La democracia que te permite venderla

La democracia es generosa. Tan generosa, que incluso le entrega poder a quien está dispuesto a debilitarla. Esa es su paradoja más incómoda y, hoy, su mayor riesgo. Porque el mismo sistema que te permite elegir, disentir y votar en libertad, es el que algunos están usando para entregar el país sin ruido, sin culpa y sin asumir consecuencias. No es un accidente. Es una decisión.

Cuando apoyas el continuismo, no estás siendo neutral. Estás eligiendo sostener prácticas que erosionan la institucionalidad, relativizan la ley y normalizan el abuso del poder. Estás participando —con tu voto— en un proceso que no destruye la democracia de golpe, pero sí la vacía por dentro.

Eso tiene nombre: responsabilidad.

No es cierto que “no sabías”. No es cierto que “nadie lo advirtió”. No es cierto que “esto no se veía venir”.

Las señales están ahí: el desprecio a los contrapesos, el ataque sistemático a las instituciones, la deslegitimación del árbitro electoral, la narrativa de enemigos internos, la idea peligrosa de que quien no aplaude es traidor. Todo eso no es eficiencia ni carácter. Es autoritarismo en construcción.

Y cuando decides apoyar eso, aunque sea desde la comodidad de tu casa, aunque sea con un simple voto, te vuelves parte activa del proceso.

La ironía es brutal: usas la democracia para debilitar la democracia. Usas la libertad para recortar libertades. Usas el derecho al voto para entregar el país a un modelo que necesita menos ciudadanos y más obedientes.

Vender el país no siempre implica maletas ni firmas visibles. A veces basta con entregar el poder sin exigir límites, sin pedir explicaciones, sin poner condiciones. A veces vender el país es tan simple como decir “no me importa”, “todos roban”, “al menos es distinto”, o “que arda todo”. Pero cuando arde, arde para todos.

No existe el “yo solo voté”. No existe el “yo no soy responsable”. No existe el “yo no sabía”.

Cada voto tiene peso histórico. Cada decisión deja huella. Y llegará el día —siempre llega— en que se mire hacia atrás buscando responsables. No para señalar con rabia, sino para entender cómo fue posible que un país democrático se entregara sin resistencia.

Ese día, la historia no preguntará por intenciones. Preguntará por decisiones.

La democracia te dio el poder de elegir. También te dio la responsabilidad de cuidar lo que eliges.

Y cuando decides entregar el país, amparado en las reglas que otros construyeron durante décadas, no estás siendo rebelde ni valiente. Estás siendo funcional a la pérdida de aquello que te permitió decidir en primer lugar.

Este no es un ataque personal. Es una interpelación directa.

Todavía estás a tiempo de detenerte. De pensar. De asumir que tu voto no es un gesto vacío, sino un acto político con consecuencias reales. Porque cuando la democracia se pierde, no se recupera con excusas. Y la historia, aunque tarda, siempre pasa factura.

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