
Durante mucho tiempo hemos asociado ciertas virtudes ciudadanas con conceptos como valentía, determinación, firmeza, lucha, resistencia y compromiso. Y todas ellas tienen un enorme valor. Los países necesitan personas que se involucren, que participen, que cuestionen, que propongan y que estén dispuestas a defender aquello en lo que creen. Una democracia sana no se construye con indiferencia. Se construye con ciudadanos presentes. Sin embargo, hay una virtud de la que se habla mucho menos y cuya importancia parece crecer cada día que pasa: la serenidad. No suele aparecer en los discursos políticos. No genera titulares. No produce aplausos inmediatos. No se vuelve tendencia en redes sociales. De hecho, vivimos en una época en la que la serenidad incluso puede parecer sospechosa. Algunas personas observan a alguien tranquilo en medio de una discusión intensa y concluyen que no le importa. Ven a alguien que escucha antes de responder y creen que le falta carácter. Ven a alguien que intenta comprender antes de condenar y suponen que está tomando partido por el adversario. Pero la realidad suele ser exactamente la contraria. Hace falta mucho más dominio personal para conservar la calma que para perderla. Hace falta mucha más fortaleza para escuchar que para interrumpir. Hace falta mucha más seguridad para dialogar que para insultar. Y hace falta mucha más confianza en las propias convicciones para conversar con quien piensa diferente que para refugiarse únicamente entre quienes ya están de acuerdo con nosotros.
Quizá por eso la serenidad se ha vuelto tan escasa. Porque exige algo que no siempre resulta cómodo. Exige detenerse. Exige pensar. Exige observar nuestras propias emociones antes de lanzarlas sobre los demás. Exige reconocer que podemos estar equivocados. Exige admitir que la realidad suele ser más compleja de lo que nos gustaría. Cuando una sociedad pierde esa capacidad, comienzan a aparecer fenómenos preocupantes. Las conversaciones se convierten en enfrentamientos. Las diferencias se convierten en enemistades. Las opiniones se convierten en trincheras. Poco a poco dejamos de ver seres humanos y empezamos a ver bandos. Y cuando eso ocurre, todos pierden. Pierde quien gobierna. Pierde quien se opone. Pierden las instituciones. Pierde la democracia. Pero sobre todo pierde la convivencia. Porque un país no puede sostenerse únicamente sobre la base de ganar discusiones. Necesita algo más profundo. Necesita confianza social. Necesita respeto mutuo. Necesita ciudadanos capaces de convivir incluso cuando no comparten las mismas ideas.
Por eso la serenidad no es un lujo personal. Es una contribución social. Cada vez que una persona decide escuchar en lugar de atacar, aporta serenidad al país. Cada vez que alguien decide debatir sin deshumanizar al otro, aporta serenidad al país. Cada vez que una conversación difícil termina con respeto en lugar de odio, aporta serenidad al país. Puede parecer poco. Puede parecer insignificante. Pero las sociedades no se construyen únicamente mediante leyes, elecciones o instituciones. También se construyen a través de millones de interacciones cotidianas entre personas comunes. En Apacigua creemos que la ciudadanía responsable no consiste únicamente en denunciar aquello que está mal. También consiste en convertirse en parte de aquello que queremos ver crecer. Si queremos una sociedad más respetuosa, debemos practicar el respeto. Si queremos una sociedad menos agresiva, debemos aprender a conversar. Si queremos una sociedad más madura, debemos comportarnos con madurez incluso cuando otros no lo hacen. Y si queremos un país más sereno, alguien tiene que empezar a aportar serenidad. No mañana. No cuando pasen las elecciones. No cuando desaparezcan los conflictos. Ahora. Precisamente ahora. Porque la serenidad no es algo que se practica cuando todo está bien. Es algo que se practica cuando más falta hace. Y tengo la impresión de que Costa Rica atraviesa uno de esos momentos en los que la patria necesita ciudadanos informados, comprometidos y participativos, pero también profundamente serenos. Quizá más de los que imaginamos.