
con todos los que han tenido que ver con ella, y con
los demás.
Hoy ya no estamos tímidos ante lo que nos sucede en
temas de salud, ni perdidos en cuanto a las
soluciones o preocupados por el altísimo monto
financiero que resolvería el tema de salud, porque
hoy nos hemos visto “cara a cara” con el Blanco
Cervantes y su personal, y esto nos hace sonreír y
agradecer a Dios por cada uno de ellos y por la
iniciativa de la Caja del Seguro Social, de tener
este hospital para adultos mayores.
Sólo una visita nos separa de salir del programa de
Hospital de Día, y eso nos entristece un poco, pero
queremos hacer una lista de las bendiciones
recibidas y de los momentos felices, y no de la
sensación de separación que ahora tenemos. Y estamos
seguros que el camino que todavía nos falta, en
citas y finalmente con la cirugía, será tan
agradable como cada vez que tenemos que ir al
hospital.
Como detalles tengo que mencionar que aunque hay
sectores a los que el público no debería entrar, no
hay nadie mal encarado que te detenga, alguien
adentro te explica el procedimiento e indica dónde
poder esperar. Se puede parquear a la entrada
mientras se baja el adulto mayor y nadie parece
estar a la defensiva, con aires de superioridad o
complejo de autoridad.
La verdad es que como “usuario” no puedo estar más
agradecido, y como escritor me cuesta encontrar las
palabras para describir lo que se vive estando ahí,
por dicha hemos ido tantas veces, y siempre salimos
contentos y esperanzados.
A todos ellos, chicos sonrientes y preparados, mil
gracias. Mil gracias por la atención que le dan a
nuestros adultos mayores, y mil gracias porque se
preparan día a día para cuando sea yo el que con
pasos lentos y mirada baja tenga que cruzar sus
puertas. Así, y con ustedes, no da miedo envejecer. |